#Eyelet: Crítica de Neon Bull, de Gabriel Mascaro

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Gracias al convenio Leedor-Eyelet podemos ver aquí la película completa

A priori, en la apariencia de un buey no pareciera habitar la seducción o la sensualidad.  Estas características tampoco parecieran pertenecer al universo folklórico de las vaquejadas o espectáculos de rodeo en el noroeste de Brasil.  Pero aunque la estética representativa de este mundo esté modelada por la virilidad masculina y los estereotipos de género, no se puede ocultar la naturaleza erótica que predomina en el orden sensible de las personas. Neon Bull aborda esa cualidad, no como una excepción ni una transgresión, sino como gestos espontáneos de la vida cotidiana. Sensualidad, tradición, elegancia y bestialidad se conjugan en una obra que aborda con atrevimiento los deseos más sinceros de un grupo de campesinos, sin que por eso se traicione el vínculo proverbial con sus propias costumbres. Es decir, sin renunciar a la esencia por la que un buey es buey, Mascaro lo ornamenta justificadamente con neón. ¿Puede un vaquero apasionarse por el diseño de indumentaria? 

Neon Bull no es otra cosa que la búsqueda de desplazamiento de estereotipos. Idemar, su protagonista, limpia la bosta de toro con las mismas manos con las que se aplica perfume y confecciona la vestimenta para las danzas eróticas de su compañera, Galega. Proyecta sus deseos como modista dibujando sobre las imágenes de mujeres desnudas de la revistas empañadas por semen de su colega Ze, que después son hojeadas por la niña que vive junto con ellos. Galega, su madre, practica una danza erótica tapando su cara con un disfraz de caballo. Junior, otro “vaquero”, usa braquets por fines estéticos y cuida con recelo su cabellera. La vendedora de perfumes está embarazada y trabaja como guardia en una fábrica, de día vende perfumes, de nocha porta armas. ¿Perversión, morbo, sadismo, violencia? En absoluto, Neon Bull penetra con sinceridad y sensibilidad en la cotidianidad de sus personajes para revelarnos la naturalidad de sus deseos. Que sus personas convivan con el barro y el estiércol, no implica que no puedan apasionarse por la cosmética o la estética. Ya lo decía Reinaldo Arenas en su autobiografía: “Cuando se vive en el campo, se está en contacto directo con el mundo de la naturaleza y, por lo tanto, con el mundo erótico”. 

Sin una trama narrativa más que el propio devenir diario de sus personajes, Neon Bull está construida con elegancia y belleza plástica. Su refinamiento estético no es caprichoso ni condescendiente sino que es, más bien, una extensión del propio postulado de la película: es, efectivamente, un Neon Bull. El plano general de un descampado arrasado por una feria, donde Idemar hurga en las prendas y telas hasta encontrar un maniquí, es toda una declaración de principios. Principios que se mantienen también para concretar una escena de sexo que no podría ser más cautivante: la toma larga y extensa, la sensualidad y gracia propia de sus actores, el espacio concreto en donde sucede e incluso las posiciones sexuales que adoptan, están todas homogeneizadas dentro de una película que mantiene una coherencia formal y expresiva notables. Una masturbación equina o una depilación vaginal tienen el mismo tratamiento que las conversaciones vulgares que mantienen los hombres durmiendo en la parte trasera del camión. Tampoco hay personajes deplorables ni actos malignos, la búsqueda de empatía de la película no actúa por contrastes sino por la transparencia con que los actores ejecutan todo tipo de acciones: pillan, se bañan, tienen sexo, están en contacto constante con toros , bromean, juntan polvo y, además. participan en los bastidores de las vaquejadas. No hay actos banales ni importantes, la pureza está servida.

Disponible para ver la plataforma Eyelet y también en la videoteca de Mubi, Neon Bull es otra de los grandes manotazos a los que nos viene acostumbrando el panorama contemporáneo del cine brasileño.