Lecturas para el fin de semana: María Sola

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María Sola y dos de sus cuentos en nuestras Lecturas para el fin de semana.

Tosca

A Marisa Herrera

Se escucha el crujir de las butacas, señal de un público inquieto por la espera.
Mientras sube el telón, voy acercándome lentamente a un escenario bastante despojado. Una mesa sostiene una jarra con agua y un vaso, al lado una silla.
Sosteniéndome en ella y con una pequeña tracción, separo ambas partes.

Acomodo la parte inferior en el asiento con las piernas cruzadas
y las sandalias de charol con taco.

Los músicos aguardan en silencio.

Las luces me hieren especialmente, trato de mirar y sólo diviso luciérnagas en todo el recinto.

Éstas me siguen mientras levito hacia el centro con mi vestido de gasa, ese de las noches de gala.

Los primeros acordes suenan como si rompieran el techo, trepando al cielo mismo. Irrumpe la orquesta con toda su potencia nublando mis sentidos. Se acoplan los timbales. El arpa y los violines aparecen para templar el caos y recibirme.

En ese momento, trato de acomodar la voz para ofrecer mi mejor versión de Tosca, la preferida de mi madre y de mi abuelo.

Pero la voz no sale.

Gesticulo como un mimo, moviendo las manos y la boca con desesperación, pero en el más absoluto silencio.

El apuntador; atónito, sopla un fuelle que hace ?otar mi vestido, distrayendo al público.

La música cesa y recurriendo a toda mi expresividad, levanto los brazos dramáticamente mientras intento emitir un sonido.

Nada.

Exagero el movimiento de las telas mientras desplazo la mitad del cuerpo.
Las piernas se ponen de pie y acuden a mí.

Con disimulo vuelvo a encajar ambas partes.

Las luces del teatro se encienden, veo la sala repleta. Camino sobre mis tacos y me dirijo a los músicos para que saluden. Me uno a ellos que siguen sin entender. Avanzo unos pasos hacia el público mirándolo fijamente.

El silencio, en un compás de espera me congela el alma.

Entonces sucede.

Alguien comienza con palmas y súbitamente estallan los aplausos.

La gente delira, cientos de ?ores tapizan el escenario.

Algunos dicen…

Inmediatamente supe que la unión sería indestructible.

Nunca quise atarme a nada, pero fue inevitable.

El primer encuentro me provocó un fuerte estremecimiento en todo el cuerpo.

Deslumbrada y sin saber qué hacer, hui.

Tardé en volver. Cuando lo hice, apenas podía contener mi ansiedad y mi deseo, y entonces, cedí. En esa entrega dejé fluir amor, odio, pasión, locura, junto con mis fantasmas.

Lo recibió todo y así se convirtió en lo amado.

Corría todas las mañanas a su encuentro; después, las tardes con sus noches, convirtiéndose en una obsesión.

Tuve miedo y me alejé nuevamente.

Fui un tiempo al campo, pero no podía apartar mis pensamientos de él.

El vínculo nos entrelazaba.

Esa noche, al regresar, entré a la habitación con la luz apagada, me recibió su perfume. Me desnudé, me acerqué y lo toqué, estaba húmedo.

Ya no nos separaríamos jamás.

Encendí la lámpara, me paré frente a él, lo observé y con gesto decidido tomé la paleta mezclando los óleos hasta formar el color que faltaba.

Se lo apliqué exactamente donde lo estaba esperando.

Un rojo escarlata manó de ese torso desnudo.

Nadie pudo explicar la desaparición del cuadro y su autora de la sala de exposiciones.

Algunos dicen que por las cercanías, a la madrugada, una pareja desnuda corre por las calles, algunos dicen que son dos locos, algunos dicen que son dos muertos.

Algunos dicen…

María Sola es pintora y escritora. Asistió al taller de Antonio Di Benedetto y al de Alberto Laiseca, a quien le dedica su libro Mujer deshabitada. Como pintora, comenzó a dibujar a partir de un libro de Macedonio Fernández y se formó en talleres de conocidos artistas plásticos. Obtuvo 37 premios nacionales, provinciales e internacionales.