Crítica de El cazador, de Marco Berger

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El realizador de Plan B (2009), Ausente (2011), Un rubio (2019), entre otras, entrega con El cazador (2020) un relato de aristas complejas en donde el deseo vuelve a estar en primer plano.

Los relatos de Marco Berger son, en su amplia mayoría, historias sobre el deseo entre varones. Esta cualidad lo ha ubicado como un referente del cine LGBTTI. Y si bien esto es correcto, sería un reduccionismo quedarse con esa nomenclatura y perder de vista que el eje, más allá de la temática, está puesto siempre en el acto de desear y en las múltiples contradicciones que entabla con la mirada de quien desea y de quien es deseado.

En El cazador, Ezequiel (correctísimo Juan Pablo Cestaro) es un adolescente de clase media que se quedó solo en su casa, luego de que su familia se fuera de viaje. En búsqueda de conquistas afectivas y sexuales (o ambas a la vez) conoce al “Mono” (Lautaro Rodríguez), otro chico algunos años mayor que él. Lo que comienza como un affaire en plena ebullición hormonal deriva en trama en donde la pornografía infantil –territorio ríspido si los hay- deja entrever parte de su circuito.

A partir de ese primer encuentro otros dos personajes clave ingresarán dentro de la órbita del film; precisamente, los extremos de una cadena de extorsión y negocios espurios. En el medio, el ojo atento de Berger se posa sobre las derivas afectivas y éticas de Ezequiel y lo hace sin medias tintas pero con sutileza, sin necesidad de verbalizar aquello que es de difícil traducción.

El cazador vuelve a confirmar el talento de su director a la hora de problematizar el deseo. Como ingrediente nuevo, aparece hacia el final el lugar de los “adultos responsables”, pero en ningún momento se plantea una tesis; como siempre, lo que importa es el drama interno, las contradicciones entre lo que se quiere y lo que se puede. En este caso, todo en medio de un aura de tensión que oscila entre el erotismo y el horror.