Lecturas para el fin de semana, “Horas sin tiempo”, Leonor Curti

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En Lecturas para el fin de semana, compartimos un cuento de Leonor Curti.

No sé exactamente qué hora es. Hace frío. Afuera el viento sacude los árboles con furia. Todavía es de noche, lo intuyo… Escucho la oscuridad. Sé que en cualquier momento va a sonar la alarma. ¡Maldita alarma! Muchas noches, vagando entre tinieblas, me sobresaltó su grito. ¡Lo decía! Está sonando. El ruido persistente te altera; y a mí.

Él se levanta sin demoras. Tiene los segundos cronometrados: no hay tiempo para la queja, la duda ni para la reflexión. Va al placar por su ropa interior y después al baño. Vos estirás tu tibieza blanca sobre mis pies. Te digo “Hola” muy bajito, un susurro. Me respondés con un ronroneo igual de bajito. Como tengo un día de esos no me incorporo a acariciarte. Él abre la ducha. 

A pesar del taladro pulsátil que tortura mi cabeza esta mañana, lo imagino debajo del agua. Nunca se lo dije pero cuando viene a besarme en bata, recién afeitado y con el calor de la ducha en la piel, es la encarnación de la vida. Ahora se viste. Aunque aún no abro los ojos porque así duele menos, casi adivino con los oídos qué pantalón elige por el rozar de éste con su cuerpo. Cuando se abotona la camisa sólo hay silencio. Sale de la habitación; se escuchan claramente sus pasos. Seguís inmóvil a mis pies. Recién cuando ambos bajen, verás…

Sí, la está despertando. La deja dormir siempre hasta último minuto, con casi todo listo. La viste despacio. Debería levantarme. Querría levantarme. A pesar de este malestar que no me deja vivir. Ella no tiene por qué comprender ni por qué aceptar. Ella me quiere allí, en el comedor diario, con ellos, cada mañana, desayunando a las 7:20, asistiendo a la ceremonia de las miles de veces que revuelve el té. Me quiere allí para pedirme un vaso de agua que enfríe a las apuradas el desayuno que todavía está muy caliente, y que de todos modos, dejará por la mitad, aún después de entibiarlo.

Me levanto. Voy al vestidor. Elijo un vestido sexy y tacos, de los que hace años eran cosa de todos los días. Paso por el baño con sigilo. No quiero que me escuchen, quiero sorprenderlos. Me lavo los dientes y la cara con agua helada, que me despeja. Abro el botiquín. Miro el Ibuprofeno con lástima, y decidida tomo el Migral. Al instante me siento mejor. Cepillo mi pelo largo y negro. Salgo del baño. Estás parado en la puerta esperándome. Bajo la escalera. Vos bajás corriendo enredándote en mis pies. No tambaleo; también tengo cierta destreza felina, aún intacta. Llegamos al comedor diario. No hay nadie. Miro hacia el garage. El auto no está. Es tarde. Ya se fueron…

Se escuchan golpes. Al lado debe haber una obra en construcción.

Tac, tac, tac, tac.

Algo me toca la cara. Me sobresalto. Es él que me besa. La nena sube corriendo la escalera. Tac, tac, tac, tac.

Se acerca. Me besa también. Les digo que los amo. Me dicen que ellos a mí. Cuando el torbellino de la partida se desvanece, me doy cuenta de que no me moví de la cama… Ni vestido, ni tacos…

“¿Estás ahí?”, te pregunto. Obtengo un ronroneo por respuesta. Y me aferro a él como alguien en el límite de la cordura, como alguien a la deriva en un océano infinito.

El presente se escabulle como un gas intangible por hendijas, puertas y ventanas. Se va con ellos. Desaparece con la misma brutalidad con la que la luz imparable del sol vulnera mis párpados. No soporto la luz. Me doy vuelta en la cama. Mis piernas te incomodan ahora. Por eso te levantás maullando, pero no te bajás. Das varias vueltas y volvés a acomodarte. Pienso en tu paciencia. No sabés cuántas horas sin tiempo pasarás hoy, como tantos otros días, aquí, conmigo… Hasta que mejore.

El malestar toma cuerpo y crece.

Es dolor de nacimiento a contramano, vómito de leche agria y amargura de desdén.

Tristeza de sexo maldito, de vida maniatada y paranoia en días de sombra.

Pienso y duele.

Los golpes de dados parecen haberse diluido en la dimensión de la espera. No encuentro sus marcas.

La fortuna juega a comerse sus propias tripas.

Afuera el viento silba y llovizna.

Te miro y tu mirada me devuelve eternidad de Nilo anochecido, dibujándole orillas firmes al oleaje sin fin. Comienzo a hacer pie de a poco, entre bocanadas de ahogo. Estiro mi mano y te acaricio.

A medida que se angosta el cauce, el taladro pulsátil cede y se pierde en las profundidades recónditas. En este instante no es más que un reflejo tenue… Luego será por un rato, el recuerdo del reflejo, y finalmente desaparecerá condenado, indigno.

Una vez más, con el ocaso del día, fueron destejidos los hilos de esta vida; vueltos madeja para poder retejerlos. 

Te veo dormir acurrucado a mi lado. Me pregunto cuántas veces en la vida tendrá uno la oportunidad de barajar y dar de nuevo.

Abrís un ojo y me maullás.

Sí, claro. –Sonrío–. Ojalá sean siete.

Leonor Curti nació en Buenos Aires. Es psicoanalista y escritora. En el 2002 se radicó algunos años en Santiago de Chile, donde estudió Literatura Creativa en la Universidad Diego Portales. En el 2005 vuelve a su ciudad, para desarrollarse como escritora. Publicó en el 2010, Buenos Aires anónima, su primer libro de relatos, y en el 2015, El mal transparente, su primera novela, que fue seleccionada por la Biblioteca Nacional para el Programa de Promoción Literaria 2013. En el 2019, publicó Criaturas de arena.