Raffaello: una muestra que reabre con la desescalada en Roma.

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   Desde Roma, en exclusivo para Leedor.com 

Las obras maestras de Raffaello procedentes de los mas importantes museos de todo el mundo saldrán mañana del letargo obligado a las que fueron sometidas durante tres meses, custodiadas en la penumbra de las salas de las Escuderias del Palacio del Quirinale, antigua residencia de los Papas cuando eran reyes de Roma.

   La muestra homenaje al “divino Raffaello” -como lo llamaron sus contemporáneos-  a 500 años de su muerte había sido inaugurada el 5 de marzo y cerrada dos días después a causa de la pandemia que azotó a Italia primero y el resto del mundo después.

    Un evento inimaginable, sobre todo para los organizadores y para los museos que prestaron excepcionalmente sus obras por un periodo de tres meses, el tiempo que estaba previsto para la clausura de la muestra.

Esta foto fue tomada en marzo en la inauguracion de la muestra, antes de la cuarentena en Italia

   Fueron muy laboriosas las negociaciones con los museos de todo el mundo, con la Galleria degli Uffizzi de Florencia en primer lugar que prestó algunas de las mas importantes, pero también el Louvre, el Museo del Prado, la National Gallery de Londres, el Ashmolean de Oxford y la colección de dibujos y aguafuertes de la corona británica.

  Podemos sólo imaginar el impacto sufrido por tan prestigiosas instituciones que tuvieron que aceptar que las preciosas obras permanecieran “confinadas” en Roma a la espera del fin de la emergencia, sometidas eso sí a los cuidados de un equipo técnico que las mantuvo en penumbra y controló la temperatura y la humedad de las salas día por día.

   Las negociaciones con los museos prosiguieron durante todo el periodo de clausura, y finalmente los directivos de las Escuderias obtuvieron un plazo suplementario de otros tres meses, hasta el 30 de agosto para la exhibición de las obras.

   La reapertura de la muestra de Raffaello reviste sin duda una nueva importancia y un gran sentido simbólico para Roma y Florencia, una suerte de renacimiento tras el período funesto de enfermedad y muerte que hizo temblar hasta los muros vaticanos. 

   La palabra que se escucha con mayor frecuencia estos días es “cautela” y serán mas que cautelosos los generalmente gentiles guías y personal de las Escuderias que dejarán entrar un máximo de 70 visitantes por dia, munidos de barbijos, tras haber superado la prueba del termómetro.

   Una vez traspasado el umbral de la muestra, al visitante le queda solo el placer de deleitarse con las obras de Raffaello que por elección o capricho de los curadores empieza por el final con la réplica de la tumba en el Panteón de Roma, donde el genial artista nacido en Urbino el 6 de abril de 1843, murió el 6 de abril de 1520 a los 37 años.

   De la Galleria degli Ufizzi de Florencia llegaron el “Autorretrato” y la “Velada”, una de las maravillosas “madonnas” que pintó Raffaello en su período florentino (1504-1508); mientras que la National Gallery de Londres prestó el extraordinario retrato del papa Giulio II, el gran protector de Michelangelo y de Raffaello quienes dejaron sus obras maestras dentro de los muros vaticanos.

   A Michelangelo la Capilla Sixtina y a Raffaello “le stanze”, y la suntuosa sala de las reuniones donde el “divino urbinate” pintó a filósofos y poetas, musas y santos y alegorías de todas las disciplinas con exquisita simplicidad.

   Raffaello poseía “el arte de esconder el arte” según las palabras de su amigo Baldassare Castiglione, de quien se puede ver en la muestra el retrato prestado por el Museo del Louvre.

     Desde muy joven fue muy amado por los artistas y los intelectuales de su época y muy apreciado en particular por su talento de retratista, al punto que el cardenal Pietro Bembo, gran erudito, filólogo, escritor y poeta dijo que había hecho un retrato tan natural de un joven “al punto de parecerse mas al retrato que a si mismo”.

   Tremendo elogio para un todavía joven artista que, sin embargo, conocía muchas disciplinas desde la filosofía a la historia y las matemáticas, además de varias lenguas, lo que seguramente contribuyo a su capacidad de representar con aparente simplicidad el complejo animo humano de sus contemporáneos.

   Entre los retratos que se podrán volver a ver a partir del mañana figura el doble retrato de Andrea Navagero y Agostino Beazzano, propiedad de la Galleria Doria Pamphili.

    Desde el Louvre llegó también a la muestra el autorretrato de Raffaello junto con un amigo, sobre cuya identidad los críticos e históricos del arte no se ponen de acuerdo, vestido como un joven noble de la época .

    No viajó mucho, en cambio la célebre “Fornarina”, uno de los mas bellos retratos que realizó Raffaello poco antes de su muerte – entre 1519 y 1520 – que fue trasladada desde el Palacio Barberini de Roma, donde tiene su sede la Galería Nacional de Arte Antigua y a donde se la puede visitar todo el año.

    Para quienes lleguen a la muestra habiendo leido un poco la vida y la obra de Raffaello, una de las cosas mas emocionantes que han sido expuestas es la carta en la que el artista y estudioso apasionado del arte antiguo pide al Papa León X , quien le había encargado el diseño de la planta de la Roma Antigua, de lo que se veía y de sus ruinas, su apoyo para una intervención inmediata de restauro que impidiera la total decadencia de “lo poco que queda de esta antigua madre de la gloria y grandeza italiana”.

    Junto a la carta de puede ver una planta de la Roma Antigua, dibujos, y perspectivas de los edificios mas importantes que en la intención del Urbinate habrían tenido que ser revalorizados a partir de las fuentes históricas y de los textos literarios de época clásica.

    Los dibujos originales de Raffaello nunca fueron recuperados pero los que están expuestos se atribuyen a otro de sus colaboradores mas cercanos, Antonio da Sangallo el joven, quien lo acompañaba en sus recorridos por los foros y las basílicas romanas trazando las plantas de los edificios.

   El ambicioso proyecto de Raffaello, que habría tenido que “traspasar la gloria de los emperadores de la antigua Roma al papado”, fue interrumpido por su muerte inesperada en la madrugada del 6 de abril del 1520.

    Sus contemporáneos quedaron atonitos por la repentina muerte del genio de Urbino y hay numerosas pinturas en la muestra que representan el cortejo fúnebre del artista que había devuelto luminosidad a Roma y que había trabajado junto con Luca Signorelli, Perugino y Bramantino al servicio de Giulio II para realizar los extraordinarios frescos del palacio papal.

   Algunos de sus proyectos, como el de la restructuración del área arqueológica romana quedaron en el papel mientras que algunos de los colaboradores de su taller como Lorenzo Lotto, partieron hacia el norte de Italia, llevando en su obra la huella indeleble de Raffaello.