Jazz tenebroso en Patchouli Blue, de Bohren & der Club of Gore

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Una noche oscura, más oscura que de costumbre. Callejones vacíos que llevan a ninguna parte. Una incertidumbre en el aire que no se puede del todo quitar. Arrepentimientos, tristezas y desesperación, pero una desesperación quieta y estática. Niebla en el aire, como si caminara. Las calles húmedas, solo un poco, pero lo suficiente para reflejar las luces vacías. Nadie camina, nadie circula, nada más que figuras que marcan su presencia cuando no están. El calor de la urbe aplacado por sombras y miedo; miedo a lo que viene, y miedo a lo que fue. Caminar por las veredas es caminar por nada. Y de repente, un bar abierto – el único. Sillas rotas, mesas vacías, humo de cigarrillo cubriendo lo que nunca fue un lugar vivo, y, en el fondo de todo, una banda toca para nadie. Esa banda, por más de 25 años, ha sido Bohren & der Club of Gore.

Hablar de Bohren & der Club of Gore implica hablar de una banda pionera del subgénero conocido como dark jazz, un jazz estándar en su instrumentación, consistiendo de saxofón, sintetizadores, bajo y baterías tocadas con escobillas, que no está interesado en llegar a los picos de la improvisación basada en experimentación y frenesí de su género, sino en transmitir un específico tipo de atmósfera. Esa atmósfera, claramente influenciada por el cine negro, es ultra peculiar, en el que se introduce a la audiencia al mundo sórdido, tenebroso y malévolo, con hombres desconfiados y mujeres que parecen siempre tramar algo más, al que van a ser introducides. Es esto lo que Bohren & der Club of Gore han emulado durante toda su carrera, altamente influenciados por Angelo Badalamenti, el músico a cargo de las bandas sonoras de las obras maestras del genio surrealista David Lynch, generando este sonido en películas como Blue Velvet y Mulholland Drive y, más famosamente, en su serie Twin Peaks. Pocos han trabajado este sonido tanto como lo ha hecho Bohren & der Club of Gore, ni siquiera Badalamenti. Su nuevo disco, Patchouli Blue, es otra inmersión a ese mundo cavernoso luego de 7 discos de husmear en las mismas raíces una y otra vez.

Y aquí es donde nos encontramos con una dilema bastante interesante. Más que ningún otro acto, Bohren & der Club of Gore es una banda que, al menos desde Sunset Mission en 2000, nunca ha cambiado o evolucionado su manera de tocar o componer; siempre se han mantenido siendo lo mismo, manteniendo los mismos tonos, los mismos patrones de composición, la misma longitud de sus temas y de sus álbumes. Si, técnicamente cada disco ofrece 9 o 10 nuevas canciones, pero si te sentases a escuchar este nuevo disco o un disco que sacaron hace 15 años, no habría diferencias sustanciosas. Tal vez, si se hila muy fino, se pueden encontrar matices que muestran cambios estilísticos breves y pequeños – en este disco, por ejemplo, hay composiciones más cortas que en otros, y hay mayor trabajo de guitarra y la batería no se destaca tanto, posiblemente porque su baterista de más de 20 años dejó la banda. Pero, ¿realmente importan esos cambios? Patchouli Blue dura 59 minutos, pero podría durar 23 o 128, y el resultado sería exactamente lo mismo. Podrías escuchar este disco hasta la mitad, y la experiencia sería la misma que si lo hubieses escuchado entero. Podría estar hablando de las cualidades de este disco, o de su Black Earth de 2002, y no habría diferencia en lo que estoy diciendo.

Y esto, en parte, presenta un problema – un problema que no va más allá de lo meramente conceptual, pero un problema. El mejor tipo de música es el que constantemente te ofrece cosas nuevas que oír, la que, incluso si la escuchaste un millón de veces, te presenta nuevos aspectos con los que podés maravillarte. En el caso de Bohren & der Club of Gore, no hace falta escuchar un disco entero de ellos para ver si te gustan o no. Vale la pena escuchar 1 o 2 minutos de cualquier tema de cualquier disco de ellos, y si ese minuto es de tu agrado, entonces te gusta esta banda. Lo que te muestran es todo lo que te ofrecen; es música superficial, básica, fàcil de entender y de relacionarte, porque te lleva a donde te quiere llevar inmediatamente, y ahí se queda, y no se mueve. Es mùsica que te presenta un concepto, una idea, una imagen vívida y explícita, y eso es lo único que te va a mostrar. Si une fuese a ser muy cruel, diría que es música que sirve para completar un concepto, y nada más.

Por lo cual, de eso hay que tener cuidado cuando se ahonda en esta banda. Pero, como dije en el párrafo anterior, este es un problema meramente conceptual. Cuando nos alejamos del concepto y vamos directamente a la mùsica, por Dios, ¡qué música! Estos señores han logrado mantener un sonido de maravilla en toda su trayectoria, y aquí no es excepción. La batería deja que todos sus sonidos chisporroteen y se desvanezcan a su propio ritmo, sin apuro, como pisar gotas de agua. El trabajo de teclado y sintetizador es rico, inmensamente rico, con bajos sonoros temerosos y siniestros, haciendo un homenaje a la densidad de la noche, como una carretera iluminada por luces atenuadas, o el cielo nocturno inabordable y lejano, mirando siempre todo. Y el saxo, como si estuviese ponièndose en el lugar del oyente, somos nosotres, mirando la oscuridad de la noche (pero no la noche de la oscuridad) y preguntándonos qué debió haber pasado para que todo esté así… sin querer admitir que la respuesta la sabemos muy bien, pero no la queremos, o no la podemos, admitir. Realmente no vale la pena hablar de temas en particular, ya que todo se termina cayendo en el mismo sonido, pero si es válido mencionar el aporte poco utilizado de las guitarras en este disco, respondiendo y burlándose de todas nuestras preguntas insaciables – como un suspiro inevitable en el que, por un segundo, todo queda claro, y la noche se convierte en una fiera indomable.

Si hay algo muy notable en esta música, es que es música paciente, que se toma su tiempo en lo poco que tiene que (o puede) abordar. Te lleva a ese lugar inmediatamente, pero luego se permite rumiar en sus pasajes. Y, si une se quisiera poner generose, podría decir que, al ser música tan uniforme, se adapta a las necesidades del oyente, ya que le permite salir cuando quiera, y no habrá problema; la música va a seguir estando ahí, esperando a que vuelva, porque sabe que si logró captar su atención y su marca estética, va a volver. Pocos actos han logrado evocar la penuria de la noche con tanta precisión por tanto tiempo, y no veo motivo por el que deberían parar ahora. Música limitada, muy limitada, pero inagotable.

Spotify: https://open.spotify.com/album/5NxiBOR66QFIrbqIC52Qus

Apple Music: https://music.apple.com/ar/album/patchouli-blue/1486245901