Lecturas para el fin de semana: Sebastián Basualdo

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Sebastián Basualdo comparte uno de sus cuentos en Lecturas para el fin de semana.

Raymond Carver, mi padre

Nací de una costilla. Rota. De una mujer con una costilla rota –diecinueve años–, a la que obligaron a huir de Uruguay. Vine al mundo sin largar un solo llanto, completamente indiferente. Y morado como si hubiera intentado suicidarme con el cordón umbilical. No me sorprende. Nací el 12 de septiembre de 1978, a las dos y cuarto de la tarde. Ignoro mi carta Astral. Tuve una infancia feliz porque las mujeres que me criaron eran capaces de hacer de una nuez toda una Navidad. Mi adolescencia fue tormentosa y, como todo desdichado, lo único que quería era crecer; pero la escurridiza verdad asomó su perfil por la ventana entreabierta conforme pasaron los años. Mi padre. Un día como hoy llegarás a preguntártelo: ¿qué le dirías si tuvieras otra vez la oportunidad de hablarle? Palabra de colmillos afilados. Todos tenemos una palabra que nos persigue hasta el final de nuestros días. Los griegos lo sabían. Tal vez por eso inventaron la palabra agonía. Dicen que mi padre fue a verme una semana después de mi nacimiento. Si hubiera estado en el momento del parto, puedo imaginármelo perfectamente pensando aquello que Hemingway le hace decir a uno de sus personajes en Adiós a las armas: ¡parecía un murciélago ensangrentado! Un tipo extraño, mi padre. Muchas veces intenté darle forma a su silencio en mis escritos. No pude. Así que jamás fui capaz de escribir la gran novela sobre el padre. No ya Los hermanos Karamazov, pero al menos una al estilo Paul Auster. En cambio, durante años, me dediqué a leer toda clase de libros sobre padres e hijos y esa novela hermosa que se llama Cineclub de David Gilmour que me llevó de la mano al cine, primero a El espejo de Tarkovski y enseguida a El regreso de Zvyagintsev. Ya no sé cuántos otros libros y películas. En ninguna parte encontré a mi padre entre todos esos hermanos espirituales míos. ¿Un personaje inverosímil, mi padre? No. El enigma estuvo siempre sobre la mesa, como aquello de la carta robada de Poe. Si yo ahora te preguntara a vos quién es tu padre (suponiendo, claro está, que no te lo hayas inventado por medio de relatos ajenos porque murió demasiado pronto), seguramente serías capaz de contarme un montón de trivialidades acerca de su persona y también otras que considerás profundas. Quizás me cuentes cuatro o cinco momentos que se hundieron en tu psiquis como un dedo sobre la arena: un domingo de pesca, acaso una conversación íntima con una sola luz de testigo, la primera vez que lo viste vulnerable. Llorando. Tampoco tienen por qué ser grandes cosas ni debería generarte demasiado esfuerzo hablar, por ejemplo, de los grupos musicales que solía escuchar cuando era joven y que vos rechazaste la tarde en que entusiasmado te invitó a sentarte junto a él en el sillón del living y actuaste con desdén porque, claro, cada cual en su época. Hasta que te llegaron los inexorables treinta años y te diste cuenta de una verdad que te llevó a tu propio desprecio. En lo aparentemente trivial se puede encontrar lo más profundo de una persona, sus raíces más frágiles. Podrías hablarme del barrio en que se crio, los compinches que fue perdiendo con el tiempo, su primera novia o el inenarrable debut sexual, la misma anécdota sobre la colimba, ese mejor amigo que continúa firme como un faro y al que es preciso silenciar en las reuniones que terminan en borracheras porque podría hablarte sin patinar de un montón de cosas sobre tu padre y ahora vos sabés bien, o deberías, que nadie se elige tan deliberadamente a sí mismo como cuando tiene la obligación de educar a un hijo. Quizás sepas cuál es su película preferida, un arrepentimiento, el restaurante al que suele ir cuando se siente nostálgico, el talle de la camisa que ignoraste durante tanto tiempo, seguramente puedas decirme a que huele su colonia diaria y la metáfora al pronunciarla te provoque risa y puedas acertar en lo que la provoca, hablarme de su cuerpo, acaso un lunar, cierta cicatriz dibujada por muchas versiones, sus recurrentes chistes y lo que lo enoja hasta el absurdo y qué no le regalarías jamás para su cumpleaños, por ejemplo. Yo no podría contarte nada. No encontré a mi padre en ninguna parte. Cuantos más libros leía o películas miraba, más se alejaba. ¿Siempre buscamos en los lugares equivocados? ¿Lo que llamamos encontrar sucede al margen de nuestra voluntad? Sólo una cosa me llevé de aquella travesía de ficciones: su fotografía. La similitud entre Carver y mi padre –en una fotografía de una edición Española de Tres rosas amarillas– es verdaderamente asombrosa. Raymond Carver se deja fotografiar de frente a la cámara, tiene un gesto complaciente y sereno, pero es en la mirada donde se puede vislumbrar un pozo de angustia y, al fondo, una laguna cristalina donde flota muerta una herida antigua que yo sospecho tiene que ver con algo que Richard Ford escribe en uno de sus libros, un capítulo dedicado a su amigo a quien conoció en el año 1977. «En una ocasión visitamos Princeton. Era noviembre y dábamos un paseo por la playa fría al atardecer, cuando, por el camino, Ray empezó a hablarme de un problema en el que se había metido su hija –a la que quería muchísimo– en el estado de Washington. Al parecer, había un motorista implicado en el asunto; se trataba de un episodio de mala conducta, de cierta actividad ilegal. Se angustiaba por haber quedado al margen de esa parte de su vida, y volver atrás no era posible. “Me gustaría poder hacer algo”, dijo, fumando un cigarrillo en la fría brisa con el cuello de su no muy adecuado chaquetón subido hasta la barbilla. “Juro por Dios, Richard, que contrataría a alguien para que matara a ese motorista. Lo haría. Claro que lo haría. ¿Sabes?”, agregó. Y me miró; parecía atormentado por los acontecimientos. “Lo mataría yo mismo si no supiera que me iban a agarrar. Sería el primero al que buscarían, por supuesto”». En la fotografía Carver está ligeramente cruzado de brazos, medio cuerpo tomado por la cámara. Debió tratarse de una fotografía ocasional porque tiene puesta una campera de cuero y hay algo de impaciencia en su postura. Una tarde recorté esa fotografía de la solapa del libro y salí a comprar un portarretrato. Todavía conservo ese portarretrato de madera sobre mi mesa de luz: la foto de Norberto Raymond Nogan Carver, mi padre. Algunas veces contemplo esa fotografía y le hago tantas preguntas que terminan formando una maraña de angustia. Siempre comienzo por el mismo lugar: ¿Quién eras?

Sebastián Basualdo es docente y escritor. Integró el taller literario de Abelardo Castillo. Ha colaborado en distintos medios gráficos especializados, a través de textos críticos y ensayos, como las revistas literarias Proa, No-retornable, Los asesinos tímidos; el suplemento Radar Libros de Página 12; y la sección Cultura de la revista Debate. Publicó La mujer que me llora por dentro (Ediciones Proa, 2001), Cuando te vi caer (Bajo la luna, 2008) Fiel (Bajo la luna, 2010) y Mañana solo habrá pasado (Letras del Sur, 2017).