Lecturas para el fin de semana: Sebastián Pandolfelli

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Un cuento de Sebastián Pandolfelli en Lecturas para el fin de semana.

Canción de amor mientras tanto

Se despertó con el ritmo pegajoso que llegaba de la habitación de al lado. Un haz de luz se filtraba por la persiana, donde vio flotar infinitas partículas de polvo, mientras el ventilador de techo giraba cansino. El calor no molestaba. Se calzó la camiseta de Boca, bermudas, las sandalias y salió al patio de la pensión. El Cholo, su vecino paraguayo, tomaba mate sentado en la puerta. A través de la cortina de esterillas de junco llegaban la música de Gilda y el olorcito de los chipá recién horneados. “¡Que hacés Mukenio, tomate un amargo!”, le dijo cebándole uno. Yemy refregó sus grandes ojos marrones, soltó un bostezo como un león aburrido y aceptó. Al principio esta infusión le parecía extraña, demasiado amarga, pero se acostumbró y logró saborearla sin tener que ponerle azúcar. Con el asado fue distinto, se enamoró enseguida de esa paleta multicolor de carne a las brasas. “Una faldita a la parrilla en una construcción… A eso no hay con qué darle, negro. Un día de estos te pasás por la obra y vas a ver”, le decía el Cholo, maestro mayor de obras y gran asador.

Desde que se bajó del barco, Yemy Abubakar se va adaptando cada vez mejor a esta ciudad tan diferente de su pueblo en Nigeria. Y los alfajores de dulce de leche y las gaseosas, se le convirtieron en vicio. Se hizo fanático de Boca Juniors y de vez en cuando juega un picadito con algunos compatriotas y los muchachos de la pensión. Ahí le pusieron el apodo: “Mukenio”.

Chupó los mates que le cebaba el vecino, mientras esperaba que se desocupe el baño. Después entró a su pieza. Ya más despierto, le rezó a la figura de yeso de Oggun que vigilaba todo desde un estante con velas gastadas y algunas flores de plástico, y acto seguido ventiló las sábanas. Sacó la pesada valija de cuero marrón de abajo de la cama y agarró la sombrilla. El oro brillando en el paraguas, en medio del patio, contrastaba con el mate de lata que le alcanzaba el “Paragua”. Tomó uno más y salió a trabajar. “Vaya con Dios”, le dijo la gallega, dueña de la pensión, que barría la vereda.

Lessa terminó de barrer el galpón donde su padre guarda los autos y le tiró unos puñados de maíz a las gallinas que correteaban por ahí. Estaba de mal humor. No le gusta andar siempre fregando como las otras gitanas, que hacen todo lo que los hombres dicen. Cuando llegó con su familia, era una nena y quería estudiar. Pero años después la sacaron del colegio porque se juntaba mucho con los payos y se había agenciado un noviecito que no era gitano. Con el tiempo se convirtió en una adolescente agraciada. Morocha de piel cetrina, pestañas largas y unos ojos misteriosos. Sabe que es linda aunque use siempre los mismos vestidos.

Fue hasta la habitación que comparte con sus hermanos y sacó el acordeón de abajo de la cama. Lo acarició como si fuera un animal dormido. Es un instrumento viejo y le faltan algunas teclas pero ella le arranca unas melodías conmovedoras. Al tocar viaja y se deja llevar. Vuelve a Rumania, con su abuela Olga que le enseñó los secretos de la música boyash, el sonido de su pueblo.

El negocio de compra venta de autos le da de comer a la familia pero a Lessa no le gusta pedirle dinero al padre. Y su padre prefiere gastarlo en objetos de oro. Por eso ella, de vez en cuando, saca el acordeón y se va a tocar en el subte. Mientras toca es feliz y de paso junta unos pesos. No sabe leer muy bien, pero reconoce perfectamente a los próceres argentinos. Un Belgrano vale dos San Martines. Cuatro San Martines, un Rosas. A veces la acompaña su hermanito Marko, que hace malabares. Y si juntan algo van a pasear por la calle Florida, entran a las salas de videojuegos y comen en Mc Donald’s.

Quería conseguir plata y comprarse un vestido nuevo. Su madre la mandó a buscar algunas cosas al supermercado de los chinos. Obedeció refunfuñando, pero al volver no quiso ayudar en la cocina. Agarró el acordeón y salió corriendo. 

Un remolino hizo bailar un poco de polvo y algunas hojas secas. Hacía calor, pero el otoño ya venía pidiendo pista y la humedad de Buenos Aires se metía en todas partes.       

El paraguas cerrado parecía un arbolito de navidad moderno. O una instalación artística. Yemy lo llevaba bajo un brazo y de vez en cuando lo abría para ofrecer sus anillos y cadenas de oro a los pasajeros del subte. Aprovechaba el viaje para empezar las ventas. Su territorio preferido es el bajo. Desde la Plaza de Mayo hasta los bares de la calle Reconquista. Ahí, en las mesitas de afuera, siempre hay algún turista dispuesto a comprar recuerdos. Pero tiene que tener cuidado, para que no le pase como a Baba Nguru, que le sacaron la mercadería por no tener los papeles en regla. Yemy tampoco tiene los papeles de Migraciones, pero ya inició el trámite y anda con una fotocopia encima.

Una mezcla de sonidos invadió el vagón. De repente, la dulce melodía de Lessa abrazaba a los pasajeros. Toda ella y su mirada contagiaban alegría. Yemy se palmeó un muslo siguiendo el ritmo y sonrió dejando al descubierto una dentadura blanca como las teclas del acordeón. Por unos segundos cruzaron las miradas. Lessa lo miró como a un bicho raro. A él se le oprimió el pecho y se dejó llevar. Quiso acercarse, decirle algo, escuchar su voz. Le daba un poco de vergüenza pero al sentir la música desparramarse por todas partes se emocionó y dio unos pasos.  Ella tocaba, indiferente mientras una señora se acercó a dejar una moneda en el estuche. En ese momento el tren se detuvo en la estación. Muchas personas bajaron y otras subieron, en un abrir y cerrar de ojos.

“¡Yemy!”, gritó Baba desde el andén, agitando los brazos y sonó la señal de partida. Yemy salió del trance y vio a su amigo que parecía en problemas. Tenía que bajar. Con movimientos ágiles esquivó a varios pasajeros, se chocó con otros tantos, pidió permiso y disculpas en su extraño castellano y saltó a la estación. Desde ahí vio partir al tren y a Lessa con su melodía.

Al llegar a la próxima estación, bajaron casi todos y Lessa dejó de tocar por un momento para contar el dinero. En el estuche, entre las monedas y dos billetes con la cara de San Martín, relucía un anillo de oro.

Sebastián Pandolfelli es músico, compositor y escritor. Integró varias bandas de rock. Publicó Rocanrol (cuentos, Funesiana 2008 y reedición 2010), Choripán Social (novela, Wu Wei, 2012, reedición 2014 y Tambo Quemado, Chile 2013), Unidad Básica (Eloísa Cartonera, 2014) y Diamante (relatos, Galerna, 2016). También participó en diferentes antologías. Desde el 2006 asiste en la técnica y musicaliza el Ciclo de lecturas Carne Argentina. Coordina talleres de escritura creativa para jóvenes y adolescentes.