Crítica de La Vieja Guardia, de Gina Prince-Bythewood

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Basada en el cómic del mismo nombre de Greg Rucka y Leandro Fernández —este último un dibujante argentino—, La Vieja Guardia, estrenado el viernes por Netflix,  tiene a Charlize Theron no solo como su protagonista principal, sino como su productora ejecutiva. De hecho, esta película tiene una fuerte impronta femenina en cuanto la dirección está a cargo de Gina Prince-Bythewood, Tami Reiker está como Jefa de Fotografía, Terylin Shroshire en Edición y Lucy Bevan en Casting.

Un casting que incluye a Chiwetel Eijofor, ganador del Oscar 2014 por 12 años de esclavitud (2013),aunque hay que reconocer que aquí se encuentra totalmente desaprovechado. Y si de premios Oscar hablamos, la misma Charlize Theron lo ganó como Mejor Actriz en Monster (2004), y fue la cara visible de esa maravilla distópica que fue Mad Max: Fury Road, una secuela del Mad Max  de 1979, película que obtuvo diez nominaciones para el Oscar 2016 y que se llevó nada menos que seis.

En La Vieja Guardia —todo parece indicar que va a tener su secuela, de hecho el final está totalmente abierto en ese sentido—, se conjugan todos los elementos que resultan efectivos para este tipo de género: acción, luchas cuerpo a cuerpo, edición frenética, secuencias a pura adrenalina y, como telón de fondo, una historia fantástica: la inmortalidad de sus integrantes. Porque la vieja guardia es eso: un grupo de seres que no pueden morir —aunque sí pueden sentir dolor— que vagan por todo el planeta tratando de salvar personas y actuar en causas nobles. Si bien el precio a pagar es alto —la soledad es uno de ellos— los cuatro inmortales tratan de estar juntos más que nada por una cuestión de solidaridad que tienen entre sí para percibir que su don no es una maldición.

Andrómaca, la jefa del grupo y guerrera milenaria, digamos que acusa unos cuantos miles de años, es la que aglutina a sus miembros para actuar en diferentes casos, siempre en forma anónima ya que uno de sus puntos débiles es la visibilidad de sus propias existencias. Por eso carecen de familias, de hijos o de parejas, a excepción de dos de ellos que están juntos desde la época de las Cruzadas, porque el tiempo cronológico es inapelable para todos los que no son como ellos. No es fácil ver cómo envejecen y mueren todos sus afectos.

Claro que tal información no puede pasar desapercibida, y más en nuestra época —plagada de redes sociales— en que nada permanece oculto por mucho tiempo. Su condición de inmortales no hubiese llamado la atención en la vieja Troya de donde proviene Andrómaca de Escitia —la esposa de Héctor que aparece en La Iliada y que como vemos no es un mito sino que existió y que ahora se hace llamar Andy— más que como una descendiente de los dioses. Es cierto que en la Edad Media fue descubierta, acusada por brujería y quemada en la plaza pública en donde la vemos, a través de un poderoso flashback, como es torturada y despojada de su compañera de entonces. pero claro, en la Edad Media todo lo anormal era tildado de brujería.

En nuestro tiempo, más pragmático por cierto, sus existencias inmortales puede ser el santo grial para combatir las enfermedades terminales mediante la decodificación de sus ADN. Aquí es donde aparece Merrick, interpretado por Harry Melling, el insufrible mad doctor que aparecen en tantas películas de clase B; una especie de Lex Luthor que desea descifrar dicho código para llevarse el Nobel, y de paso hacerse millonario y poderoso, claro.

Su causa puede ser loable, aunque sus intereses son solo de índole económica —como lo es en toda industria farmacéutica de la que él forma parte— y del más puro y bizarro egocentrismo. Y como si de la fábula La gallina de los huevos de oro se tratase, no tendría ningún freno ético para destripar a cada uno de ellos para tal fin. Un fin poco probable ya que sus conejillos de indias no pueden morir, pero pasado un cierto tiempo, digamos unos cuantos miles de años, la inmortalidad parece llegar a su fin. Merrick no lo sabe, aunque llegado el caso, no creo que eso pueda importarle mucho.

La directora Gina Prince-Bythewood se adentra en el universo del comic de superhéroes como una verdadera outsider. No olvidemos que las franquicias sobre héroes y villanos están hegemonizadas por DC y Marvel, pero así y todo sale bien parada, aunque hay que reconocer que apela a todos los clichés del género. Pero lo que hace interesante este film es que uno de los motivos que quedan al margen de la acción y el desenfreno de su quinta película —Dissapering Acts (2000), Love and Basketball (2000), The Secret Life of the Bees (2008) y Beyond the Lights (2014) fueron las anteriores—, es detenerse en la subjetividad e interioridad psicológica de los personajes, en sus temores, sus dilemas existenciales, sus arrebatos de furia para con una Humanidad a la que desdeñan porque luego de siglos y siglos se dan cuenta de que nada cambia. Ya sea por poder, por dinero o por imponer sus propias ideas a fuerza de fuego y sangre, la perturbadora idiosincrasia humana se mantiene inalterable con el paso del tiempo. Y es a esta nueva existencia no buscada —nunca de devela el cómo ni el por qué de tamaño prodigio— va a tener que adaptarse una nueva integrante de este selecto grupo de cuatro inmortales, la marine Nile (Kiki Line), que luego de que le cortasen el cuello en una misión en Afganistán, renace como el Ave Fenix.

La actriz sudafricana Charlize Theron es la protagonista perfecta para este tipo de film. Las escenas de acción a la vieja usanza están hábilmente coreografiadas, y esta habilidad ya fue demostrada en la futurista Aeon Flux (2005), en el mundo distópico de Mad Max: Fury Road (2015) y en el thriller de espías ochentosos Atomic Blonde (2017). Una heroína de una belleza letal que no solo demuestra fiereza con sus enemigos sino que también transparenta su costado más frágil: su desapacible soledad, una constante que se ve reflejada en esta y en las películas nombradas anteriormente.

“Lo malo no es lo que se pierde, sino lo que se queda en el camino, esas cosas que no se olvidan”, dice en uno de sus monólogos. Y son estas facetas intimistas y de miradas reflexivas lo que hace de La Vieja Guardia no solo un entretenido producto blockbuster de Netflix sino que escarba un poco más profundo el mero estereotipo de personajes que nacen de un cómic. Y ese cuidado, no solo por el vértigo de la narración sino también por la profundidad de sus personajes, siempre es bienvenido.