Lecturas para el fin de semana: Martín Sancia Kawamichi

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Martín Sancia Kawamichi comparte algunos de sus cuentos breves en Lecturas para el fin de semana.

Olas

Una ola deja una mano huesuda y violácea, de uñas largas y negras como garras, palma arriba sobre la playa. Luego otra ola deja otra mano, también violácea, huesuda y con garras. Cada nueva ola que llega deja una nueva mano sobre la arena espejada.

De pronto, una ola gigantesca cubre la totalidad de la playa, hasta morder los médanos, y finalmente el mar, en su repliegue, se las lleva.  Se lleva todas las manos. En la costa no queda ninguna.

Todo esto acaba de ocurrir, pero, sin embargo, nadie lo ha visto; no ha habido testigos del portento. Y entonces es como si no hubiera ocurrido. Como si el mar y la playa fueran los mismos de cada día.

Es como si no hubiese nada que temer.

Ella tiembla

Le digo, en medio de una penumbra azulada y espesa, que voy a matarla. Eso le digo.

—Mirá cómo tiemblo —me responde ella, burlándose, y se pone a temblar primero en ondas, coreográficamente, como si bailara, luego tiembla de otro modo, más seco, como si tuviera miedo, y luego tiembla en exhalaciones y en espasmos, como si estuviera enferma. Sufre; basta verle la cara para tener una idea de su dolor.  Y los temblores recrudecen, continúan como un martirio, manteniendo la constancia, aumentando el frenesí, y de tanto temblar se le van desprendiendo, como arrancados, el pelo, las uñas, los dientes, los ojos, los labios, salpicando pequeñas, diminutas gotas de sangre. Ella grita. Lo único que puede hacer es eso: gritar, enloquecidamente, su padecer. Y como la brusquedad de los temblores, en vez de disminuir, va aumentando, se le desprende de a pedazos la carne de las piernas, que deja fragmentos de hueso a la vista, se le desprenden la carne de la cara, la carne de las brazos, la carne de cada parte de su cuerpo y también los músculos, los órganos, los huesos, se le desprende todo, hasta que sólo queda de ella ese temblor que insiste, ese temblor que no va a detenerse, y que ahora viene por mí.  

El rezo

Parece un simple anciano, uno de los tantos que entran los domingos por la mañana a esta pequeña panadería de la calle Saraza, famosa por sus cañoncitos rellenos de dulce de leche y sus medialunas de manteca. Parece, pero no, Adolfo Lema no es un simple anciano. Nada más lejos de eso. Desde que renunció por voluntad propia al sacerdocio, y dio por terminada su vida en la Parroquia Nuestra Señora de La Trinidad,  hace doce años, su vida ha dado un giro impensado para quienes, durante años, presenciaban sus misas. Desde que no es más sacerdote, Adolfo ha matado a treinta y nueve mujeres, todas jóvenes, y ha embalsamado a treinta y ocho para tenerlas en su casa como si fueran muñecas. Carla Britos, su última víctima, lleva cuatro horas de muerta y su cuerpo aún está sin embalsamar, boca arriba sobre el sofá del living.

Adolfo pide en el mostrador media docena de facturas: dos cañoncitos rellenos con dulce de leche, dos medialunas y dos churros. Tiene pensado desayunar abundantemente, comerse las seis facturas con dos o tres tazas de café con leche, y luego, ya con el estómago lleno, dedicarse al cuerpo de Carla.

Mientras busca en su billetera el dinero para pagar siente una puntada en la cabeza. Su billetera cae. Mira a la chica que lo está atendiendo. Le quiere pedir ayuda, pero la chica no le gusta para nada. La considera fea, y él es incapaz de pedirle ayuda a una mujer fea. La mira. Sólo la mira. Y cae antes de que pueda llegar a gritar de dolor.  

Se despierta cuarenta horas después, en la sala de cuidados intensivos del hospital Durán. Un médico le habla. Le dice que padeció un accidente cerebrovascular, que tuvieron que operarlo, que no tenga miedo. Pero él tiene miedo. Pregunta qué día es, qué hora. Piensa en Carla, que está pudriéndose sobre el sofá. Ya tiene que apestar. Los vecinos tienen que empezar a olerla.

Son horas espantosas las que siguen. Sólo piensa en lo peor: su casa llena de policías, de peritos, de periodistas y fotógrafos. Los titulares: “Hallazgo Macabro”, “La Casa del Horror”, “La Casa de la Muerte”, las declaraciones de los vecinos.

Cuando lo sedan su cabeza vuelve a estar en paz, y sueña que asesina y embalsama a estrellas de Hollywood: Sandra Bullock, Cameron Díaz, Jennifer Aniston. A Sandra la embalsama en posición de hacer abdominales y la pone en el comedor. A Cameron la deja de pie, cerca de la ventana. Y a Jennifer sentada en la mesa de la cocina, mirando hacia la heladera…

Cuando despierta han pasado otras dieciocho horas. El médico, fríamente, le dice que ha sufrido otro accidente cerebrovascular, más severo que el anterior, y él se siente derrotado. No puede hablar y la mitad derecha del cuerpo no le responde. Ya no podrá evitar nada. Pronto, en pocas horas, algún vecino alertará a la policía sobre el olor a podrido, la policía encontrará al cadáver en el sofá y encontrará también a las otras chicas, algunas sentadas en los sillones, otras haciendo gimnasia, otras rezando ante el pequeño altarcito del living, otras recostadas en el piso, todas embalsamadas, todas como muñecas… Lo llamarán El Monstruo de Parque Chacabuco. O El Embalsamador de Parque Chacabuco. O peor: El Loco de Parque Chacabuco.

El médico le habla de distinta manera, pero él no se da cuenta. No está del todo lúcido. Tiene sueño. Por eso no advierte que el médico le habla con desprecio. Ya no le da aliento, no trata de tranquilizarlo. Sólo lo mantiene al tanto de su estado. 

Antes de salir de la sala, el médico se cruza con una enfermera.

—Es la primera vez en la vida que un paciente no me importa—le dice.

—Y sí… —responde la enfermera. —Uno piensa en esas pobres chicas y qué puede sentir por semejante animal.     

Hablan en voz alta, pero Adolfo no los escucha. Ha vuelto a dormirse, con la boca abierta y torcida en una mueca que podría resultar enternecedora. Y sueña, con una nitidez endiablada, que está a salvo, tranquilo en su casa, observándola a Carla, su última chica, que ha quedado hermosa con el vestido celeste y el rosario en la mano, arrodillada ante el altar. Se pierde mirándola, y es como si soñara dentro del sueño. Los ojos de Carla suplican ante la cruz. Es una mirada bellísima que pide perdón, clemencia, amor, no para ella sino para él. Es una mirada infinita que reza por él.

Los cuentos pertenecen al volumen Este pálido mundo mío, publicado por Evaristo Editorial.

Martín Sancia Kawamichi es escritor. Actualmente, forma parte del programa de radio Kriminal Mambo y dicta talleres literarios tanto de literatura infantil como de literatura para adultos. Su novela Hotaru obtuvo el Primer Premio en el Concurso de Novela Negra BAN! – Extremo Negro 2014, y su novela Cachivaches (inédita) fue finalista del Premio Internacional de Novela Negra Córdoba Mata 2015. En abril del 2017 publicó, por Evaristo Editorial, su novela Shunga, y su obra teatral El desamor resultó ganadora del Concurso de Dramaturgia TBK 2016/2017. En abril del 2018 salió publicado su primer libro de cuentos para adultos, Este pálido mundo mío, también por Evaristo Editorial.