Cine.ar: Crítica de Gauchito Gil, de Fernando Del Castillo

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Entre los años 1865 y 1870 se desata la Guerra de la Triple Alianza, enfrentamiento militar en donde las naciones de Argentina, Brasil y Uruguay masacraron al país hermano Paraguay. La ópera prima de Fernando Del Castillo inicia introduciéndonos esta información, para ubicarnos en tiempo y espacio y delimitar las coordenadas geográficas (en tierras correntinas, principalmente) donde transcurrirá esta nueva versión de los últimos días de vida del gaucho Antonio Plutarco Cruz Mamerto Gil Núñez.

Gauchito Gil es primordialmente un western criollo que pretende vanagloriar al gauchito Gil como figura moral contenedora de toda la nobleza popular, rural y correntina. Estamos ante un relato clásico, con antagonismos marcados y una representación simbólica, elaborada a través de recursos suficientemente explícitos como flashbacks, secuencias oníricas y alucinaciones en primera persona, de un conflicto interno y privativo de la figura eternizable de Antonio Gil. Pronto descubrimos que dentro suyo subyacen miedos reprimidos y saldos pendientes, y si hay algo que lamentamos como espectadores es que no se profundice un tanto más en estos aspectos dramáticos. La película, en cambio, procura mostrarnos el lado más humano de esta personalidad tan célebre que alguna vez existió, narrándonos la historia de una fuga: luego de rescatar a sus fieles compañeros gauchos apresados a manos del infame Coronel Salazar (Claudio Da Passano), Gil decide convertirse en prófugo antes de tener que unirse a las líneas del Partido Liberal, harto de los desagravios y de la muerte que la guerra arrastró consigo, pero a la vez preso de su germen revolucionario.

Se trata de un relato de personajes delineados y contorneados de manera un tanto burda y arquetípica, aunque esto último sea una decisión deliberada; y si bien funciona acorde al tono global que adquiere el relato, esta arquitectura narrativa se torna problemática y, en cierta medida, contraproducente en pos de las reminiscencias directas (a modo de homenaje) de una identidad cuasi-religiosa que hoy en día es símbolo y divinidad. Un gauchito Gil al que se alude desde el principio de la película, por medio del título y de intervenciones textuales, y que es alegoría revolucionaria y emancipadora de los sectores populares. Una figura que carga, por decirlo de algún modo, con demasiado peso simbólico. Por eso, el mayor problema está en que, si la intención implícita es capturar el valor místico y suprasensible del gauchito Gil como entidad reverencial y salvadora, pero al mismo tiempo descollante de la más pura humanidad, el relato se autocondena de entrada a cierta reducción del mito en la personificación de un héroe clásico un tanto estereotipado, extremadamente noble y bondadoso (aunque conflictuado), enfrentado a personajes decididamente malvados e inclaudicables. Este contraste tan marcado entre héroes y villanos, tan propio de los relatos épicos clásicos, achata en cierta medida la plegaria de la libertad que Del Castillo nos quiere ofrecer, le arrebata cierto poder simbólico a su historia. Los antagonistas (Salazar y Quintana, el coronel y su subordinado, éste último interpretado por Santiago Vicchi) no son mucho más que seres aborrecibles, que carecen de cinismo y astucia y se muestran torpes y predecibles, rasgos extremos que por momentos hacen tambalear la construcción de la verosimilitud; en una ambientación de época que, por otro lado, está realmente muy bien lograda.

Gauchito Gil es la historia de una huida hacia la deriva, de un peregrinaje idílico en manos de un gauchito desafiante y valeroso, moralmente perfecto, que considera que “ser desertor no es ser un cobarde”. Vale decir que al film de Fernando Del Castillo lo acompaña, como decíamos, una correcta ambientación de época y un formidable diseño de vestuario y de fotografía. Roberto Vallejos, en la piel del eterno gauchito de rojizo atuendo, encarna a su personaje de manera convincente y efectiva, y por eso mismo el conflicto central, a pesar de la rigidez que se advierte en los esquemas y los elementos que conforman la trama, se consolida y funciona, en términos estructurales.

Lo cierto es que cuando la película se arriesga a integrar sus dosis de espiritualidad y misticismo a la travesía western del gauchito Gil, con la presencia insoslayable de la chamana y su esotérica sabiduría, se logran momentos de mayor plenitud y apogeo. Al menos queda más esclarecida la intencionalidad primera del director, que es enaltecer a la figura del gauchito como objeto de devoción popular, y reconocer su realidad extraordinaria y suprema, que va más allá de lo humano y de lo terrenal, que trasciende un mero enfrentamiento entre un endemoniado coronel y un desertor clandestino predestinado a un fatídico destino.

Sin embargo, en términos globales, Fernando Del Castillo se ahorra grandilocuencia en pos de exponer una representación más humana de Antonio Gil, un amigable, noble y buen amante gaucho, que se encuentra contrariado internamente, producto de la devastación bélica. Los cimientos narrativos de Gauchito Gil se resquebrajan al ser sostenidos por un conflicto predecible y regido por un esquema actancial un tanto superfluo que, por esto mismo, va en detrimento del enaltecimiento del mito popular, y lo simplifica en un relato lineal de escasas aristas. No está mal pensar en el gauchito Gil como un épico western clásico de tinte regional, pero en la intención por extremar los elementos y personajes que forman parte del relato (buenos muy buenos versus malos muy malos) y en el fuerte arraigo que, de todas formas, se sostiene con el gauchito Gil en tanto visión espiritual y suprahumana del mito, se debilita la verosimilitud y la fuerza narrativa de la trama.

En la película, por tanto, hay aspectos que funcionan y otros que no. Sin embargo, está latente la idea de un periplo eterno y sin retorno, apasionante, que desemboca en la inmortalización de una figura sagrada que luchaba en pos de una noble causa revolucionaria, y en contra del orden preestablecido. Que nos sirva esta película, aún en sus irregularidades, para pensar en un lado más humano de esta figura reverencial ineludible que es el gauchito Gil.

Gauchito Gil se puede ver en Cine.ar y Cine.ar Play, por alquiler, a un valor de $30.