Cine y novela: imágenes argentinas del siglo XX

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LA DULCE TORTURA DEL TRABAJO EN EQUIPO

PRÓLOGO

Éste es un curioso juego: intentamos adentrarnos en el lapso 1968-2015 debido a que en el mismo desarrollamos nuestra actividad como investigadores tanto de literatura y un poco más sobre cine. Lo curioso es que se trata de tareas desarrolladas en equipo. Pudiera ser que exista en Argentina otro equipo que incluso redactara en conjunto, cuidando una cierta impersonalidad propia de los ensayos. Se sabe que la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires no se alientan estos esfuerzos. Lo que es más, a la hora de la contabilidad en los promedios se los disminuye o se los pasa por alto.

En el terreno de las así llamadas Ciencias Sociales, al menos aquí en Argentina, esto se ha convertido en un lugar común. Hay un narcisismo infantil en esto de Mi nombre irá solo o no irá. Habría que señalar aquí la cantidad de genios que se deslizan por este berenjenal de la literatura, del teatro o del cine. Los hay mejores y peores, aunque no negamos que alguno tenga un pasaporte  para convertirse en estrella. Esto, a no ser que se considere que la televisión o los suplementos dominicales destilan inteligencia. No se pide sinceridad sino que se diga que están ganando un sueldito, al decir de una de las estrellas o las supuestas integrantes de una galaxia merecidamente anodina.   

En la carrera de Letras de la UBA no había mucho que hacer luego del golpe de Estado de 1966. No eran pocos los profesores que se habían dado de baja o a los que habían sometido a humillaciones varias. Pero en aquella Facultad había otras carreras: en dos de ellas, Historia y Filosofía, las autoridades de turno decidieron crear las así llamadas Cátedras Nacionales. En realidad se trataba de un anhelo de gente que provenía de la Democracia Cristiana, aunque los matices son demasiados para desarrollarlos aquí. Naturalmente, y aún cuando no fuéramos excesivamente imbéciles, nada sabíamos de las luchas internas en esa casa de estudios. Allí, al menos a fines de los años 60, había izquierda y derecha, reaccionarios y progresistas. En una palabra, no existía posibilidad alguna de entendimiento. Esta actitud infantiloide podría llegar hasta nuestros días si a la gente joven, a los estudiantes de Letras, les interesara levemente el destino del país.

Cuando se produjo el gran desbande, luego de la Noche de los Bastones Largos, ¿qué nos quedaba por hacer en ese antro? Era curioso observar a gente muy bien vestida –algunos señores iban con traje- y saber luego que eran integrantes de las Cátedras Nacionales, una estupenda creación estilo rayuela, para evitar el avance de la izquierda, la zurda, el comunismo. Uno de aquellos señores de traje, me llamó una tarde de invierno. Estábamos a la entrada del edificio de la Avda. Independencia, junto a un ascensor. Se llamaba Gonzalo Cárdenas y me pidió que me comunicara con Nannina Rivarola que tenía un proyecto de investigación y necesitaba gente de la carrera de Letras.

La primera reunión se llevó a cabo en casa de Gonzalo Cárdenas y allí estaba también Hortensia Lemos cuyo segundo apellido era el despampanante Bioy, por entonces ex dueño de La Martona, además de escritor. También se hizo presente Marta Speroni y a posteriori Santiago González. El living comedor antiguo fue invadido por una niebla que se parecía mucho a la desconfianza. La que con el tono nasal de un sector de la oligarquía inició la reunión fue Nannina.

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Como el apellido Rivarola resultaba para mí una mezcla de pizza y ópera, no podía relacionar el componente itálico con la señora de piel oscura y modales que habitualmente se asociaban a la aristocracia. Hortensia Lemos Bioy era  por completo diferente: de grandes ojos claros y rubia, tenía en su hablar giros de campo que yo le había escuchado a mi padre. Marta Speroni hablaba poco y se limitaba a observar, algo que también hacía Santiago González con una sonrisa que no resultaba precisamente agradable. Esta tendencia a medir el peso del prójimo, transformaron, en un comienzo, al funcionamiento del equipo en una no muy simpática heladera. Los cigarrillos no podían disimular el frío.

Si resulta necesario extenderse sobre este primer equipo, el hecho se debe a que nosotros cinco demostrábamos que la Facultad del Estado había logrado reunir gente de estratos sociales diversos. Si mi madre era costurera, Rodolfo Rivarola, tío de Nannina, se había encargado de encomendar a Giuseppe Tarnassi una importante colaboración en el sector Humanidades y el nacimiento compacto de la Facultad de Filosofía y Letras. Si Bioy ya no frecuentaba la casa de los Lemos, Hortensia la emprendía contra la bruja de Silvina Ocampo mientras que el padre de Marta Speroni, ya jubilado, seguía encargándose de la administración de cines de barrio. En cuanto a Santiago González, no negaba que su tío González Speco era técnico de sonido de Radio El Mundo, pero hubo que esperar un tiempo antes de que se decidiera a declarar este antecedente familiar.

Si Nannina y Hortensia habían estudiado en distintas épocas en el muy distinguido Sacre Coeur, yo había ido al colegio salesiano de Bahía Blanca, Marta casi se había despedido de la educación formal, justo antes de decidirse a concluir el secundario para entrar en la Facultad y Santiago llegaba desde un secundario bonaerense. Eso sí: ninguno de nosotros era brillante en sus conocimientos generales y, si en un principio tratábamos de esconder los remiendos y los parches sucios, el tiempo logró que, siempre con límites, llegáramos a una franqueza para nada conmovedora. Al menos llegamos a conocer algunas de las casas –la de Nannina, la de Hortensia, la de Marta, la de Santiago- y a algunos familiares que resultaban curiosos. Por ejemplo, la madre de Hortensia hablaba una mezcla de francés y jerga bonaerense que nos provocaba una risa no disimulada.

Luego de algunas reuniones  -éramos lerdos- se decidió comenzar con la lectura y el análisis de LAS RELACIONES PELIGROSAS de Choderlos de Laclos. Por aquellos años no teníamos un PDF en francés o español y había que conseguir el libro. Hasta el día de hoy los nombres de Remington, Underwood y otros suenan a máquinas de coser New Home o Singer. El problema era el análisis de esta obra y, naturalmente se aterrizó en el estructuralismo y en Roland Barthes y su ANÁLISIS ESTRUCTURAL DEL RELATO. Sin embargo y al propio tiempo, siempre deberíamos estarles agradecidos a Nannina por su llegada con Lucien Goldman y EL DIOS ESCONDIDO o PARA UNA SOCIOLOGÍA DE LA NOVELA.  A partir del concepto de estructura genética se analizarían –es una forma de decir- lo que habían hecho los señores del 80.

No obstante, sería erróneo pasar por alto a los integrantes de la escuela de Frankfurt y, en especial, a la dureza de Horkheimer con respecto a la cultura de masas. Adorno se nos antojaba algo más conciliador-Y se nos escapó Walter Benjamin por pura                                                       

                                                                 3                                                                      ignorancia. Había largas discusiones con respecto a los teóricos porque ninguno brillaba en filosofía. Nuestras lecturas partían de la ficción –éramos ávidos consumidores de lo viejo, lo nuevo y lo de siempre pero en mundos por completo alejados de teorías literarias y alguno había ido un poco más allá con Freud y con Marx-. Nuestro error tenía una base sólida: mientras Nannina fingía tocar la guitarra cuando alguien hablaba, los otros cuatro despreciaban profundamente la charlatanería hipercrítica de la Facultad. Era muy extraño encontrarse con profesores como Jaime Rest, Ana María Barrenechea u Orestes Fratoni. Estos tres merecían respeto aunque no habían sido conocidos por todos los integrantes del equipo.

Nos burlábamos de los idiotas que repetían como loros lo que otros loros, los profesores, habían copiado vaya a saber de dónde. Pero nuestro error fundamental fue no reconocer nuestras limitaciones con respecto a textos a los que encarábamos por primera vez en la vida. No sufrimos por eso el síndrome del huerfanito sino que arremetimos con todo, carentes de vergüenza  porque ¿a quién había que temer en este país de cabotaje guiado por los militares? No precisamente a quienes entronizaban al estructuralismo como purga infalible para cualquier problema intestinal o cerebral (táchese lo que no corresponda). En nuestra defensa podría decirse que, al menos durante aquel trabajo, ninguno había elegido la vía fácil.

Luego vinieron momentos de temor porque no habíamos elegido el material al que íbamos a destrozar. Mientras tanto, Santiago se quejaba porque jamás tenía un centavo y debía patearla con su novia, Nannina no soportaba más a su madre, Marta se asfixiaba en la agencia de noticias donde trabajaba, Hortensia aclaraba que su padre jamás la había dejado escuchar la radio en su infancia y Abel gritaba a voz en cuello los nombres de las parejas radioteatrales que habían sido famosas en los 40 y 50. Nadie ignoraba que hubiera sido ultrapeligroso internarse por el cine argentino y, por lo tanto, se comentaban los estrenos franceses y se veneraba a la generación del 60 que no parecía argentina. Hubo más de una discusión y de una pelea que amenazó con pasar a mayores pero de manera astuta Nannina sacó las cartas de la manga: haríamos una investigación sobre la así denominada Generación del 80.

Cuando pasaron los años, quien esto escribe, se dio cuenta de que Nannina quería saldar una deuda con sus venerables parientes. Hortensia los despreciaba desde una atalaya intelectual, la misma desde la que contemplaba a la bruja Silvina Ocampo. A Santiago se le escapaban cínicas sonrisas sobradoras acerca de quienes jamás consideró de valor y Marta, acostumbrada a Virginia ¨Woolf, a ¨Cesare Pavese y a Juan Carlos Chiappe, además de la montaña de poetas, no podía entender cómo se seguían leyendo en los colegios estos mamotretos del paleozoico. Las novelas de cuarta categoría resultaban mis favoritas. Tengo para mí que seguían siendo los dueños del país, pero de un país ya en una decadencia de la que no se ha recuperado. Se los veneraba porque en el horizonte sólo se veía un desierto inexorable. Eso era lo que habitualmente se creía. Pero si ¨Borges despreciaba a Martín Fierro y veneraba a varios de los integrantes de este desfile de diletantes, no había nada qué temer. Habían sido aprobados nada menos que por Borges y toda la gente de Sur.

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Entonces se tragó saliva y se procedió a sortear los textos. “Ah, Bolsa, Bolsa. Por qué te cruzaste en mi camino?” Eran palabras robadas a Martel que algunos de nosotros gritábamos histéricamente. Hubo un sorteo de modo que nadie eligiera lo que se

consideraba aceptable y despreciara el resto. Y luego, caímos sobre los textos sin saber que iniciábamos una aventura que valdría la pena, por la que no recibiríamos un centavo, que formaríamos parte del Centro Editor de América Latina y que para Marta, Santiago y yo significaría abrir la puerta de algo que no se había hecho hasta el momento: una redacción en equipo, un trabajo en el que podía discutirse sin miedo a las consecuencias. Cada uno tenía su autor o sus autores y los iba exponiendo reunión tras reunión. No había más remedio que soportar las quejas o la corrección de lo que se consideraba equivocado. Teníamos apodos para esta gente y Eduardo Wilde se transformaba para Hortensia en “Este hombrecito”. Cada uno de nosotros podía reírse a carcajadas de las ocurrencias de Cané con los indios que llevaban los pianos por las montañas o su particular concepción de los negros africanos. No eran ignorantes, más bien parecían nazis escondidos detrás de un sonriente liberalismo.

En cuanto al contexto, Nannina hablaba en presente histórico: “A mí me parece que Eduarda se siente opacada por su hermano y prefiere quedarse en un segundo plano”. O bien, “Entonces mi tío decide traer a Tarnassi, un filósofo importante, para que diagrame la Facultad de Filosofía y Letras”. Escuchándola se tenía la impresión al salir a la calle que íbamos a tomar un mateo para ir hasta la tienda A la Ciudad de Londres. Ninguno de los otros cuatro tenía anécdotas  tan interesantes. El colmo se produjo cuando día nos trajo un ejemplar de UN DIOS COTIDIANO de David Viñas, en edición Prelooker. Allí, David había escrito la dedicatoria: “A Nannina, este libro, que no es para señoritas”. Creo estar viendo a los de la revista CONTORNO que, en esos momentos, carecían de sentido del humor. .A propósito, tanto David como Noé Jitrik habían publicado dos libros realmente importantes sobre la generación del 80 salidos a la venta en 1968, En nuestra ignorancia, no nos molestamos en leerlos por miedo al contagio.

Esto que acabo de escribir me hace pensar que en aquel momento del siglo pasado nadie escapaba ni al marxismo ni al psicoanálisis. Aunque no desconociéramos la sociología del estaño de Arturo Jauretche nada ni nadie nos privaba de la cercanía de filósofos marxistas o seguidores de la obra de Freud, exclusividad que pertenecía a Jacques Lacan y a quienes lo criticaban. Alguno de nosotros había leído a Oscar Masotta –sólo artículos-  y no perdía la oportunidad de hablar en una jerga que sumió al psicoanálisis en una guerra con más metraje que cualquier película europea de los años 60. Claro que siempre había alguien lo suficientemente amargado como para recordar que estábamos allí analizando lo escrito por la generación del 80. Y regresábamos. Las reuniones se llevaban a cabo en el piso de Nannina bajo la mirada vigilante de un cuadro de Josefina Robirosa o bien en lo de Hortensia Lemos que tenía un par de sobrinos bullangueros.

Hubo, eso sí, un pasaje por el Sindicato de Luz y Fuerza adonde recalamos cuando un tal Caruso era el secretario de cultura. Por dónde vino la conexión, hasta el día de hoy nadie lo sabe pero se supone que las Cátedras Nacionales y Gonzalo Cárdenas, en su aproximación al peronismo estaban relacionados con la fugaz mudanza. Fue allí que a uno de nosotros se nos ocurrió que no podíamos pasar por alto a Georg Lukacs, húngaro

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y marxista, muy odiado por algunas señoritas de letras y no pocos escritores con tendencia a déjame aquí en la esquina que sigo sola.. Porque lo cierto es que el húngaro, aunque muy inteligente, estaba  lejos de lo que habíamos aprendido hasta el

momento y, más directamente, nos atraía más el neomarxismo de Goldman. No puedo seguir adelante sin aclarar que Nannina se había enamorado de este hombre y que, cuando murió, escribió unas palabras que resultaron conmovedoras. Bueno, ella se había educado varios años en Europa.

A todo esto conviene aclarar que no teníamos beca alguna, que cada uno trabajaba en lo que podía y que el dinero no era muy abundante. Esto, al menos, si se exceptúa a Nannina Rivarola, casada por aquel entonces con el escribano Marcelo Lozada y madre de dos rubias criaturas que serían, cuando llegara el momento, hermosas. Por otra parte, las estaciones pasaban como en el subte y cada uno elegía, si le daba el cuero, el lugar adonde ir. Nunca más de un mes y, con preferencia, enero que nos resultaba insoportable en Buenos Aires. Lo que estaba ocurriendo en el país, en la Facultad y alrededores nos tenía sin  cuidado. Comprendí que  esa obsesión era absolutamente necesaria cuando se emprendía un estudio prolongado y en equipo. Faltaba todavía lo peor. Habíamos leído y analizado pero ahora, ¿cómo redactábamos?

Se trata, sin duda, del andén más desolado al que, por fuerza, hay que cruzar. Hubo días en que nada ocurría excepto comentarios o risas ante la campanita de Nannina llamando a la servidumbre. Hasta que caímos en la cuenta de que nos estábamos repitiendo en

demasía- Ya nos habíamos burlado lo suficiente, habíamos admirado párrafos enteros de Cambaceres y la mojiganga de las novelas del ciclo de la bolsa había terminado por fatigarnos. No recuerdo quién empezó pero el o la que lo hizo tenía muy claro que Goldman mediante, había que dividir a esta gente en dos libros: lo que sentían y pensaban y lo que pudieron concretar en sus fragmentarios escritos. Juramos no burlarnos de Mansilla a quien sus compañeros despreciaban por su parentesco con Rosas, callar nuestra voz al tratar la cursilería del Ciclo de la Bolsa, no mofarnos del enloquecimiento febril de Francisco Sicardi. Ser, en fin, aplicados alumnos que, sin las narices levantadas, repasaban y ponían en evidencia lo que durante generaciones no debiera haberse enarbolado: patria, nación o lo que fuere.

Se trataba de un juramento casi bíblico. Cada uno de nosotros desempeñaba un rol: Nannina era la respetuosa universitaria, Hortensia la ordenada profesora a la que nada se le pasaba por alto, Marta la callada sobradora, Santiago el que se burlaba de las pretensiones de una eventual publicación y yo el tirabombas histérico de siempre. La combinación era irresistible, aunque no tanto cuando nos encontrábamos frente a la hoja en blanco inserta en la máquina de escribir y sin haber pensado siquiera que se trataba no de uno sino de varios autores obligatoriamente enquistados en la mentalidad de la mayoría de los docentes argentinos. El que dice que jamás sintió el track ante la hoja en blanco, o se ha olvidado o miente. Se trata del ataque paralizante que acomete también a un actor antes de salir a escena. Sí, se supera, aunque no sin consecuencias.

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Lo que cada uno fue diciendo, entonces, marcó el comienzo de la redacción, es decir, qué tenían en común estos señores a los que intentábamos analizar. Los del ciclo de la Bolsa, por ejemplo, eran rastacueros que jamás llegarían a la altura de un Cané o de un Wilde. Ni siquiera Mansilla –a quien preferían ver lejos y siempre lo estaban despidiendo en el puerto- representaba lo más granado de esta generación En verdad, los que se destacaron en política resultaron los más favorecidos por el círculo social al que pertenecían. Cambaceres resultaba en exceso audaz y a  Sicardi se le habían perdido                                                    

varios tornillos. Asimismo, salían ganando quienes se internaban en el pasado de la Gran Aldea, ya que ponían sobre el tapete usos y costumbres que, aunque ligeramente cambiadas, hacían pensar a damas y caballeros en los suspiros de antaño. Al fin y al cabo, eran suspiros aristocráticos y no debían vérselas ni con los trepadores ni son la francamente asquerosa inmigración ítalohispanojudía..

Negar que algunos de ellos parecieran escritores era perder el tiempo. Por otra parte resultaba innegable que Cambaceres era el primer novelista, cronológicamente hablando y si descartamos a Alberdi. Para algunos, las causseries de Mansilla eran un manjar y para otros una estupidez disfrazada. En fin, no había acuerdo alguno. No obstante, el caos llegó cuando alguno lanzó la pregunta fatal: ¿“Para quién estamos escribiendo? ¿Quién nos va a publicar si nadie nos conoce?”. Aquí otra vez  apareció Nannina, relacionada con gente del flamante Centro Editor de América Latina, ex Eudeba, presidido por Boris Spivakow. Alguien leyó parte del material y se nosotros sugerimos dos pequeños tomos.

La redacción en equipo seguía su curso a costa de bromas cáusticas que nos dirigíamos sin piedad alguna. Si tal o cual adjetivo resultaba cursi se lo suprimía o se buscaba otro que resultara de una neutralidad digna de la facultad de Filosofía y Letras. Lo que queríamos era no aburrir al lector y ser útiles al propio tiempo. Como todavía los libritos andan deambulando se supone que para algo sirvieron. Y así fue como surgieron los primeros estudios en un equipo donde nadie quería ser estrella. Esto es fundamental: ninguno quería ser más que el otro. La poeta y escritora Juana Bignozzi fue la encargada de entregarlos al centro sin que pasaran por Aníbal Ford. Hasta el día de hoy no se sabe por qué ni para qué.

Alguien nos había descubiertos, sin embargo. Alguien que trabajaba en la editorial mencionada. Beatriz Sarlo Sabajanes y luego simplemente Quichi Sarlo, se había aproximado a Nannina. Al parecer,. varios interesados en Leopoldo Marechal necesitaban escribir un artículo- Marta Speroni, Santiago González y yo nos negamos rotundamente, en especial luego de conocer a los tortugones que habitaban un pintoresco subsuelo en el que la Quichi vivía acollarada con su primer pareja: un nisei.

No nos interesaron ni Angel Núñez, ni Susana Zanetti ni cualquier otro que hubiera estado allí. Olían a algo que despreciábamos: Facultad de Filosofía y Letras. En nuestra torpeza ni siquiera admitíamos que nosotros también éramos egresados del mismo lugar. A raíz de este sucedido el grupo se dividió: Nannina y Hortensia se fueron con la

Quichi y Marta, Santiago y yo nos quedamos a la deriva. Lo que ocurrió luego entre la Rivarola y la Sarlo no vale la pena explicarlo aquí. Baste decir que la Sarlo Sabajanes tenía y tiene el suficiente poder para destruir psicológicamente a quien se le antoje.

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Nunca supimos nada del sucedido en aquel equipo que la Sarlo armó por envidia. Inteligente, capaz, brillante pero también destructiva no es alguien fácil de tratar y es mejor leerla. Nannina resultó bastante ingenua y hubo una extensa discusión porque Santiago Marta y yo nos negamos a plegarnos a las huestes de semejante eminencia. Hortensia no jugó y se mantuvo en el arco. Pero Nannina cayó enferma y en la última r reunión Santiago la emprendió con “Nosotros, que nos queremos tanto”  desatando en Marta ácido vitriólico. Pero el daño estaba hecho. Luego de tanto trabajo, de intercambio, o, al menos de mi parte, de afecto, el avión se estrelló. He hablado varias veces con la Quichi a lo largo de estos años. Y he jugado bastante bien a la hipocresía. que se merece. Y he rechazado no pocas de sus invitaciones a  colaborar en esto o aquello. Entró, al menos para mí, en el limbo de la indiferencia. Admiradores tiene muchos. No me necesita.

De lo expuesto, podría deducirse que había una abundante cantidad de hielo en LA GENERACIÓN DEL 80, I: VISIÓN DE MUNDO y LA GENERACIÓN DEL 80 II: SUS ESCRITORES. En primer término, habría que recordarle al lector que una investigación en equipo es comparable a una película: se rueda, llega el fin y la gente se dispersa. Del mismo modo, los textos de aquella generación no resultan precisamente apasionantes y  de mi parte, de la de Marta y de la de Santiago asomaba en la sopa un algo que se parecía al asco. Con lo que se llega a una no muy sutil conclusión: no se puede trabajar si se desprecia el material.

UN LEVE INTENTO

¿Cómo narrar el comienzo de un libro que tendría 455 páginas, aún suponiendo que sólo 20 fueran valiosas? Por ahí andábamos Marta, Santiago y yo haciendo comentarios impiadosos, incluso con respecto a nosotros mismos. Porque cuando nos habíamos acostumbrado a trabajar de a cinco, quedábamos reducidos a tres. O bien había que admitir que tanto Nannina como Hortensia eran las potencias de aquellos  remolcadores. 

Hacía tiempo que conversaba con Kuqui Vignolo, cuyo nombre en el registro civil es Griselda Lilia. Por lo tanto, es preferible quedarse con Kuqui. Terminaba ya las materias de grado y Marta y yo la abordamos. Por la escalera izquierda de Independencia bajaba una diminuta rubia que se interesó en lo que estábamos hablando: era Susana Marco. Las dos estaban enteradas de los libritos sobre el 80 porque, al fin y al cabo, habían resultado un experimento que dio resultado: el trabajo en equipo.

Si Marta y Susana supieron ocultar desavenencias, no ocurrió lo mismo con Santiago González, quien bautizó a la segunda como una solterona insomne que escuchaba tangos por la madrugada. Tampoco Kuqui se mostró interesada en la triste fama por mí adquirida en el antro de Independencia. Habría que aclarar, sin embargo, que no había

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necesidad de disimular como ocurriera con Nannina y Hortensia. Aquí podían decirse salvajadas que nadie iba a ofenderse.

De todos modos, faltaba la elección del material. Planteamos a las recién llegadas nuestra experiencia con los del 80 y convinimos en que valía la pena irse al otro extremos, investigar qué había ocurrido con los que Miguel Cané deseaba expulsar del país y, asimismo, enfermaban a Cambaceres. Había otro rasgo de la cultura que, a nuestro entender, merecía ser estudiado y a fondo: el de los inmigrantes. Pero para una explicación absoluta y compleja  debíamos comenzar por las piezas breves y anónimas desde los tiempos de la Colonia para llegarnos ¿hasta dónde? Esto aún no estaba claro.

Hicimos una lista de gente que podía guiarnos y comenzamos por Blas Raúl Gallo. Kuqui y yo fuimos a verlo al bar situado al lado del cine Lorraine. Se había ubicado al fondo de aquel féretro, anticipándose así a su cercana despedida. No le pedíamos nada del otro mundo: si podía prestarnos obras de un acto, ya que él era un experto en la materia. Con mirada cortante y asco nos dijo que él estaba preparando el neosainete y que lo que estaba en su poder allí quedaría. Sugerimos ir a leer a su casa. Inútil. No fue ni la primera ni la última vez que nos sentimos torpemente humillados Nos fuimos sin siquiera saludarlo.

Nos repugnaba ese aire de superioridad de quien se creía el padre y la madre del sainete. No éramos idiotas. Suponía que este hombre, integrante del partido comunista, no ignoraba absolutamente nada sobre nuestras paupérrimas ideas acerca de esa vetusta agrupación. Le deseé la muerte y Kuqui me miró como si estuviera desvariando. Mis maldiciones fueron escuchadas. Gallo murió en 1970, lapso breve luego de nuestra entrevista. Por suerte, el nombre caído de la galera fue el de Luis Ordaz, que resultó lo opuesto al señor próximo a morir. Viajamos en su auto no sin miedo a estrellarnos hasta Entre Ríos y Caseros. Ahí nos metimos en un bar y comenzó la conversación casi a medianoche.

Ordaz resultó ser un típico porteño: socarrón, amante del tango y con una sencillez que desarmaba. Recuerdo su voz, muy parecida a la del actor Héctor Méndez, su manera de inclinarse hacia adelante en la mesa y la atención que despertó en él Kuqui, por entonces una hermosa muchacha. Es decir: quedé en segundo plano. Intentó disculpar a Gallo diciendo que estaba muy viejo y que había tenido una vida muy complicada. Luego comenzó con lo que imaginábamos: el teatro popular era de muy vieja data en territorio bonaerense y porteño. ¿Qué pensábamos hacer nosotros? Ahí se produjo una pausa y sostuvo que si éramos un equipo podíamos redactar un trabajo de largo aliento.

Aquí la universitaria de Kuqui sostuvo que no había suficiente bibliografía. Con paciencia inagotable sacó un papel y comenzó a escribir nombres. En verdad, necesitábamos teóricos, le expliqué. Sus palabras fueron agua fresca:

. Tomen las obras y estudien lo que las rodea. Imagino que habrán oído hablar de texto-contexto.

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Cuando nos despedimos ya era muy tarde y lo ganó un apuro que no había mostrado hasta el momento. Si bien hubo varios entrevistados, sólo estuve presente en el caso de Marta Lena Paz y Orestes Frattoni. La primera se desempeñaba como jefa de trabajos prácticos de Literatura Argentina en la cátedra cuyo titular era Guillermo Ara. Se le han tirado muchas piedras , Sin embargo, es innegable que conocía a fondo la literatura popular argentina. Peronista desde siempre, tuvo palabras no muy amables para quienes confeccionaban los programas de Letras en la facultad. Asimismo, nos regaló anécdotas graciosas con respecto al golpe de Estado de 1955 y a su repercusión en la Facultad. Por ejemplo: a los estudiantes antiperonistas se los mataba y luego los cadáveres iban a un horno crematorio situado en la Avda. Paseo Colón.

Cuando fuimos al grano, abrió un placard y sacó diarios que contenían reseñas de los estrenos del género chico. Allí vì escrito por primera vez el nombre de Carlos Mauricio Pacheco. Para ella era el mejor de todos los que se habían dedicado al género chico. Luego sabríamos que lo mismo pensaba la actriz María Esther Podestá. Si bien el enfoque de Marta Lena podía ser excesivamente simple, no por eso dejaba de concitar la atención de quien quisiera escucharla. Por otra parte, se sabía humilde y cercana a todos aquellos alumnos que no se limitaran a estudiar los adjetivos en el MARTÍN FIERRO. Nos planteó la siguiente incógnita: había una gran cantidad de obras y autores que, o se habían perdido en el tiempo, o bien permanecían en los archivos de Argentores. En este aspecto, coincidía con Luis Ordaz.

En cuanto a Orestes Frattoni, su fama asustaba aunque nos encontramos con alguien que no se daba importancia. Ya estaba enfermo y sus manos recorrían la manta que cubría sus rodillas. Le costaba trabajo hablar sin pausas largas que nos permitían estudiarlo. Daba pena verlo casi ignorado a este hombre que había luchado toda su vida por la literatura de países diversos, no sólo por la italiana. En  cierto modo, recordaba a Jaime Rest, otro de los postergados por su excesiva capacidad. Frattoni habló de Viñas y de Jitrik y de la concepción del grotesco que punteaba, según aclaró, muchas más obras de las que habitualmente se citaban. Para él, el grotesco era una concepción de vida, no solamente una cueva habitada por gente miserable. Había allí mucha desesperanza y abundaba el odio. El problema nuestro, le explicamos, es que no teníamos bibliografía para un marco teórico. Se rió con ganas por vez primera y sostuvo con voz segura que para algo éramos jóvenes y, por consiguiente, audaces. ¿ Qué nos importaba la bibliografía si éramos capaces del riesgo, de la audacia? Sin embargo, nos recomendó luego la lectura de varios libros que figuran en la bibliografía específica del libro que publicamos.

UNA BATALLA ALGO FEROZ

Argentores es una valiosa institución. Lo es y lo era. Pero en aquel final de los años 60 del siglo XX los bibliotecarios se comportaban con nosotros como los nazis con los judíos. Es sencillo: alguien que practique este oficio se sentirá honrado sobre aquellas preguntas que pueda responder o los libros que pueda facilitar. La secuencia puede durar una semana. Luego, toda sonrisa desaparece y comienza el odio tipo melodrama del 40. Había dos señores que atendían, el uno mayor y en edad de jubilarse y el otro

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bastante más joven. Para el caso la edad no hace las diferencias. en cuanto a furia. Eso ocurría al cabo de un mes. Creo que fue por ese entonces que conocimos a Beatriz Seibel, que sufría sus penurias con respecto a los dos salvajes húsares.

A todo esto, podían escucharse los gritos de Armando Discépolo que telefónicamente insultaba a quienes intentaban  poner en escena su última obra, CREMONA. Ajenas al fácilmente irritable don Armando, Marta y Susana fueron a verlo a su despacho y el buen hombre se desenroscó para decirles:

– No tengo nada que declarar. Todo está en mi obra. Léanla.

Con los años Silvana Roth, Emilio Comte, Marta González, Olga Zubarry y siguen los nombres, nos hablaron de la severidad extrema de don Armando y de su falta de paciencia. Eso ocurriría mucho más tarde. Pero mientras Marta y Susana mostraban sus mejores sonrisas a los dos franquistas, la muy correcta Beatriz Seibel sugirió que, sencillamente, ubicáramos las obras del género chico y las sacáramos de Argentores antes de que tuvieran un triste final.

En un entrepiso Santiago y yo descubrimos a un señor que tiraba paquetes dentro de una bolsa. Le preguntamos qué estaba haciendo y nos respondió que iba a llevarse toda la producción de Eiffel Celesia –lo ubicaba de la radio, en especial de LA RED DE MARVIL, una radionovela policial que había ido a las 22.30 por Belgrano con Roberto Escalada, Olga Vilmar y Antuco Telesca-. Le preguntamos al señor si tenía algún permiso y respondió que se lo había concedido él mismo. Por lo tanto, Santiago y yo comenzamos a revisar polvorientos estantes con la esperanza de encontrar lo que buscábamos. Por supuesto, nos habíamos cambiado de ropa. No recuerdo cuánto tiempo estuvimos hasta dar con el filón anhelado. Sin embargo, no he olvidado la rapidez con que enviábamos a bolsas de lona todo aquello que tuviera relación con el teatro popular 1890 y hasta los años 30 del siglo XX. Como Kuqui era la única que tenía auto, corríamos con Santiago hasta Pacheco de Melo ya sin darle importancia a quien nos hiciera algún reproche –los hubo-.

Y fue así como la casa de Kuqui en Lanús se transformó en una gigantesca biblioteca. Claro que a los cinco nos hubiera gustado tener montañas ordenadas de BAMBALINAS, LA ESCENA y todas aquellas revistas que se dedicaron al teatro popular. Para nuestra sorpresa, además de algunos números de los órganos mencionados, se amontonaban cuadernos de tapa dura con letra manuscrita, hojas a punto de volar mecanografiadas quién sabe en qué año, formatos pequeños encuadernados en cartulina azul –no puedo olvidar AMOR Y LUCHA de Soria- y, además, había que separar aquel material que se había entremezclado y tenía tres actos firmado por gente más desconocida aún que la del género chico. Un verdadero galimatías del que no sabíamos cómo resolver. Esto, a pesar de las tortas y masas que servía la madre de Kuqui hasta que le rogamos que no nos convirtiera en obesos.

Los cinco éramos descendientes de españoles e italianos, de modo que nos estábamos alejando de aquellos señorones del 80 y los  dejábamos a quienes obedecieran  las  escolares reglas de juego. Algunas de aquellas obras estaban escritas en dialecto

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regional italiano y no resultaba fácil leerlas. Descubríamos, además, no pocos nombres que luego el cine haría famosos. El problema residía en los autores: más tarde nos enteraríamos de que la mayoría de ellos habían muerto jóvenes debido a un estilo de vida pernicioso y al exceso de trabajo. Porque en aquellas  obritas íbamos a encontrar  la conciencia generadora que dio paso al radicalismo y  luchó, a su modo, con lo que se había entendido hasta entonces por cultura.

Lo cierto es que leer todo el teatro popular con autores, actores y público criollos los tres, nos parecía no sólo difícil de lograr sino una suerte de pedantería irresponsable. Por otra parte había que contextualizar las obras desde la Colonia en el Río de la Plata. Sin duda, según una costumbre que no ha desaparecido, se reirían de nosotros e intentarían aplastarnos. Entre los intelectuales porteños es el `denominador común. Ahí veo a María Teresa Gramuglio quien me soltó un mediodía de invierno:

  • Vos que leés a Henry James en inglés ¿te venís a enlodar con este barro inmundo?

Como todavía funcionaba el Di Tella, Susana Marco trajo la noticia: estaban preparando un texto similar al nuestro. Sonreí de costado y le respondí;
–         Dejalos que hagan lo que quieran. Total…

Kuqui Vignolo, con la simpatía que la ha caracterizado,  se encogió de hombros mientras sentenciaba que la Minujín,  vestida de Trinidad Guevara iba a estar esplendorosa.

En el texto se parte de aquellas cuatro obritas de autor anónimo que pertenecen a la colonia, se sigue con el teatro rivadaviano –siempre había algún autor nacional- se cae en el circo de primera parte de la época rosista y en la primera escuela de actores que crearan un código gestual y lingüístico que se acercada a los porteños de entonces. Desde Ana María Campomanes, Trinidad Guevara, Joaquín Culebras y Juan Aurelio Casacuberta. Las temporadas de verano se organizaban en el parque Lezama. Caído el federalismo, llegaron los proscriptos desde Montevideo y regresamos a “Vamos al teatro, tía, que hoy dan LA DAMA BOBA de Lope de Vega”. Leímos todo cuanto se había publicado hasta ese momento sobre este regreso de la oligarquía y hasta la Revolución del Parque. No hay suplicio más exquisito que la lectura de las obras de los exiliados unitarios. (Todo ello trasmitido por Radio Carve y auspiciado por azúcar en pancitos Rausa. Mirá vos.) .

En el ámbito teatral algo estaba ocurriendo desde que se estrenara el JUAN MOREIRA por la compañía Podestá-Scotti. Ese año de 1886 se considera el nacimiento del teatro popular argentino. Que el lector nos permita saltearnos la novela de Eduardo Gutiérrez, la pantomima, las modificaciones que encontró Beariz Seibel correspondientes al año 1899 y, por fin, que no hablemos de Leonardo Favio. Es una historia larga  y nosotros ni enterados estábamos de “Con este sol”. En fin, poco a poco los hispanos zarzueleros fueron dejando paso a otros tipos sociales producto de la inmigración y de los habitantes del país. En un principio, la estructura de las obritas fue la misma: dos actos breves y uno intermedio que servía como pasacalle. Pero atención: en ningún momento quisimos decir que Ezequiel Soria, Enrique de María o Nemesio Trajo fueron los que iniciaron el género chico.

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Hubiera sido un error, producto seguramente de nuestra generosa sabiduría. Si Moreira fue un paria social, según el juicio de algunos catedráticos y encorsetadas señoras de academias varias, su legado es copioso y nada pustulento como el de ciertos pulcros integrantes de sociedades del buen gusto. 

Lo que sí es cierto es que descubrimos que LA TORTA DE LA NOVIA o LOS DISTRAÍDOS eran la misma obra sin fecha de composición o de estreno certeras.-La descubrimos entre dos hojas de cartulina que contenían unos pocos folios. Aunque ninguno de los cinco pensaba del mismo modo, yo, al menos, creo que hubiera resultado más productivo fijarse en lo que se tiraba, se dejaba de lado, que en tantos mamotretos de los continuadores del 80-  No creemos que sean excluyentes ni que el buen tono de Eduarda Mansilla, supere en ningún momento la vitalidad de estos comediógrafos de principios del siglo XX. El público tiene la palabra.

Se conculcaba sin derramamiento de sangre, según don Hipólito y el teatro popular era una fiesta. La traducción del particular diccionario del peludo se refería a los leves incidentes que existieron en 1916. Los sucesos de Vasena acá en la Plaza Martín Fierro o las matanzas de la Patagonia se encontraban no muy cercanos. La inmigración variopinta se iba integrando aún en medio de la miseria y de los conventillos. Roberto L. Cayol en ¿QUÉ HACÉS DE NOCHE? se reía de la mitología tanguera con respecto a las milonguitas perdidas. Pero en el limbo del género chico abundaban los guapos y las percantas que terminaban en el cabaret. Todo esto se precipitaría sobre algunas letras de tango que fueron  cantadas machaconamente por varias décadas.:Los cotorros supieron albergar caricias prohibidas de las que no pocos se burlaron- Y para desentrañar ese mundo hubo que recurrir en no pocas ocasiones a diccionarios que aclaraban vocablos incomprensibles incorporados a jergas de por si harto difíciles.

Y Manuel Carlés y la Liga Patriótica se dedicaban a perseguir, golpear judíos e incendiarles los locales. Por otra parte, ya nadie les ponía freno a la radio y al cine.

Estábamos realmente ocupados sin tener en cuenta que el equipo había comenzado a mostrar serias grietas. Me di cuenta de  que Santiago observaba no muy académicamente a Kuqui Vignolo. En realidad, se le notaban los colmillos. Su proceder fue, entonces, algo inesperado. Intervenía en las reuniones con bromas y más bromas que provocaban la risa de todos porque su sentido del humor era, en aquel momento, envidiable. No obstante, me molestó sobremanera que se atrasara la investigación y le planteé a Marta Speroni que Santiago debía irse. Luego de varios titubeos confirmó mis sospechas y no sé qué ocurrió con Susana y Kuqui. El hecho es que hablé claramente con Santiago y le dije que era mejor que abandonara el trabajo, que nos dejara en paz. Accedió y no sé si hubo o no resentimiento. El hecho es que se fue y quedamos cuatro, esto sin contar las paperas de Susana y el furibundo ataque de apendicitis que logró que Marta fuera a parar al hospital y estuviera unos días fuera de combate. Mientras tanto, Kuqui y yo andábamos por la Biblioteca Nacional cerca de la medianoche por ahí por la calle México devorando lo que pudieran albergar de Alberto Vacarezza. No fue un momento para nada feliz. Otro duro golpe le fue dado a Kuqui por su entonces novio que no se decidía a casarse. Los dedos tecleaban sobre la Rémington y las lágrimas caían sobre ellos. Finalmente, la pareja llegó a buen puerto.

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Hubo también sorpresas agradables: descubrir por ejemplo que las obritas no eran en absoluto semejantes sino que había una gran variedad. Sólo había que descubrir en qué consistía esa diferencia. Esto ya no fue nada fácil porque no lográbamos ponernos de acuerdo. Por esa época el país estaba en llamas pero a ninguno de nosotros cuatro se nos ocurría investigar. Luego supimos que, tal vez, no es una afirmación segura, Susana Marco se hubiera atrevido a ir un poco más lejos. Pero jamás habló en las reuniones de nada que no perteneciera al trabajo que estábamos llevando a cabo. Kuqui había derramado sus lágrimas frente a la posibilidad de un casorio frustrado que no fue tal y comieron perdices– Ahora le tocaba la prisión del hermano abogado, a punto de convertirse quién sabe en qué. Marta y yo, que nos habíamos casado un 19 de junio, estábamos viajando a la morque judicial de Viamonte a la semana siguiente con el cadáver del primer marido de mi hermana. Era el cadáver se un  suicida. En fin, no todo tiempo pasado fue mejor.

Y aquí estábamos nosotros, tratando de encontrar definiciones para agrupar obras breves escritas hacia ya, bueno, unos cuantos años. Sin que nadie nos pagara un  centavo y trabajando bastante más que cualquier becado. ¿En qué pensábamos? No en la gloria ni las alabanzas. Como ya se ha dicho, los intelectuales de Buenos Aires, no todos, se atragantan cada vez que encuentran un trabajo bien hecho. Lo que cae sobre el pobre mamotreto son las críticas más soeces. Tal lo que ocurrió con LA NACIÓN y EL GENERO CHICO CRIOLLO. Pero esa es otra historia. Se parece a lo que los boluditos de Letras de la Facultad pensaban de los dos tomos del  80.

El regreso del peronismo –Cámpora-Solano Lima-, la vuelta definitiva de Perón, las nuevas elecciones –Perón-Perón-, el enfrentamiento de la vieja dirigencia con los grupos guerrilleros, la masacre de Ezeiza, en fin, nada pasaba desapercibido. Resultaba imposible. Sin embargo, el objetivo una vez finalizada la investigación, era publicarla. Para este momento Susana se fue alejando lentamente del equipo. Nosotros comenzamos por algunas editoriales como Plus Ultra y Galerna, con el avispado Willy Schavelzon y a mí me resultaba cada vez más difícil hablar con editores. Los de Plus Ultra sugirieron podar el libro en unas cincuenta hojas. En cuanto al inocente Schavelzon, tuve que retirar de manera un tanto violenta la investigación. Por supuesto, quedaba el Fondo Nacional de las Artes. Allí fueron muy cordiales Augusto Raúl Cortazar y Delia Garcés pero el tiempo pasaba y nada ocurría. Naturalmente, al Fondo recurrimos antes del nuevo triunfo del peronismo porque luego de 1973 los nombres cambiaron rápidamente. Hay quienes nacen para funcionarios, no importa quien gobierne el país.

Por fin, apareció Nannina con una tarjeta firmada por quien dirigía EUDEBA en 1972: carecían de material. Si no hubiera sido por ella, el libro, en fin, mejor no pensarlo. La editorial aceptó, firmamos el contrato pero no era cuestión de una llamada telefónica. Según una empleada de la editorial llamada también Marta, los obreros de la casa tenían mucho interés en la salida del libro. Caída de gobierno. Nuevo director: Rogelio García Lupo. En la única entrevista que tuvimos él me miraba como si yo fuera transparente ¿Alguien lo obligó a recibirme?

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Se lo percibía como un saco de piedras. Muerte de Perón y nuevo gobierno. Ahora la directora de EUDEBA era Perla Mux, la que fuera actriz segundona del viejo cine. Ahí estuvimos Kuqui, Marta y yo, los tres embelesados ante las delirantes propuestas de la dama: acto en el teatro San Martín previo corte de la Avda Corrientes. Salimos poco menos que huyendo. Y el libro seguía prisionero de la editorial. Finalmente, fue la empleada que optaba por marcharse a España quien nos dio la idea: había que organizar una antología con obras inéditas

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Rl estudio salió en 1975 y la antología en 1976. Como no eran años montoneros ni del Erpe no faltó quien los asociara a López Rega. Los del diario LA NACIÓN fueron más astutos: los demolieron. Como todo el mundo se mudaba o iba en busca del exilio no recuerdo ningún comentario de nuestros compañeros. Susana desaparecería para ir a parar al fondo del Río de La Plata.. La llevaron en la Pascua de 1977, y antes ella había estado en nuestra casa, con Lautaro en la cuna. Le ofrecimos un lugar donde esconderse. No aceptó. Fue la última vez que la vimos. Por su parte Kuqui llamó por TE a Marta y le dijo que se mudaba. También perdimos contacto con ella. Allí estaban los dos libros y también la pesadilla.

Para despedirnos se la aventura, el Centro Editor de América Latina, en el verano 1980-1981 y  para nueva serie de fascículos sobre literatura argentina, nos encargó la redacción de EL SAINETE que esta vez no fue CRIOLLO. Estuvimos carios días redactando los tres –Marta, Kuqui y yo- y lo concluimos una noche de calor. Debemos ser justos: Boris abrió su faltriquera y dejó caer unas rupias. La intermediaria fue Susana Zanetti.

Luego de algunas conversaciones con Eduardo Romano y Beatriz Sarlo tomé conciencia de lo siguiente: para que dejáramos de trabajar iban a tener que matarnos. No, no me estoy poniendo melodramático. El problema era el silencio porque nada se nos ocurría. Kuqui optó por irse y nos dejó en libertad de acción.

CURVA PELIGROSA

Es necesario aclarar algo que la conciencia niega: en 1973 logramos reunir a Nannina Rivarola, Hortensia Lemos, Marta Speroni, Susana Marco y quien esto escribe, con el propósito de analizar qué había ocurrido con la novela argentina entre 1955 y 1958. Hubo varias reuniones en Jujuy 552, la casa donde vivíamos entonces. A pesar de las condiciones socio políticas del país, alcanzamos a comprar todo aquello que se había publicado. Se trataba de más de trescientas novelas –al menos las que conseguimos-. Y estábamos dispuestos a leerlas previo tamiz teórico. Hete aquí que con la Facultad Liberada nos dispersamos y fuimos a dar clase para abandonar a Marta y dejarla sola. A ella no le importó porque cada vez se alejaba más de la Facultad. A mí me obligó a integrar una cátedra Elvira Narvaja, en conjunto con Elida Lois.

Esto quiere decir que cuando llegó Isabel Martínez de Perón a la presidencia no estábamos en ninguna parte. Elvira se fue a Francia y Hortensia, designada vicerrectora

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del Carlos Pellegrini por los montoneros, tuvo que refugiarse para morir en su madriguera de un cáncer fulminante. Ya se habló de Susana Marco pero no es que no me importara. Creo que lo mejor era seguir trabajando. Por lo tanto, María Ángela Sambataro y Mirta Kostrum fueron nuestras flamantes compañeras dispuestas a comen zar con ROSAURA A LAS DIEZ. Aquellas reuniones que se iniciaban  a las 21.00 horas con nuestro pequeño hijo en brazos y finalizaban a medianoche, tuvieron que interrumpirse tiempo después por las ametralladora y los salvadores de la patria.

Durante los meses que duró esta investigación –un lapso relativamente breve- hubo tiempo de ponerse en contacto con aquellos escritores que accedieron a vernos. El que se negó rotundamente fue Marco Denevi, quien solicitó un cuestionario por escrito. Hubo sorpresas impensadas. A los 17 años había leído LAURA POR LA VOZ  -Susana Tasca– Jamás pensé que conocería a su autora. En realidad un paseo por la mayoría de las novelas elegidas nos demostró que Argentina era más bien un país de cuentistas, Naturalmente, nadie pudo escapar al encanto horroroso de ZAMA y a su muy cuidado español del siglo XVIII-.Es, no puede negarse, una de las mejores novelas de Hispanoamérica  y una entrada al existencialismo de mediados del siglo XX-

Y también hubo las peleas de rigor debido a LA BRASA EN LA BOCA de Arturo Cerretani ya que María Ángela Sambataro se inclinaba por la importancia de un personaje femenino, Danicheff  y Marta favorecía a su contratara, María Cecilia. Lo cierto es que esa pelea se hizo tediosa. Debe pensarse que estábamos trabajando sobre aquellas novelas ultraseleccionadas. De manera que puede deducirse que el resto quedaba descartado.. Hablamos de 1955 a 1958, donde en una novela de H. A. Murena un hombre pisa una cáscara de banana y es arrollado por la muchedumbre. Y aquí comenzaron las ediciones Prelooker que no sólo incluyeron a ZAMA, sino también a David Viñas y su UN DIOS COTIDIANO.

Dos novelas ocupadas por la homosexualidad nos llamaron la atención: EL GRAN COBARDE de Abelardo Arias y SIRANGER de Renato Pellegrini. Si la primera queda grabada en la memoria, la segunda, con su pretendida audacia, se va olvidando lentamente. Es verdad que Pellegrini sufrió un verdadero calvario por dedicarse al sexo entre dos hombres y su segundo novela, ASFALTO, que no pertenece a esta investigación, lo llevó a pasar tres meses en la cárcel. Para peor, el elegante H. A. Murena atacó los textos “sodomizantes”y los consideró un peligro para la civilización occidental y otros aditamentos de Argentina. Como nada sabíamos, no nos pareció serio encarar a SIRANGER, a pesar de su transparencia, como una defensa del amor penado por la ley, al menos en 1957, año en que la editorial Tirso publica SIRANGER. Francamente, a nosotros, jóvenes y llegados de Filosofía y Letras, tanto Murena como Pellegrini nos provocaban risa y nos resultaban indefendibles. Tal vez por ignorancia, claro.

A si vez. Adolfo Jasca (levich) en LOS TALLOS AMARGOS se volvía transparente y en cuanto a funciones, el sometedor y el sometido ingresan en un  caleidoscopio que gira iluminando  lo que estos escritores pensaban del peronismo.  Lo curioso en el caso

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de LOS TALLOS AMARGOS es que no permite burla alguna. Es así como ZAMA, LAURA POR LA VOZ, LOS TALLOS AMARGOS, EL INTRUSO de Vicente Barbieri y alguna otra merecen ser redescubiertas. Pasaron al cine algunas de ellas pero el camino es todavía arduo y difícil de recorrer.

Sinteticemos: utilizamos para el análisis   lo que alcanzamos a entender del estructuralismo y elegimos algún giro que nos brindaron los autores. Eran sinceros: Estela Canto nos aseguró que EL ESTANQUE era una novela muy menor y que no le interesaba. La crisis se desató la noche en que fuimos a visitar a Dante Sierra, autor de un curioso relato llamado A LA IZQUIERDA DE LA LUNA. Cuando terminamos y hablando en la vereda del edificio no podíamos escucharnos debido al tableteo de las ametralladoras y a las balas que sonaban sin solución de continuidad. María Ángela Sambataro y Mirta Kostrum plantearon con toda franqueza que las reuniones nocturnas no iban a terminar nada bien. En cuanto a nosotros, con el bebé, no podíamos trasladarnos con facilidad. Se dio entonces por terminado el proyecto que ahí quedaba.

No se quedó muy quieto sin embargo. Pasado cierto tiempo, Marta Speroni recibió un llamado de Eduardo Romano: necesitaban una monografía nuestra referida a los escritores arriba mencionados. Se trataba de enfocarlos desde una suerte de existencialismo porteño más que argentino, la escritura que fue desechada al llegar los años 60. La compilación de Romano llevaba por título HAROLDO CONTI – SUDESTE – LIGADOS. Fue publicada por Archivos ALCA XX. Universidad de París y salió en 1998. Ese escrito le corresponde más a Marta Speroni porque yo había decidido cortar con la literatura. Y, al propio tiempo, me emocionó encontrarme en un estudio sobre Conti, porque ALREDEDOR DE LA JAULA me parece una de las mejores novelas argentinas. Finalmente, LAS VÍCTIMAS DE LA ESPERA  fue un paper elegido por SEMANTHIC SCHOLAR ORG y publicado en ese sitio como si fuera por completo independiente.

Se sabe que decir siempre o nunca acrecienta el campo de las incertidumbres. Sin embargo y hasta el presente no me ha interesado encarar una investigación basada exclusivamente en la literatura. Podría decir que LAS VÍCTIMAS DE LA ESPERA es un trabajo, como ya se dijo,  que le pertenece a Marta.. Pasaron cuatro años luego de la lectura de las novelas 1955-1958. Es decir que hacia 1980-81 estaba dispuesto a escribir en revistas pero… sobre cine argentino, algo que en el presente no tiene ningún valor. Si Ud. es realmente un investigador debe ser capaz no sólo de esquivar el cine argentino sino de dedicarse al séptimo arte de Icelandia. Había visto SENTIMENTAL, REQUIEM PARA UN AMIGO, de Sergio Renán y estrenada en 1981. Hice la nota, la aceptaron y ya no paré más.

Pero ése era otro mundo con el que poco y nada había tenido que ver. Me refiero a los que escriben sobre estrenos y a los que suponen descubrir algo fundamental en una película de cualquier nacionalidad. La crítica literaria no exige publicidad sino eficiencia y utilidad: se escribe para que otros sigan el camino por donde les plazca. En

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el caso de quienes de dedican al cine, muy pronto se transforman en dioses aviborados estilo anaconda. También se los compra con dinero, con viajes, con sexo. Y siempre,

pero siempre, se habla mal de los colegas. Con una piel  de deidad etrusca, estos filibusteros conseguían muy pronto espacios en radio o TV y se  convertían en dioses de papel picado. Respeto a algunos pero no a la mayoría. Y menos aún a los doctores en cine.

Pero en esa curva peligrosa, surgió la nostalgia del trabajo en equipo. El asunto era qué período íbamos a abarcar. La primera que se unió a Marta y a mí fue Mónica Landro y luego de mucho discutir decidimos estudiar desde el comienza del sonoro hasta el supuesto golpe de 1943. Y así arrancamos, munidos de amplia bibliografía teórica y, causa gracia ahora, en Michigan hablaron luego de  exceso de narratología. Pero distinguieron el intento como muy superior a las historias tradicionales. En cuanto a Raúl Horacio Campodónico, lo consideré desde el principio muy capaz en política y economía pero, desdichadamente, un tanto negado para ir a la carne –según el guionista de Buñuel- de un film. A posteriori surgirían problemas de mayor relevancia.

RECORRIDO DOS

MI REINO POR UN VHS

Hasta fines del siglo XX el Video Home System o VHS –el de la cinta- era moneda corriente en quienes iban a los videoclubes y los alquilaban. También existían los que tenían dinero suficiente para comprarlos. Si la bibliografía teórica era cara, al menos podía conseguirse. Pero encarar una investigación de cine sin ver las películas parecía un tanto alocado. Todavía hoy es admirable el dominio de la imagen  que tenían quienes debían sujetarse a lo que veían en cine porque no había otro formado. Eran, sin embargo, mucho más honestos que los maestrandos y doctorandos de la UBA en esta materia. A algunos de ellos les cuentan las películas y son tan pero tan rápidos que con eso les basta.

La elección del período no facilitaba lo que nos habíamos propuesto. Al cine argentino de 1933 a 1943, por razones cronológicas, no podíamos haberlo visto en las salas. Algunas películas de aquellos días de damas y niños es seguro que sí. Pero era un porcentaje menor. Una película tenía para la casa productora una vida útil de tres años. Luego se la perdía de vista. Y estábamos en los años 90 del siglo pasado, de manera que no se trataba de la época más propicia para recuperar material. De modo que por ahí andábamos mendigando cintas que gente más avezada había grabado de la TV. En esto Mónica Landro fue un hallazgo porque en su barrio había un canal llamado CINE ARGENTINO y buena parte del material usado llegó por esa vía.

El cuarto integrante del equipo, Raúl Horacio Campodónico, sólo aportó incertidumbre y falta de respeto por una montaña de celuloide que él despreciaba-. Hay que señalar, sin embargo, que era realmente sagaz y muy inteligente para moverse en economía y sociología. Cierta vez Jorge Bernardo Rivera me dijo que para comprender la cultura de los sectores populares hacía falta una sensibilidad que no todo el mundo poseía. Y bien: Horacio no entendía nada de los mundos de ficción que ofrecían aquellas películas. Se lo despachó a un capítulo especial dedicado a la fuerte: crisis y enfrentamiento con Estados Unidos.  Jamás reconoció haber colaborado con nosotros y, menos aún, incluir lo realizado en su curriculum. Propio de alguien que llegaban desde Filosofía y Letras.

No recuerdo en qué momento pero sí y muy bien los hechos. Fernando Peña me pidió que incluyera en el equipo a su entonces pareja, Paula Félix Didier. No tuvimos problema en admitirla ni en ir a la casa que había comprado en Villa Ortúzar. El problema residía en que ella no conocía prácticamente nada de cine argentino. Tenía en común con Campodónico el haber frecuentado Filosofía y Letras y  había abandonado una carrera por razones bastante complejas. En la balanza pesaba positivamente que ambos supieran  teoría, aunque  desconocían para aplicarla a qué. Era teoría en el vacío arrojada a un mar o a una laguna o un charco, daba igual, para rescatar un material que, y en esto no me equivoco, al menos en aquel momento despreciaban. El dinero de la familia de Paula le permitió obtener un título soberano en Estados Unidos y con ese llegó tan alto como se proponía.

De los trabajos en equipo que aquí se mencionan, éste resultó el más desquiciado. Y esto, no por el tema ni por el cine argentino de aquella época. En todo caso, se trata de errores que cometí al pensar en cierta gente y en pasar por alto un cortocircuito mayúsculo entre Mónica y Paula. A su vez Marta había adquirido un particular sentido del humor, explotando la ignorancia de los demás. Algunos han quedado en la historia Paula, por ejemplo, se asombró de un bar en el que hay hombres únicamente. Es en EL VIEJO HUCHA, cuando se estrena el tango Malena. Ante el asombro de la otra por el excluyente elemento masculino, Marta le respondió:

  • A lo mejor es un bar gay.

Por su parte, Horacio creía que los colmaos que aparecen eran una invención cinematográfica. Eso, entre muchos errores. Resultaba evidente que sus lecturas sobre el Buenos Aires de comienzos de los años 40  eran deficientes. La reacción de ambos no se hizo esperar. Paula se fue no sin antes devolver una bolsa de VHS. Y Horacio sostiene aún hoy día que lo que él escribió en el último capítulo del tomo II –también firmado por mí- resultó un acto de violencia. Sería más sencillo decir que al masacote que había preparado había que aliviarlo porque de lo contrario nadie lo leería.

Aquí viene al caso una anécdota de Mónica Landro. Cuando conoció a Clara Kriger estuvo a punto de vomitar por la cantidad de veces que Clarita había hecho uso y abuso del pronombre YO. Desconozco los motivos por los que resulta tan engorroso trabajar en equipo cuando se trata de cine. Es evidente que lo mejor resulta coordinar un trabajo y que cada uno redacte el suyo y lo firme. Esto no librará al coordinador de un ataque de histeria cada vez que revise el artículo que debe confirmar. Naturalmente, quien coordina es un genio y el resto poco menos que basura. No se entiende si no se toma por el lado de la sobrevaloración de la imagen en movimiento frente, por ejemplo, a la  menesterosa literatura. Por supuesto, la competitividad es tan grande que la gente pareciera estar escribiendo para si misma y haciéndole un favor al equipo.

MÁS PARA MENOS

Logramos reunir 283 títulos de la producción 1933-1943. Consideramos que de ninguna manera resultaba suficiente para desentrañar el relato fílmico de los comienzos del sonoro argentino. Sin embargo, hubo que resignarse. Sabíamos que las instituciones oficiales no colaboran con la imagen en movimiento sea cual fuere su soporte. Y, además, no vale la pena humillarse ante burócratas. Mónica Landro tuvo tiempo de ponerse al día con los términos habituales y no tanto de la investigación sobre cine. Luego discutiríamos hasta el cansancio si el término correcto era ESCENAS o SECUENCIAS, “PLANOS LARGOS O BREVES, LA CURIOSIDAD DEL PUNTO DE VISTA, etc. No hubo ningún problema con respecto a Michel Chion y al sonido pero sí a la música.

Era un período en el que todos cantaban y el sonido en el cine argentino continúa siendo un problema todavía hoy. En aquella época siguen imbatibles los de la SIDE de los hermanos Murúa y el uso del SIDETONE. La Sociedad Impresora de Discos Electrofónicos defendía muy bien los productos Lamarque-Ferreyra. En cuanto a la dicotomía ESCENAS-SECUENCIAS no se llegaba a ningún acuerdo de manera que hubo que imponerse abrazando a los  integrantes de la bibliografía anglosajona. El cine no es una ciencia exacta pero tiene sus reglas. Manuel Romero no es Luis Saslavsky y ninguno de los dos puede sentirse superior. Se los aprecia en su justa medida pero eso no nos salvaba de discusiones interminables. Sin embargo, hasta la llegada de Campodónico era difícil perder la paciencia.

Por lo tanto, hubo que invitarlo a que se ocupara de economía en la primera gran crisis Argentina versus Estados Unidos y en el tratamiento de esta contienda resultó sumamente eficaz. Quería redactarlo por su cuenta pero no se lo permití. Habíamos tenido un desagradable episodio cuando Mónica y Marta se atrevieron a objetar dos o tres párrafos de algo que había escrito por su cuenta. Pensaron que había perdido la razón. .

A todo esto cada uno de nosotros tenía su problema físico y sería muy largo detallarlos porque resultaría tedioso. Baste decir que nadie puso como excusa determinado malestar para permanecer ausente de las reuniones. El caso Paula Félix-Didier merecería otra explicación aunque hay límites y, sobre todo, el respeto impide ir más allá de lo que marcan los límites de lo que es un trabajo en equipo. Lástima que no se hubiera dado cuenta de que no podía seguir porque psicológicamente  estaba sin defensas y luchando contra ella misma.

Había momentos de hilaridad como el estallido de Mónica Landro y su grito de desesperación: “Todos cantan, Abel. Todos cantan”. Y sí, era un cine en el que abundaban las canciones, un cine que se eternizaba en las carteleras de las salas de ínfima categoría en el interior del país, un cine que creaba sus propias estrellas. En verdad, quienes están delante de la cámara son actores y sólo cumplen funciones. Sin embargo, invitamos a cualquiera a contemplar cómo esas funciones se llevan a cabo de manera deficiente y que tolere de igual modo una película. Para seguir con la supla Romero-Saslavsky, ambos querían actores y no meramente aficionados que ni sabían hablar. 

Se trataba de productos habitualmente despreciados por la crítica o parafraseando a Carlos Schlieper: “Empecé a hacer cine cuando daba miedo ver una película argentina”-

Pues bien, algunos de los integrantes del equipo continuaban menoscabando, no entendiendo tampoco al público que exigía esta clase de cine. Tal vez, como dijera Jorge Bernardo Rivera, les hubiera hecho falta otra clase de sensibilidad- No importa la nacionalidad, las películas son buenas, regulares y malas. O simplemente son un lapso de entretenimiento. Pero para lanzar un juicio sobre las comedias musicales de los años 30 y 40 o sobre algunas de ellas, tengo que haber visto la mayor cantidad posible y contextualizarlas. Esto, para no hablar de los romances alpinos hitlerianos. No se me caerá un testículo si veo EL CONGRESO BAILA de Erik Charell, estrenada en 1931.

Hay una serie de preguntas que responder. ¿En Buenos Aires el cine sonoro nació solamente como un negocio? ¿Qué dificultades tuvo para imponerse en el país y en el exterior? ¿Qué dicen al respecto las tradicionales historias de cine? ¿De donde provenían los  que estaban delante y detrás de las cámaras? ¿Cuáles eran las historias narradas? ¿El relato evolucionó de inmediato y copió los de otras cinematografías? Corremos a la larga lista de bibliografía sin pensar que se trata de problemas complejos. Porque esto funcionaba para la industria de países importantes de una larga tradición en el silente. En Buenos Aires, según los tradicionalistas, pareció haber sido la ocurrencia de gente que pensaba sólo en el dinero. Caemos en la cuenta de que este asunto de la plata se dio en todo país capitalista.

El intento por dar respuesta a estas preguntas supone diferentes posiciones en un equipo. Más allá de la risa o sonrisa que puedan provocar no pocos de los productos del sonoro, se hace necesario tener en cuenta la respuesta del público y de qué clase de público. Alguno de los integrantes del equipo dudaba que un Sandrini en Rosario pudiera mantenerse más de un mes y hablaba como si la noticia fuera falsa o estuviera equivocada. Ni hablar de los Lamarque-Ferreyra o de un Arias, para dar pocos ejemplos. Por consiguiente, lo mejor es reírse de estas muestras primitivas, no pensar en ellas y decidir que los que concurrían a verlas eran de veras ignorantes. Ni más ni menos que lo ocurrido con el teatro del género chico a comienzos del siglo XX. Porque, aunque algunas obritas de esta variable resultan hoy día más entretenidas. el público consumidor era el mismo.

Por consiguiente, si se desprecia o menoscaba este comienzo del cine o del teatro es mejor dedicarse al análisis de la prosa de Eduarda Mansilla, porque dentro del código escrito, el folletín era también veneno que ponía en peligro el país. Quedan los opuestos: Marcelo Peyret hace frente a Hugo Wast y la gente elige. Y el cine hizo uso de ambos. Por razones estrictamente personales Paula Félix-Didier se retiró del equipo y Raúl Horacio Campodónico comenzó a diagramar el capítulo IV del tomo II. Mientras tanto, quedaban las historias porque, créase o no, las películas casi siempre tratan sobre algo.

La mayoría de aquellos guiones están encerrados en su época y nada puede hacerlos salir a flote. Sixto Pondal Ríos y Nicolás Olivari firmaron LOS MARTES, ORQUÍDEAS y ROMANCE MUSICAL. Los norteamericanos compraron los libros de aquella dupla que fuera la que más ganara en Argentina. Hollywood no lo hizo porque fueran excelentes sino porque, remodeladas al gusto de aquel país, significaba emprender una carrera veloz al banco más próximo. Se puede hablar de logocentrismo, el reino causa-efecto, los habituales estereotipos. Se caería, no obstante, en un error si se tuvieron sólo en cuenta a los guiones. Había también algunos directores responsables y conscientes de lo que querían decir, escenógrafos, músicos,  compaginadores y todos los técnicos que todavía siguen colaborando en cualquier película- Son más jóvenes, claro.. Aquel trabajo en equipo nos enseñó, por ejemplo, a valorar la fotografía y a distinguir la calidad de sus autores, así como también las diferencias de la luz de acuerdo al género que se abordaba.

BREVÍSIMO PASEO POR BUENOS AIRES

Terminado el trabajo, vuelvo a leer, corrigiendo sobre corregido, nos dispusimos a buscar editor. EUDEBA ni siquiera respondió. En el FONDO NACIONAL DE LAS ARTES casi terminamos pidiendo limosna,  Fui a FLACSO, la Federación Latinoamericana de Ciencias Sociales, a ver a Luis Alberto Quevedo. Éste me prometió  encontrarnos  con el voluminoso Rodolfo Hermida en el INCAA. Había bandejas de masas en su escritorio y allí estábamos los cuatro autores –Campodónico es ladero de Hermida-. El resultado fue la nada.

Hablé entonces por teléfono con Domingo Arcomano, a quien conocía porque habíamos trabajado para la revista CREAR PARA LA CULTURA NACIONAL. Nos encontramos en el desaparecido Alabama de Once, un café de principios del siglo XX y allí Arcomano me aclaró que se había dedicado a hacer dinero. Le hablé del material, se lo entregué y quedó en leerlo. Poco tiempo después firmamos un contrato con El Calafate Editores S.R.L. De este contrato ni Mónica Landro ni Raúl Horacio Campodónico recibieron jamás un centavo.  Y a mí me gustaría no haber recibido ni un solo peso. La enfermedad de Marta y Domingo Arcomano lo saben-

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Con Mónica Landro decidimos tomarnos unas vacaciones y, además, ella estaba francamente cansada. Los libros se publicaron en 2005-2006 y en noviembre de 2008 Marta Speroni sufrió el ACV que la dejó paralítica del lado izquierdo. Aunque es difícil recuperarse de ciertos golpes me encontré con Mónica Landro y decidimos retomar estas investigaciones de equipo.

UN NUEVO INTENTO

Y seguimos adelante. Si se pregunta cómo no sabría qué responder  Podríamos haber llamado a una persona más. Sin embargo, debido a las dos experiencias anteriores y teniendo en cuenta el ACV de Marta, decidimos quedarnos los tres, sin ofrecer participación a nadie más. Casualmente fue ella la de la idea: si llegábamos desde literatura, ¿por qué le habíamos escapado siempre? Había, sí, varios problemas que se discutieron. Nos pareció que, salvo excepciones, cuando se preparaba un libro para cine, por una cuestión de longitud, los cuentos sufrían alteraciones considerables. Y, por otra parte, una película de largometraje contenía en si misma un universo diegético que se parecía al de la novela.

Nació de esta manera CINE Y NOVELA – IMÁGENES ARGENTINAS DEL SIGLO XX- Ahora el problema estaba en el ordenamiento del material. Encontramos una solución no del todo satisfactoria, aunque nos pareció la única plausible. El dispositivo genérico funcionó y funciona aún en el siglo XXI. Esto quiere decir que un policial sigue siendo un policial y así se lo vende. Por supuesto, existen diferencias notables en el relato pero no en la historia. Hubo algo que nos unió a los tres de inmediato: ¿por qué no comenzar por el folletín? Estoy viendo a Marta mal manejando STELLA con la enorme cantidad de personajes que le colocara César Duayén/Emma de la Barra.

Desde el principio nada fue fácil, como siempre. Podríamos habernos dedicado al cine del siglo XXI aunque, francamente, si en un comienzo hubo para elegir, a posteriori se necesitó mucho tiempo para una selección rigurosa.. Del mismo modo, no hay posibilidades de exhibición para que todo el país conozca al cine del siglo XXI. O, en todo caso, los jóvenes nos aventajan en esto de entenderse con las imágenes que salen de los celulares. Hubo cuestiones urgentes para dirimir. Por ejemplo: todo parecía melodrama si se hablaba de drama. Por consiguiente, daba igual una tanguera romeriana, que EL CRIMEN DE ORIBE o MÁS ALLÁ DEL OLVIDO o el JUAN MOREIRA de Leonardo Favio.

No se trata de menoscabar el folletín sino de ubicarlo en su lugar y deducir la preceptiva que lo rige. Es más bien fácil distinguir una comedia pero aún dentro de la comicidad hay reglas que dependen de los directores.  Y la épica había quedado para los gauchos resabiados y su lucha contra el indio. La clasificación primitiva fue dada alguna vez por ilustres próceres de las historias de cine y así había quedado. El sepulcro de los artefactos de las antiguas productoras gozaba del incienso que le prodigaban en la Facultad de Filosofía y Letras. Peor fue lo que ocurrió luego: cuando se dedicaron a ver antiguo cine argentino por esnobismo o porque era el único medio de lograr una cátedra o una carrera universitaria, la masacre fue total.

Se podía analizar LA VUELTA AL NIDO con la misma exactitud con que se lograban maravillas si se escribía sobre MUERTE EN VENECIA.  Es verdad que no pocos directores argentinos copiaron a europeos y norteamericanos, pero resultaría saludable enterarse qué es lo que copiaron y por qué lo hicieron, en el caso de aquellos `que por algún motivo resulten valiosos. Todavía hay quien ve por vez primera MÁS ALLÁ DEL OLVIDO y corre a fijarse en la fecha de estreno de VÉRTIGO. Esto estaba muy claro para nosotros pero no para quienes seguían las escuelas tradicionales. Y también españoles. Hay no pocos galaicos que suponen que el cine argentino y el mexicano son exactamente iguales.

ALGO NUEVO, ALGO VIEJO Y LO DE SIEMPRE

Recuerdo que la primera novela que compré fue A SANGRE FRÍA, para enterarme que Luis Saslavsky la había publicado luego del estreno de la película. A través de Mercado Libre nos dirigíamos a lugares desconocidos, en días inesperados y a horas turbulentas. LA MAESTRA NORMAL de Manuel Gálvez la conseguí en algún lugar de Floresta un domingo a las ocho de la mañana. El marido de Mónica insistía con el rapto, el descuartizamiento y el envío de órganos al exterior. Del mismo modo,  si había alguna imposible de conseguir, la ubicábamos entre los amigos. TIRO DE GRACIA de Sergio Mulet me fue prestada por Eduardo Romano.

Hubo sorpresas: para acabar con términos desabridos y tramposos  se eligió TRASLACIÓN para indicar que un texto literario como la novela ha pasado al cine. Puede ser discutible pero el término ADAPTACIÓN ya se había ido con el radioteatro de varias décadas del siglo pasado. Cuando se adapta habitualmente se traiciona. Esto no quiere decir que cuando se traslada se respete. Simplemente, se encuentra más cerca del objetivo: darle el mismo valor al texto literario que al cinematográfico. Y, a juzgar por los resultados, cambiar un término no significa sabiduría y fidelidad. Parodiando a Jean-Claude Carriere podría decirse que la “pulpa” de un film no va a partir de la novela elegida sino de la película en si.

Sabíamos que desde la AMALIA sonora habían pasado no pocos títulos  delante de la cámara. No voy a dar juicios de valor sino simplemente a señalar que traspusieron al cine mucho título de novelas extranjeras que, en muchos casos resultaron extrañas a pesar de las figuras vendedoras y del presupuesto. En los años 50 hay para elegir y de allí en adelante el pase de una novela argentina al cine no resultó algo esotérico. Esto no significa que el valor de los guionistas se haya acrecentado. Siguieron a la sombra de directores que, en ocasiones, eran menos que anodinos. Hay que tener en cuenta lo siguiente: nos pareció justo no elegir en base al gusto o al prestigio o al color político de un escritor. Por consiguiente, echamos mano de todo lo que encontramos y aquí convendría hacer una aclaración: entre las que nos fue imposible conseguir se halla el libro ALTO PARANÁ, LOS CASOS DE DON FRUTO GÓMEZ.

Luego vino el largo sendero de las discusiones, a veces interminables. Ocurría que aún cuando consideráramos de cierto valor a la novela, la película era un espantoso bodrio. Por lo tanto, había que dejarla de lado no sin que antes nos mostráramos los dientes. Recuerdo una en especial; SIEMPRE ES DIFÍCIL VOLVER A CASA aunque hay varias- Por fin, y para evitar rupturas, incluimos la película. Trabajar en equipo tiene también sus desventajas. Eso sí: todos estuvimos de acuerdo en que Torre Nilsson no debió haber destrozado el poema de Hernández y debió haber seguido con Beatriz Guido. Y hubo descubrimientos impensables: me interesó y mucho LA MAESTRA NORMAL como novela. Lo que hicieron con ella en cine es poco menos que una bofetada al desprevenido espectador.    

Entre los teóricos leídos fue muy útil el catalán Pere Gimferrer y su libro sobre la novela y el cine. Hay muchos textos al respecto. Lo que básicamente nos interesaba era salir de la narratología porque en Argentina, lo publicado es habitualmente superficial.. La investigación estuvo más bien orientada, casi de manera escolar, a poner sobre el tapete errores impensados. Así, LA TIERRA DEL FUEGO SE APAGA no es una novela, sino una obra de teatro. Del mismo modo, hasta el día de hoy es imposible saber, debido a los  cortes, de qué trata REPORTAJE EN EL INFIERNO. Por otra parte, que Argentina es un país de desmemoriados lo demuestra el hecho de que, en no pocas ocasiones, nadie sabe si el autor está vivo o muerto. Tal el caso de Ernesto L. Castro, autor de LOS ISLEROS. Si hay textos literarios que nunca debieron haber sido elegidos -son muchos y no voy a nombrarlos a todos-, hay valiosos escritores que debieron ser dejados en paz. Todo esto puede ser discutible, lo es, porque no hablamos de una ciencia exacta.

Pero teniendo en cuenta el último reportaje radial a David Viñas sería interesante recordar sus palabras: “Quien escribe hoy va a tener que acostumbrarse a la idea de que se dirige a un reducido grupo de lectores”. Y es verdad. Hablamos de las obras de ficción y también de las otras debido a la asfixia económica que se pasea cómodamente por Argentina. Por consiguiente, el cine podría inducir a internarse en una buena novela. No sé quien lee esto, pero quien lo escribe entró en las literaturas europeas y norteamericana gracias a las traslaciones cinematográficas  La mayoría de los profesores de literatura podrán haber visto mucho cine pero no tienen elementos para analizar las traslaciones de un medio a otro. El problema tiene ya muchos años: a partir de los años 50 del siglo pasado, las traslaciones de novelas argentinas van a plasmarse, a veces en relatos complejos: podría pensarse en LOS ISLEROS, LA CASA DEL ANGEL, BARRIO GRIS, LAS AGUAS BAJAN TUBIAS, LOS TALLOS AMARGOS, ROSAURA A LAS DIEZ..

Hablar sobre las posibilidades de edición en papel sería repetir lo que ya se dijo. Son tres tomos y los almaceneros llamados pomposamente “editores” nada querían saber con el asunto. Creo, aunque no estoy seguro, que un correo nos hizo saber del  interés de ARGUS por leer el material. Y aquí viene tía lo que quería contarle. Se veía claramente en Mónica su desagrado ante la posibilidad de publicar lo hecho por Internet. En el supuesto caso de que ella utilizara sus encantos personales, no había problemas con el papel. Sin embargo, debió haber tenido en cuenta que no gozábamos de una beca y que la longitud del trabajo no ayudaba. Cuando0 fue aceptado por la representante de ARGUS en Buenos Aires, una especie de Kapó de Nueva Pompeya, el asunto no mejoró sino al contrario. Hubo que hacer cientos de correcciones para que en la bibliografía figurara el nombre de HUMBERTO (SIC) ECO.

Y aparecieron Marlo Oscar Blanco y José Luis Visconti con sus dvd.

Jamás tuvimos el gusto de conocer personalmente a la divina dama que a mí y a Marta nos divertía. Daba la imagen de una solterona que va los domingos por la tarde al cine con la madre. El asunto empeoró cuando exigieron fotografías. Y aquí llega el nombre de la talentosa Ana Rúa, a quien yo había conocido en la ENERC y que se mostraba como una fotógrafa de primer agua. Entonces saltó Mónica y se enfrentó a la KAPÓ de ARGUS. Esta editorial publica libros en inglés, español y portugués. Por lo tanto, la idea era atractiva. No puedo hablar aquí de mis trabajos por Internet y que, para bien o para mal, fueron considerablemente leídos.

Intentamos hacerle entender que el Ebook existía y que era leído. No entiendo sus  razones. El hecho es que Mónica se enfrentó con la KAPÓ de ARGUS por ciertas correcciones y algunas fotografías. Aclaremos algo: Mónica no sabía hacer este trabajo y tal como están las ilustraciones fotográficas no son precisamente óptimas. Ana Rúa aceptó las disculpas y seguiríamos trabajando pero en otro libro.

Porque ya estábamos viendo películas recientes, es decir, desde la asunción de Alfonsín en adelante. No le habíamos puesto un año para concluir el nuevo trabajo. En líneas generales, a Mónica y también a Marta no les gustaba, con raras excepciones, el material del nuevo período. Si a Borges no le concedieron un Nobel por razones políticas, al cine argentino la Academia de Hollywood le concedería Oscars por los mismos motivos. El asunto del disgusto con respecto al material se fue agravando. Suponemos que, una vez publicado el tercer tomo de CINE Y NOVELA, IMÁGENES ARGENTINAS DEL SIGLO XX, Mónica decidió dejar el equipo. Por otra parte se había mudado y las distancias agobian. De parte de ella no hubo nunca ninguna respuesta concreta.

Recordemos aquí que era una época difícil, ya que el país se encontraba ferozmente dividido. Las bromas de Marta con respecto a los que se decían peronistas pudieron haber fatigado a Mónica, quien se convirtió al peronismo con la llegada de los Kichner, como tantos otros a quienes no molestó el golpe que derribó a María Estela Martínez de Perón. Esto no justifica  que las ironías de Marta no fueran molestas. Si es que hay diferencias serias en este terreno, conviene que surjan del trabajo que se está realizando. No me molestó descubrir en casa de Campodónico  una fotografía con Cristina Fernández del brazo de Amado Boudou. Mis diferencias con él parten de una concepción no tanto de la cultura sino de la manera en trabajar sobre ella. Como la supuesta ofendida nunca habló,  es sólo una bizarra suposición.

Quedamos Marta y yo tratando de encontrarle sentido al cine que comienza en 1982-83

Los medios, las cotorras de siempre, se aprestaban a una gran elección, aunque nadie sabía para qué. El príncipe idiota y la reina loca más todos aquellos que los rodeaban no ofrecían grandes diferencias: lo único que interesaba eran los negocios y la plata.

EL FINAL

Tal vez Marta no se dio cuenta de que Argentina no es el lugar más indicado para las bromas inconvenientes basadas en la política. Pueden hacerse pero hay que pagar las consecuencias. Otro factor importante es el siguiente: si a Mónica le había interesado el cine del siglo XX, poco tenía que ver con la mayoría de la producción del siglo XXI. No hay por qué no respetar su posición. A todo esto,  la cantidad de películas luego del menemismo fue aumentando hasta llegar a cifras alarmantes. De las dos cifras habituales y del desinterés del público por las cintas locales, durante la efímera presidencia de De la Rúa,  NUEVE REINAS, una interesante metáfora del desquicio en el que se encontraba sumida la Argentina, nos obligó a una reconsideración.

Tal desquicio no se vio reflejado de manera directa en la pantalla. Los dinerillos se hacían en aquellos años 80 con la escasa tits and ass que iba mermando cada vez más. Sin embargo, lo más agresivo, al registrar aquella época, resulta del negocio que se hacía con los desaparecidos y las fuerzas represoras y asesinas. Para colmo, la Academia de Hollywood decidió colgar un Oscar –el primero- de una película argentina: LA HISTORIA OFICIAL, un melodrama al mejor estilo Lamarque. No pocos espectadores se enteraron del golpe de 1976 gracias a su función didáctica y pedestre,  Otros disfrazaron sus intenciones recurriendo a una romántica y verídica historia entre dos jóvenes en algo llamado CAMILA. Era evidente que Estados Unidos intentaba borrar lo que había perpetrado en América Hispana gracias a premios y congratulaciones.

De aquellos años y bajo las presidencias de Alfonsín y Ménem quedaron, sin embargo, varias películas que merecen consideración: SENTIMIENTOS (MIRTA, DE LINIERS A ESTAMBUL) ilumina la noche en la que se hundieron aquellos militantes universitarios. La muy discutida TANGOS (EL EXILIO DE GARDEL)  se encontró con una recepción no esperada y varios premios en Europa. Veteranos habitantes del mundo del cine lograron la que es, tal vez, la mejor película sobre la angustia de la desaparición y la muerte. Tal lo ocurrido en UN MURO DE SILENCIO, película que tiene el valor de correr el velo de hipocresía que los argentinos urbanos sacan de vez en cuando de sus placares.

GATICA, EL MONO, a su vez, pareció indicar el ocaso de su director o un regreso a la superproducción épica sin el eco ansiado por los inversores. Fue, además, harto irritante para quienes no fueran peronistas. Se suscitaron polémicas diversas, tal como había ocurrido en  TANGOS (EL EXILIO DE GARDEL)- A  través del cruce de opiniones que se volvió virulento en ocasiones, fue posible deducir que la vieja antinomia peronismo-antiperonismo seguía vigente y gozaba de buena salud. Sin embargo, fuera del terreno donde florece la política aparecieron realizadores que se mostraron hartos de los clisés de aquel cine. Así, PIZZA, BIRRA, FASO mostró el aturdimiento de los jóvenes, la falta de rumbo, sus muertes inútiles. Lo que ocurre en la diégesis de este film continúa pasando y a nadie pareciera importarle que los jóvenes continúen siendo asesinados.

Raúl Perrone confeccionaba su cine en Ituzaingo y, aunque no era muy visto, a él parecía no importarle. En aquel Gran Buenos fue descubriendo poco a poco necesidades, afectos, ambiciones de esos casi adolescentes que habían sido ignorados. Pero si es por cuestión de edad, LA MECHA, con un maduro protagonista, es una película superior a tantas de la época y con una empatía que envuelve al espectador en el destino de un viejo que busca lo que se le ha perdido.   

De entre las películas estrenadas bajo la presidencia de Néstor Kirchner vale la pena destacar EL AURA- Su director había mostrado sin velo alguno el desastre de la Argentina 2001 en la muy exitosa NUEVE REINAS. De pronto se había vuelto serio y en EL AURA el protagonista le permite al espectador una duplicidad: ¿sueña con el hermoso paisaje sureño, ve a saltos y crímenes o todo es una pesadilla propia de su enfermedad, la epilepsia? Nada se aclara y la ambigüedad del relato coloca a la historia en un dique del que es muy difícil salir. Marta fue la primera de los dos en advertir la importancia de EL AURA, ya que la primera vez que la vimos tendió a aburrirme.

LOS SOLITARIOS QUE SE AÍSLAN

Un grupo de películas ofrece antihéroes sumergidos en un contexto al que no comprenden y, por consiguiente, se pierden y se dejan atrapar por el mismo,  momentánea o definitivamente. Al entrar en el sueño es posible que descubran qué buscan, aunque a veces es demasiado tarde. Tal el caso de EL CIELITO, EXTRAÑO, EL CONAERENSE y EL CUSTODIO.  Sería imposible analizar con algún fundamento la cantidad desproporcionada de películas estrenadas entre el 2003 y el 2013. La mayoría de ellas fue vista por un reducido grupo de espectadores que fueron a parar al cine Gaumont. Por su parte, el Instituto no prestaba atención al avance de los documentales y favorecía a las películas de ficción, sin preguntar si quienes solicitaban un crédito si eran lo suficientemente competentes.

Tanto EL ABRAZO PARTIDO como UNA NOVIA ERRANTE se permiten momentos de un tintineo que, por desgracia, está prácticamente ausente en este corpus. Al propio tiempo, varias de estas películas son presentadas como un recorrido de otro cariz –LOS MUERTOS-. Cuando el interior del país asoma –HISTORIAS MÍNIMAS- lo hace alejado de una mirada porteña.

Asimismo, no existe un relato que actúe como un denominador común. A  la impasible tranquilidad de la cámara en LA LIBERTAD se contrapone la rapidez otorgada por el montaje en EL ABRAZO PARTIDO. Marta decidió cortar aquí este verdadero catálogo de películas. Adujo que están ya analizadas en el capítulo final de este libro. Allí el lector se encontrará con una violencia insólita, varios enigmas que todavía se intenta develar, luminosos exteriores fluviales que encierran crímenes, la caída en la marginación y la delincuencia –VIL ROMANCE- para aterrizar por fin en una zona que nada tiene de sombría. Y, hasta llegan a brindar momentos regocijantes, algo que no abunda en esta producción 1982-2013. Es así como se descubren dos ejemplos singulares: LA CÁMARA OSCURA y EL ÁRBOL insólitas experiencias para un espectador al que le gusta reflexionar sobre el cine y asocia la imagen en movimiento con la poesía. Quien piense que esta presentación finaliza sin inconvenientes de este equipo de dos, se equivoca.