Día del Escritor y de la Escritora

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Hoy es el Día del Escritor y de la Escritora, y además, es el aniversario de los nacimientos de William Butler Yeats (1865-1939), Leopoldo Lugones (1874-1938), Fernando Pessoa (1888-1935) y Augusto Roa Bastos (1917-2005).

Precisamente, en la Argentina, este día se celebra porque el 13 de junio de 1874, nació el poeta, ensayista, periodista y político Leopoldo Lugones. Luego de su suicidio y en su memoria, la SADE estableció el Día del Escritor.

Compartimos fragmentos de los cuatro autores que hoy cumplirían años.

La blanca soledad, Leopoldo Lugones

Bajo la calma del sueño,
Calma lunar de luminosa seda,
La noche
Como si fuera
El blanco cuerpo del silencio,
Dulcemente en la inmensidad se acuesta
Y desata
Su cabellera,
En prodigioso follaje
De alamedas.

Nada vive sino el ojo
Del reloj en la torre tétrica,
Profundizando inútilmente el infinito
Como un agujero abierto en la arena.
El infinito,
Rodado por las ruedas
De los relojes,
Como un carro que nunca llega.

La luna cava un blanco abismo
De quietud, en cuya cuenca
Las cosas son cadáveres
y las sombras viven como ideas,
y uno se pasma de lo próxima
Que está la muerte en la blancura aquella,
De lo bello que es el mundo
Poseído por la antigüedad de la luna llena.
Y el ansia tristísima de ser amado,
En el corazón doloroso tiembla.

Hay una ciudad en el aire,
Una ciudad casi invisible suspensa,
Cuyos vagos perfiles
Sobre la clara noche transparentan.
Como las rayas de agua en un pliego,
Su cristalización poliédrica.
Una ciudad tan lejana,
Que angustia con su absurda presencia.

¿Es una ciudad o un buque
En el que fuésemos abandonando la tierra.
Callados y felices,
y con tal pureza,
Que sólo nuestras almas
En la blancura plenilunar vivieran?

Y de pronto cruza un vago
Estremecimiento por la luz serena.
Las líneas se desvanecen,
La inmensidad cambiase en blanca piedra,
y sólo permanece en la noche aciaga
La certidumbre de tu ausencia.

Allá en los jardines de Salley, William Butler Yeats

Allá en los jardines de Salley mi amor y yo nos encontramos;
Pasó por los jardines de Salley con pies pequeños, blancos como nieve.
Me dijo que me tomase el amor con naturalidad, como las hojas que crecen en el árbol;
Pero yo, siendo joven y tonto, no estuve de acuerdo con ella.

En un prado junto al río mi amor y yo nos encontrábamos,
Y en mi hombro inclinado ella apoyó su mano, blanca como nieve.
Me dijo que me tomase la vida con naturalidad, como la yerba crece en las presas;
Pero yo era joven y tonto, y ahora estoy lleno de lágrimas.

Cuando estés vieja, William Butler Yeats

Cuando estés vieja y gris y soñolienta,
Y cabeceando junto al fuego, tomes este libro,
Y leas lentamente, y sueñes con la mirada suave
Que tus ojos un día tuvieron, y con sus profundas sombras;

Cuántos amaron tus momentos de alegre gracia,
Y amaron tu belleza con amor falso o verdadero,
Pero un hombre amó el alma peregrina dentro de ti,
Y amó los dolores de tu rostro que cambiaba;

E inclinándote junto al resplandor de los leños,
Murmures, un poco triste, cómo huyó el Amor
Y se fue por sobre las montañas
Y escondió su rostro entre una multitud de estrellas.

Libro del desasosiego, Fernando Pessoa (escrito bajo el heterónimo de Bernardo Soares)

Todo se me evapora. Mi vida entera, mis recuerdos, mi imaginación y lo que contiene, mi personalidad, todo se me evapora. Continuamente siento que he sido otro, que he sentido otro, que he pensado otro. Aquello a lo que asisto es un espectáculo con otro escenario. Y aquello a lo que asisto soy yo.

Encuentro a veces, en la confusión vacía de mis gavetas literarias, papeles escritos por mí hace diez años, hace quince años, hace quizá más años. Y muchos de ellos me parecen de un extraño; me desreconozco en ellos. Hubo quien los escribió, y fui yo. Los sentí yo, pero fue como en otra vida, de la que hubiese despertado como de un sueño ajeno.

Es frecuente que encuentre cosas escritas por mí cuando todavía era muy joven, fragmentos de los diecisiete años, fragmentos de los veinte años. Y algunos tienen un poder de expresión que no recuerdo poder haber tenido en aquel tiempo de mi vida. Hay en ciertas frases, en varios períodos, de cosas escritas a pocos pasos de mi adolescencia, que me parecen producto de tal cual soy ahora, educado por años y por cosas. Reconozco que no soy el mismo que era. Y, habiendo sentido que me encuentro hoy en un progreso grande de lo que he sido, pregunto dónde está el progreso si entonces era el mismo que soy ahora.

Hay en esto un misterio que me desvirtúa y me oprime.

Hace unos días sufrí una impresión espantosa con un breve escrito de mi pasado. Recuerdo perfectamente que mi escrúpulo, por lo menos relativo, por el lenguaje data de hace pocos años. Encontré en una gaveta un escrito mío, mucho más antiguo, en que ese mismo escrúpulo estaba fuertemente acentuado. No me comprendí en el pasado positivamente. ¿Cómo he avanzado hacia lo que ya era? ¿Cómo me he conocido hoy lo que me desconocí ayer? Y todo se me confunde en un laberinto donde, conmigo, me extravío de mí.

Devaneo con el pensamiento, y estoy seguro de que esto que escribo ya lo he escrito. Lo recuerdo. Y pregunto al que en mí presume de ser si no habrá en el platonismo de las sensaciones otra anamnesis más inclinada, otro recuerdo de una vida anterior que apenas sea de esta vida…

Dios mío, Dios mío, ¿a quién asisto? ¿Cuántos soy? ¿Quién es yo? ¿Qué es este intervalo que hay entre mí y mí?

Vigilia del almirante, Augusto Roa Bastos

La Estrella Polar se oculta tras la bruma. No aparece en el limbo del astrolabio. Escondida en la trituración nebulosa que empareja el alba con la noche, no me deja tomar la altura. No la contemplaré más. En este punto del hemisferio, la Polar no deja ver ya su luz astral. Otras constelaciones la han reemplazado. Sólo muestra una mancha vagamente luminosa entre la alidada y las tablillas de cobre de las pínulas. La nebulosa de Andrómeda me hace un guiño furtivo. Ah si tuviera con ella una hija le pondría su nombre sobre la pila bautismal. La irritable y hermosa Casiopea de ojos verdosos y rubia cabellera me vuelve la espalda de dibujo perfecto, la comba de sus mórbidas nalgas, su perfil de medalla. En otro tiempo coqueteaba conmigo. Allá ella.

Solo siento nostalgia de la Estrella Polar. La «tramontana» no es el punto refulgente sobre el Ártico en torno al cual gira el eje del cielo, como se cree. La Polar tiene su propio eje y vive en su propio cielo. Y cuando sale de su casa cierra todas sus puertas. En parte alguna del mundo la noche y el día son exactamente iguales. Para mí, en todo tiempo y lugar, la noche es más inmensa que el día. La parte en sombras del cosmos es la medianoche primordial. Se agranda sin pausa a medida que el universo se expande. El pensamiento no puede recorrerlo en toda su extensión porque el universo no tiene extensión. Es infinitísimo. Solo Dios puede rodearlo con sus brazos puesto que fue Él quien lo creó.

En mis tiempos de grumete, espiaba la aparición de la Estrella Polar sobre el horizonte. La contemplaba a través de un agujero hecho en mi gorro de hule por el defecto de un ojo que se me dañó y cambió de color a raíz de un lance de corsarios en Túnez. En el último cuarto de la noche, cuando la aurora comienza a ahuyentar los astros y la luz diurna barre las luminarias nocturnas, ella sube más alto aún, hasta 15° sobre el horizonte. Íngrima y sola, reina soberana del alba, antes de dar su lugar a Venus, la de los brazos quebrados y sexo resplandeciente, ornado de vello galáctico.

Con el gorro sobre la cara la contemplaba por el agujero y notaba que había cambiado de lugar, que estaba aún más hermosa. Siempre por encima del horizonte. Su brillo matutino tiene el color azulado del hielo. Me sentía lleno de adoración por ellas. Me llamaban el «estrellero loco». Y la verdad es que sigo siendo un lunático de las estrellas y llegaré sin duda a ser un cuerdo estrellado. No alcanzaré sin embargo a ser sepultado bajo la Cruz del Sur con el epitafio elegido por mí: «Está aquí el peregrino. / Equivocó el camino…».

Hay miles y miles de millones de estrellas en el cielo de la noche. Algo quieren decir, algo dicen, en un lenguaje desconocido e indescifrable. Es el libro más inmenso que se ha escrito desde la creación. Es el libro verdaderamente sagrado pues lo escribió el mismo Dios. Las palabras de las estrellas están claramente impresas en el firmamento. Acaso mi nombre está escrito en una constelación invisible todavía. Alguna vez levantaré la vista y leeré la palabra.