Villa Borghese, un recuerdo romano de Willem de Kooning en el Museo Guggenheim de Bilbao

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Son pocos los museos en el mundo que, en una misma sala, tienen obras de, por ejemplo, Mark Rothko, Yves Klein y Willem de Kooning. Ese es el caso del Museo Guggenheim de Bilbao. 

Una de las obras maestras del museo es el Villa Borghese (1960) del holandés Willem de Kooning. Este óleo sobre lienzo (203 x 178 cm) que forma parte de la colección permanente contiene trazos muy amplios de colores vivos que transmiten una sensación de naturaleza y extraña tranquilidad.

Si uno se fija bien en la superficie de la pintura se notan esos trazos amplios acompañados de salpicaduras a su alrededor. De este modo, el artista deja ver que a las capas de pinturas que aplicaba nerviosamente no las dejaba secar, y eso lleva a una cierta mezcla e invasión de los colores. Estos detalles comunican el vértigo y la rapidez de la obra, el poco tiempo que le llevó realizarla: mucha acción y pinceladas vigorosas. 

Villa Borghese, el título de la obra, es importante porque nos contextualiza en el género del abstractismo y nos sitúa en una geografía particular. El Villa Borghese es uno de los parques más grande de Roma donde de Kooning pasó varios meses antes de volver a New York, pero no fue ahí, en Roma, donde pintó la obra.

A partir del título es posible intuir que los colores de la pintura representan algo del mundo físico, algo del mundo exterior, de la vida romana de mediados del siglo XX. Está el azul del agua y el cielo; el amarillo del sol y la luz mediterránea; el verde del pasto y los árboles. El artista ha dicho que la selección de los colores estaba destinada a representar un tipo de “luz de la naturaleza”.

Esos colores son los que recuerda de Kooning de su estadía italiana ya que el artista no pintó la obra in situ, como mencionamos, sino que fue realizada cuando regresó a la Gran Manzana. Así, la obra responde más a una recuerdo y una traducción de memorias que a una representación paisajística fiel de la Città eterna.

Es al finalizar la Segunda Guerra Mundial que el nuevo centro económico y cultural del mundo, Nueva York, cobija a buena parte de la vanguardia artística internacional. Allí comienza a cocinarse lo que se denominó Expresionismo Abstracto, donde el interés residía en acceder a las emociones y procesos no conscientes de los espectadores. Es en ese contexto que Willem de Kooning (1904-1997) acude a las sensaciones y percepciones del mundo exterior como fuente de inspiración para las pinturas abstractas e introspectivas de su periodo expresionista.

Este artista, nacido en Rotterdam, exploró formas humanas haciendo foco en colores fuertes, aplicando la pintura de forma agresiva y experimentando con las geometrías. Por ello, fue duramente criticado cuando se alejó del registro abstracto que expresaba estados interiores y psicológicos, para buscar la inspiración en el mundo exterior.

Posteriormente a su estadio abstracto, apeló al paisaje más que nada en dos entornos particulares: el centro de la isla de Manhattan y el inmenso Océano Atlántico. 

Recorrer algún sendero, en algún lugar, y sentir una parte, una parte de la naturaleza, como una valla, algo en el camino. Y me siento eufórico al volver a mirarlo, al volver a ver que el cielo es azul y la hierba es.“; declaró de Kooning en referencia a esa pintura.