Lecturas para el fin de semana: “La transformación de Gregorio Sánchez”, Luis Alexis Leiva

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Compartimos un cuento de Luis Alexis Leiva en nuestras Lecturas para el fin de semana.

La transformación de Gregorio Sánchez

— ¡Basta, mi amor! Dejá de tratarme así ¿no ves que me haces mal?

—Ah, no ¡así, no! Yo soy la mujer de la pareja ¿dale? Dejá que yo sea la mujer, no seas tan minita ¿querés?

—¡Sos tan cruel conmigo! Sabés cómo soy. Yo no te trato mal ¿Por qué vos me tratas así?

Y Silvia se me fue esa misma tarde.

A la mañana siguiente desperté, no solo con los ojos hinchados de haber llorado toda la noche, sino con una sensación rara en mí que no pude precisar en ese momento.

Al apagar la alarma del celular vi que tenía tres mensajes de ella:

1er msj:

Qerido gregorio sq mis excentrisidades y mi caracter sn demaciado para vos,t quise much pero ya nom haces feliz. No quiero star con alguirn tan celoso cerrado y blandit como vos.perdon pero sab qsiempre digo las cosas d frent y directas.besos yq seas feliz

2do msj:

Y Xfavor nom llamrs mas.stoy con otra persona.besos

3er msj:

Perdn x la letr pro n ntiend ste cel nuvo. Extrñ el q me robarn. Buuuaaa!

Sí, esa mañana me sentí raro. No por los mensajes. Era otra cosa.

Tirado en la cama, en calzoncillos, mirando el techo. Los brazos y las piernas extendidas, las costillas salientes y el celular todavía en la mano derecha.

Me sentí un insecto, un bicho insignificante y asqueroso en el infinito universo.

De mis manos chorreaba una baba pegajosa.

Un impulso eléctrico —inofensivo pero constante— me recorrió el brazo derecho y ahí entendí lo que me estaba pasando: El celular. Mi mano parecía absorber sus señales eléctricas por medio de esa transpiración pegajosa.

Me acerqué con todo el cuerpo al aparato pegado a mis dedos. Un temblor frenético me invadió en oleadas constantes. Yo era como una mosca sobre un caramelo derretido.

Mi boca babeaba con deseo. Chupé la pantalla que mostraba los mensajes. La lengua se movía desesperada dentro de la sopapa que formaron mis labios.

Todo ingresaba en mí: Su nombre, su número de celular, sus palabras, el significado de sus palabras y los sentimientos detrás del significado de sus palabras. Absorbía esto con mi lengua como un torrente de fuego orgásmico, haciéndolo sangre en mi carne.

Al terminar no había quedado del celular más que una masa de plástico derretido.

Volví desplomado a mi posición crucificada, con tanto placer, con tanto gozo.

Corrí al baño. Su cepillo de dientes. Mi nariz se abrió en dos ventosas enormes y el perfume a menta mezclado con su aliento recorrió mis sentidos.

Todavía en calzoncillos y emocionado por mis nuevas facultades, me lancé por la casa devorando todo lo que podría tener relación con ella.

Me refregué como un perro sobre sus ojotas Havaianas color lila. Los poros de mi piel se convirtieron en bocas y por esas bocas ella se hacía parte de mi cuerpo. Absorbí los pensamientos de Silvia impregnados en cada cosa suya. Mis ojos reconocían sus objetos porque brillaban con una fosforescencia anormal.

Puse sus discos y canciones favoritas. Los parlantes quedaron derretidos. Otro orgasmo. Puse sus películas: el televisor desintegrado en una baba pegajosa de plástico fundido. Absorbí todo lo que brillaba. El departamento quedó hecho un desastre. Destruido, derretido, babeado.

 Yo, la gran sanguijuela, el gran insecto, la irracional alimaña despreciable, tenía el poder del universo.

Me vestí como pude con el traje de la oficina. Necesitaba salir a la calle. No quedaba nada de ella sin chupar en mi departamento.

Y así, yo, parásito vestido de hombre, con ventosas alertas y hambrientas, salí al mundo.

***

Los transeúntes se alejaban con horror y asco de aquél monstruo inexplicable antes llamado Gregorio. Era un parásito en traje negro, enorme, arrugado. Una sanguijuela blancuzca, de caminar veloz y rastrero; mirada desencajada, furtiva. Buscando, siempre buscando. Olfateando, siempre olfateando.

La ciudad se abría a su paso.

Rastreaba sin prestar atención a otra cosa. Solo quería absorber más objetos de su amada, a quién sentía correr por sus venas, en sus nervios. Deseaba tenerla en su propio cuerpo, hacerse parte de ella.

Se detuvo en seco. Las narices se le encendieron amplias. Abrió los ojos con desesperación. Miró a la derecha. Toda la gente que lo rodeaba a distancia prudencial se congeló de espanto. Estaban ahí. Los vio relucir con una fosforescencia verdosa sobre la cabeza de un muchacho. Los reconoció en seguida. Unos auriculares idénticos a los de Silvia. Oh, Silvia ¡Cómo amabas esos auriculares! Escuchabas a tu Nick Cave con ellos, y a los Pixies, y a Juana Molina, y…

Dio un salto tan veloz que nadie atinó a moverse. Cayó certero sobre la cabeza del pibe. Su boca se pegó babosa sobre los auriculares que ese muchacho tenía apretando las orejas. Eran iguales a los de su Silvia. Los chupaba y derretía. El pibe gritaba por el dolor, el asco y el miedo. No lograba escaparse de ese monstruo vestido de traje. Le babeaba sobre la cabeza un líquido corrosivo. Lo apresaba con unas extremidades largas y pegajosas. La gente gritó. El muchacho se revolcó en el suelo mientras el auricular se derretía en su cabeza quemándole el pelo, la piel, el cráneo, los sesos. El parásito Gregorio se alimentaba frenético y desesperado.

Un disparo policial lo detuvo de un golpe en el hombro arrojándolo lejos.

En el hospital, Gregorio recobró la forma humana.

Silvia fue a visitarlo. Lo encontró en una cama con custodia policial. Estaba de costado, mirando la pared dando la espalda a la puerta. Tenía un suero colgando y una venda en el hombro herido.

Silvia se sentó en un pequeño banco junto a la cama y le habló en un tono culposo.

—Casi no me dejan entrar a verte. Me dijeron que lo mataste, Grego.

— ¿A quién? —preguntó Gregorio sin darse vuelta. Su voz sonaba ronca y aguda.

—Al flaco que me había afanado el celular y los auriculares el mes pasado. ¿Cómo supiste que era él?

Yo sabía que esos auriculares eran tuyos.

Gregorio se volteó esta vez y mostró su rostro. Lo que vio Silvia la dejó helada.

No quería que te fueras, mi amor —el pelo era el del muchacho. La voz también. —no quería que te fueras—Pero los ojos, la boca, la nariz e incluso las tetas eran las de Silvia. —Te quería sentir en mí todo el tiempo —Un espejo que le devolvía una mirada desquiciada en pelo corto, una trémula sonrisa en bata de hospital.

Y ahora ya no… ya no te me vas a ir más.

Luis Alexis Leiva es escritor y conduce el programa de radio El sonido y la furia. Publicó la novela Grietas, Cuentos New Age y Un barrio silencioso (cuentos, Azul Francia 2019).