Pasión por vender, o los avatares de Pinocho

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El lenguaje es “un conjunto de chillidos y gruñidos”, nos dice Chesterton. Uno de esos conjuntos me llamó la atención: “Pasión por la venta”, slogan que he leído en carteles de venta de bienes inmuebles y que interpreto vinculándolo con dos versiones de Pinocho para mostrar la importancia de las creencias sociales en el funcionamiento de nuestra sociedad en perspectiva histórica y en nuestra época. Por otra parte, las ficciones (que organizan estas líneas) establecen una compleja tensión entre lo creado, lo simulado y lo real, tensión que expone con especial claridad el fenómeno abordado al llevar las cosas a un extremo que permite verlo como el negro sobre un fondo blanco. Estas características de la ficción la sitúan como un medio significativo de reflexión.

Los dos relatos indagados nos permiten leer contrastivamente creencias disímiles; se trata del primer “Pinocho”, de Carlo Collodi, y “Pinocho el astuto”, de Gianni Rodari. Ambas expresan y pertenecen a dos contextos distintos; el primero es publicado en 1887, en tanto que el de Rodari aparece en 1974, ambas en Italia. Es muy conocido que Pinocho miente y cada vez que lo hace crece su nariz de madera. Aunque coincidentes en esta matriz básica, ambos son muy diferentes.

En el relato del siglo XIX su “padre”, Gepetto, es un excelente carpintero, un hacedor de objetos bellos y útiles, el mismo oficio de Jesus, un aprendiz de carpintero que según el relato cristiano murió para que hubiera un mundo mejor. Su padre José fue carpintero como Gepetto, trabajadores que producen  objetos materiales y su simbolismo: los objetos valen por su uso y no para generar cuantiosas ganancias.

En la versión de Collodi leemos que un hada advierte a Pinocho que para ser un niño de verdad deberá demostrar que es generoso, obediente y sincero. Sin embargo, él es travieso, mentiroso y algo insensato, y vive una serie de extraordinarias aventuras donde tendrá que escoger entre el bien y el mal. Pero, en el fondo, Pinocho es valiente, tiene buen corazón y, finalmente, se dará cuenta de sus errores y salvará a Gepetto con amor como se pone en evidencia cuando se reencuentran:

“-Pinocho, ¿eres tu, Pinocho?- gritaba Gepetto.

-¡Es mi padre! Papá, aquí, soy yo. ¡Estoy aquí!”

Por fin pudieron volver a abrazarse padre e hijo después de tanto tiempo, y ya libres el relato culmina con ellos juntos y felices, y con un Pinocho honesto para siempre. En este relato la mentira configura sentidos distintos; por una parte, justificación de las travesuras de un niño para no ir a la escuela; y por la otra, una moraleja que condena la mentira y proclama el valor del trabajo. 

En el cuento de la segunda mitad del siglo XX, de Rodari, el muñeco no fue hecho por ningún carpintero, se hizo solo y usufructuó económicamente el crecimiento de su nariz por cada mentira acumulando así mucha madera que luego vendía; mintiendo se volvió rico. Llegó a tener en su empresa “tres mil quinientos obreros y cuatrocientos veinte contables haciendo la cuentas” y, detalle muy importante, contrató una persona para que se abocara exclusivamente a inventar mentiras y de ese modo él podía dedicarse a controlar sus ganancias. Este muñeco- hombre que “se hace solo” es el modelo de sujeto del desarrollo capitalista que todo lo vuelve mercancía y para ello necesita imprescindiblemente disolver la creencia en la comunidad y exaltar al individuo libre compitiendo en el mercado darwinismo social mediante. En este sentido y ya en el siglo XX, el neoliberalismo considera al hombre como si sólo fuera un agente racional que sigue un comportamiento maximizador sin sentimientos ni valores morales, que ignora las relaciones con el medio ambiente y se olvida de que dependemos de él. Por otro lado separa lo público de lo privado y lo individual de lo colectivo, como si esta separación fuese real y beneficiosa.

Aunque disímiles en sus teorías socio- económicas, Smith y Marx sostienen que el protagonista y el fin de la economía es el ser humano, es decir, debe estar al servicio del individuo y de la comunidad, entendiendo al hombre como un ser que siente y cuyo objetivo no es, principalmente, la mejora material sino su vinculación con él mismo, con los demás y con la naturaleza.

En el capitalismo de nuestros días la conversión de todo en mercancía produciría en algunos (¿o muchos?)  pasión por ella. La consigna “Pasión por la venta” que inicia esta nota es una auténtica y desembozada apología de la mercancía y una paradoja semántica en tanto “pasión” proviene del latín passio, y este del verbo pati- patior, que significa sufrir, padecer, tolerar; expresando nuestras emociones o sentimientos desordenados, e implica deseos sexuales. A diferencia de la acción y de la reflexión, la pasión no depende de la voluntad ni de la libre elección, es una afección que experimenta el individuo y de la que no puede sustraerse fácilmente. Pero no tiene la misma entidad la pasión amorosa entre dos personas, o la pasión por el arte, la investigación o la amistad, que la “pasión” por el dinero; aun más, es muy difícil sostener que esta última lo sea, sino que es una obsesión que sí puede derivarse, según Lacan, de las auténticas pasiones: amor, odio, ignorancia. Sea obsesión o derivación erótica de una pasión, la veneración del ídolo dinero constituye una creencia sustancial, una visión del mundo.

La astucia y la mentira son, entre otras, armas relevantes de quienes poseen grandes fortunas y se convirtieron en dueños del mundo para lo que necesitan reforzar la adhesión al valor “mercado libre”, aparato propagandístico mediante. Precisamente, según he señalado, en el Pinocho de Rodary la mentira del muñeco- hombre ya no es una travesura, el engaño tiene el único propósito de ganar mucho dinero.  En el terreno de las creencias la acumulación de riqueza es un fetiche, es decir la veneración de algo convertido en “ídolo” en el sentido mítico antiguo, y Marx, en El Capital, se ha ocupado detalladamente del fetichismo de la mercancía. Este Pinocho del siglo XX todavía mantiene algo de falso pudor e hipocresía, y cierto grado de cinismo, pero no aparece el cinismo desembozado de nuestros días.

Sabemos que cínico es quien actúa falsamente o con desvergüenza descarada. En este sentido, Peter Sloterdijk- en Crítica de la razón cínica– sostiene que en el plano ideológico de la actualidad predomina lo cínico; el sujeto cínico es consciente de la diferencia entre la realidad social y la máscara o lente ideológico, pero interviene en tal realidad con esa máscara porque es funcional a su interés egoista. “Ellos saben muy bien lo que hacen, pero aun así lo hacen”, nos dice Sloterdijk evitando de este modo la idea ingenua y simplificadora de que “ellos no lo saben, por eso lo hacen” y entonces se trataría de correr los velos o máscaras que encubren las prácticas sociales para mostrar la verdad de lo que efectivamente sucedería.

El Pinocho astuto es el poderoso millonario que le propone a su calificado empleado inventor de mentiras que no ponga límites a sus invenciones porque aunque falsas sabe que son manipulaciones eficaces: “Diga que ha ido al polo norte, ha hecho un agujero y ha salido en el polo sur”; “diga que el Monte Blanco es su tío”.

El mismo Sloterdijk distingue claramente este discurso y esta conducta cínica propia de  los poderosos y sus voceros, de aquella de los sectores populares, de los plebeyos que se oponen a la cultura oficial mediante la ironía y el sarcasmo con el propósito de ridiculizarla, exponiendo así sus intereses mezquinos. Mediante esta actitud denominada “kinismo”, cuando se les pide a los trabajadores mayores esfuerzos se ha de responder poniendo de manifiesto las ganancias personales, de grupos, de empresas. Precisamente, el Pinocho del siglo XX está entretejido con ironía y sarcasmo.

Para muchas (probablemente la mayoría) de las personas que habitan en nuestro mundo hiperconsumista y muy desigual tener dinero ahorrado está asociado a la sensación de algún bienestar y/o de seguridad. Pero otro es el caso de los multimillonarios que como el Pinocho de Rodari entregan migajas a sus subordinados preferidos para que estos hagan más carteles sobre la pasión por la venta, es decir “amor” por el objeto y no hacia otras personas.

Lo que ha cambiado respecto del capitalismo hasta mediados del siglo XX es que la hipocresía, la necesidad de mentir, está siendo reemplazada por un cinismo desafiante, por supuesto acompañado con alguna dosis de hipocresía. ¿Debemos esperar nuevos carteles cínicos?: “Pasión por vender operaciones de vesícula”, “Pasión por vender extracciones de dientes”, “Pasión por vender churrascos de paleta”. Ya sabemos que en algunas ciudades de EEUU hubo jaurías de gente armada en contra de toda cuarentena por el Covid 19 que impida detener la libertad del mercado. Ignoro si llevaban carteles con la consigna “Pasión por el dinero”, pero esta pseudo- pasión está implícita, es una creencia fuerte.

Ambos Pinochos participan en la disputa por las creencias, las que no son un estado puramente mental sino que se materializan en nuestras prácticas sociales; ellas sostienen las fantasías que regulan la “realidad social”, que resulta en última instancia de la interacción entre posición social y construcción ética.

El Pinocho del siglo XIX se burla, sufre, sonríe, y dice cosas que muchos chicos afirman: “Yo te digo que no me gusta estudiar, y que mejor quiero entretenerme en cazar mariposas y subirme a los árboles a coger nidos de pájaros”, tiene buenos y malos sentimientos; está cerca nuestro, puede ser uno mismo, un vecino o un familiar. Tocamos su cuerpo y su espíritu. Por eso en el epílogo del cuento al mirarse en un espejo Pinocho ve que no es más un muñeco sino un muchachito “con aire alegre y festivo”. Y su padre maese Gepetto le dice que “cuando los muchachos se convierten de malos a buenos tienen la virtud de dar un aspecto nuevo y mejor a su familia y a todo lo que lo rodea”. Más allá del esquema moral bueno- malo (propio del género fábula), en nuestro mundo existen el bien y el mal en tanto la ética es fundamento de las conductas de los miembros de una sociedad.

El otro Pinocho no sufre, nada le duele, no se alegra, es de madera, solo se dedica a acumular dinero. Y cuando el pueblo orgulloso de su empresario le pide que haga algo por y para todos, el hombre de madera promete regalar “un banquito para los jardines públicos donde se sienten los trabadores viejos cuando están cansados”. Ofrece cinismo. Quizás la diferencia más importante entre ambas versiones consista en que la fábula de Collodi incluye lo productivo, el hacer, y  así lo transformador; en tanto que la de Rodari es mítica, esto es, conservadora pues el mito fundamenta como natural lo que es intención política, como eterno lo que es contingente. Respecto de la primera ya se ha expuesto que es un carpintero quien produce al muñeco. En la segunda el objeto ya está hecho, no hay relación de producción sino que estamos frente a un lenguaje que dice cómo actúa Pinocho para ganar dinero contratando obreros que permanentemente cortan madera de su nariz, es una descripción de la acción de esos innominados obreros que luego también harán objetos vendibles; la “acción” del protagonista es ganar dinero controlando lo que otros producen; se trata de la acción de consagrar al capitalismo financiero y naturalizar la explotación y otras formas de dominación.

Un futuro que evite la consigna cínica “pasión por la venta” reclama una economía y una cultura integrantes y no disociantes al servicio de las personas, una orientación contraria a la presente que produce desintegración y violencia. ¿Qué carteles queremos ver y qué queremos hacer para tal propósito? ¿Cuál es nuestro deseo? En Collodi y Rodary hay deseo de belleza y amor, Rodary agrega irónicamente su deseo de justicia social.  

Rubén Padlubne es Profesor e investigador universitario en Análisis del Discurso y Epistemología. Co- autor y Coordinador de libros de ensayos breves, Manuales universitarios, y dos libros de cuentos. Entre ellos Ficciones posibles (ensayos), de Ed. Biblos, y Cuentos de la papelera (ficción), de
Ed.Colihue. También incursionó en el periodismo mediante notas color en El Porteño, Sur, etc.
Continua escribiendo relatos ficcionales breves y artículos de opinión y reflexión social a partir
de textos literarios de autores reconocidos.