La Rioja que no pudo ser: Calíbar y el caso de una escena artística del NOA

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“La Rioja no es un lugar como algunos otros. No es una superficie tersa
transitada de puntillas por personajes que se representan a sí mismos.
Yo la veo desnuda, toda huesos y vísceras, invitándome a penetrarla, a
sufrirla, lo que significa decir, vivir la vida de sus gentes.”
Daniel Moyano

        Seguramente, intrigada por los comentarios de mis padres que conocieron e integraron toda esta “movida cultural” que aquí relato, me llevó a indagar un poco más para saber si todo no era una fantasía de ellos; si esos personajes que me describían en sus charlas fueron alguna vez reales.

        Tres golpes de Estado de gran magnitud, uno de ellos fatal, asestado a lo que alguna vez pudo llamarse florecimiento de la cultura riojana, dejaron a nuestra sociedad configurada por lo que hoy es: una especie de sopa posmoderna, en donde todo es igual, casi homogéneo, como en una sopa, pero en donde encontramos por ahí, aislados, rastros de algún condimento menos monótono: un chispazo de color o de sabor que la hace revivir mejores épocas.

         Así fue, hubo necesidad de destruir para terminar con esos “desarreglos” de la historia que dan su consentimiento para que, en medio de las piedras, de la aridez de un suelo de arena o greda, allí, “al sur del corazón”, pudiera crecer un poeta que, pretendiendo terminar con la modorra, nos dijera:

Hay un presente claro de bienestar y asombro,
porque desde la médula del sueño se disgregan
ramas iluminadas y pájaros de nieve.
Y arcilla en las manos despierta su prodigio
junto a los rastrojales en donde anida el fuego.[i][ii]

            Esos golpes que mencioné, desmesurados para todo el país -sin duda alguna- fueron para La Rioja trágicos por su accionar en contra de todo lo que pudiera ser lucidez de pensamiento, amplitud de miras, independencia de criterio e iniciativas artísticas que fueran más allá de copias -o ni siquiera eso- de una naturaleza siempre delimitada por el marco de una visión estrecha; tan válido esto para la poesía y la literatura en general, como para las artes plásticas.

            Estos golpes, de carácter político, pero con trasfondo económico y repercusiones sociales (como no podía ser de otra manera), consistieron en el debilitamiento, desestabilización y derrocamiento de gobiernos constitucionales y su reemplazo por el autoritarismo de las gorras y las botas. Todo un símbolo: las gorras, demasiado estrechas, impidiendo así al cerebro el desarrollo de su lado izquierdo; las botas, con su torpeza, pisoteando todo brote de imaginación, sueños, creación.

           Nos referimos a la supresión del poder legítimo del Dr. Frondizi (1966), ya debilitado por los continuos planteos militares, las duras críticas de la oposición (política, económica y sindical), y los cuestionamientos de algunos miembros del mismo partido gobernante a la política del presidente que era la contracara de lo propuesto durante su campaña.

            Aquí en La Rioja, este malestar se tradujo (teniendo como origen otros motivos)- por el alejamiento del Dr. Carlos Mario Lanzillotto que, desde su cargo de Ministro de Gobierno e Instrucción Pública, con su apoyo y decisión, había hecho posible el nacimiento y expansión de lo que pasaría a conocerse con el nombre de Calíbar, “ese grupo de gente rara”, al decir de quienes lo denostaban.

            A partir de este golpe, lo que fue Calíbar para La Rioja, su significado para las artes plásticas y las letras sufrió un gran revés. Pero muchos de los grandes artistas que lo formaban sobrevivieron a él y siguieron produciendo, para desgracia de los “bienpensantes” que, a partir de entonces y, desde el poder mismo, los atacaban tratando de menoscabar su obra, atribuyéndoles el mote de comunistas, bolches, raros, etc., palabras que siempre sirven para tratar de descalificar a lo que no se conoce y no se desea conocer por una simple estrechez de criterio.

            Calíbar dejó de tener el apoyo oficial, es cierto, pero comienza a contar con el apoyo de un medio gráfico local que hizo honor, por aquellos tiempos a su nombre: el diario El Independiente, y, a través de éste, con el de muchos ciudadanos que sí veían con buenos ojos, que desde otras provincias llegaran intelectuales, periodistas, plásticos, músicos, escritores que les permitieran confrontar sus propias opiniones, conocer otros estilos y formas de vida, abrirse a una nueva manera de pensar menos prejuiciosa y provinciana.

            El otro golpe al que nos referimos, de una crueldad que no necesitamos recordar porque todavía nuestra sociedad no lo ha olvidado, tenía que ser entonces para destruir a ese segundo y merecido regalo de la historia, el azar y las circunstancias que fue el nacimiento de El Independiente y todo lo que ese diario significó para una Rioja tan necesitada de amaneceres menos domésticos, de conversaciones más amplias que los chismes entre vecinos, de discusiones más profundas que las provocadas por el buen vinito de nuestra cosecha, de intereses más amplios que los límites de nuestra propiedad o el mal desempeño de algún funcionario público.

            Hago referencia aquí, por supuesto, a ese dramático 24 de marzo del ’76 que terminó con el exilio, la cárcel, la desaparición o la muerte de miles de hombres y mujeres argentinos, y que, aquí en nuestra provincia exterminó ese otro brote cultural que fuera El Independiente, ya que el diario que quedó después de esa fecha no merece llevar ese nombre.

            Los sobrevivientes a esa debacle se debatirían entre el silencio y el olvido. Y he aquí por qué esa Rioja no pudo ser.

            Ahora bien, ¿qué sucedía durante estas décadas en el ámbito nacional? Los medios de comunicación de mayor influencia entre intelectuales, empresarios y clase media culta, en general, propiciaban la candidatura de un político en ascenso, el ex diputado radical Arturo Frondizi, en las elecciones prometidas por el gobierno militar de la llamada “Revolución Libertadora” que había derrocado en septiembre del ´55 al general Perón.

            Se trataba de un sólido intelectual, líder del ala progresista de la U.C.R. (luego UCRI), autor de “Petróleo y Política”, en el que consideraba que el petróleo, fuente principal de energía debía quedar en manos del Estado. Frondizi proponía, además, un acercamiento al peronismo que le sería útil para obtener la mayoría en las urnas (1958). En su entorno aparecía, entre otros, Rogelio Frigerio, hombre de negocios exitoso que alguna vez había militado en el comunismo y con buena llegada a los pequeños y medianos empresarios nucleados en la Confederación General Económica.       Frigerio era el creador de la doctrina desarrollista que Frondizi exhibía como programa de su próximo gobierno.

           Esos medios que “manejaban”, de una u otra manera, el pensamiento político y cultural de la clase ilustrada argentina, eran, entre otros las revistas: Qué, y más tarde Primera Plana y Confirmado, la célebre Crisis, Cuestionario, dirigida por el entonces periodista Rodolfo Terragno, y sobre todo el diario La Opinión de Jacobo Timerman. El suplemento cultural de La Opinión alguna vez estuvo dirigido por Juan Gelman y por Tomás Eloy Martínez.

            En el ´64 aparecería “Mafalda”, esa heroína contestataria al decir de Umberto Eco, que hablaría en nombre de niños y no tan niños durante una década, aunque cuyas protestas siguen vigentes ya que ni los abusos de poder, ni las injusticias sociales, ni el autoritarismo que el personaje criticaba, han desaparecido de nuestra sociedad. Ese “personaje de los años ´70”, como lo califica el pensador italiano [iii], pasaría de mano en mano y sus ocurrencias de boca en boca, al principio desde Primera Plana y después condensada en libros publicados por Ediciones de la Flor.

            Pero volvamos a La Rioja de los 50′, 60′ y parte de los 70′, a la “gesta” de Calíbar y El Independiente.

             Esta historia comienza con aquel Primer (y único) Salón Anual de Arte “Joaquín V. González” que inaugura la década del 50′, en donde se reciben 1.043 obras (pinturas, dibujos, grabados, esculturas) y de las cuales se aceptan 499.

             Basaldúa, Forner, Spilimbergo, Castagnino, Presas, Vidal, Triglio, Gambartes, Lacámera, Victorica, Daneri, Sara Grilho, Berni, Russo… sólo por nombrar a algunos de los plásticos cuyas obras pudieron ser apreciadas por el público riojano.

             Contó con la presencia del crítico Córdoba Iturburu que fue convocado por los organizadores para que guiara (analizando y explicando las obras) al público que asistió “(…) masivamente por interés genuino o por curiosidad, sorprendiéndose, en general, ante un arte al que no estaban acostumbrados” [iv]

               La intención del intendente, el escritor Ángel María Vargas era doble: crear el Museo de Bellas Artes, por un lado, y que ese Salón tuviera continuidad. Ninguno de ambos deseos pudo concretarse.

               Por esos primeros años de la década mencionada, comienzan a regresar los jóvenes que se habían ido a estudiar a otras provincias.

               El poeta Ariel Ferraro aglutina a un grupo de artistas y escritores en la confitería La Ópera (ubicada por entonces, frente a la plaza principal), haciendo comentarios sobre sus viajes, sus experiencias, su recorrido por varios países de Latinoamérica, sus contactos con poetas y pintores de todo el país.

              Corría el año 1952. Unos meses después “fueron tomando conciencia de su pertenencia a un grupo, heterogéneo quizás, pero movido por la necesidad de crecer y trascender. No todos eran artistas o poetas, pero todos vivían la poesía y el arte con intensidad (…)”. [v]

               Intercambiaban libros, poemas, noticias, ideas, “(…) iban construyendo sus sueños de volcar en la comunidad todo ese magma cultural que irrumpía en ellos”. [vi]

              En una de esas tantas reuniones, el poeta Pedro Herrera, conversando con Ferraro, propone el nombre para el grupo del rastreador del Facundo (de Sarmiento): Calíbar.

              Un año más tendrán que esperar para publicar (1954) la revista de Calíbar. Un solo número de 6 páginas tamaño tabloide sirvió para hacer acto de presencia en esa quedada y chata sociedad.        La revista anunciaba además de otras cosas, la ruptura con el pasado cultural. Justo tres décadas antes, la revista porteña Martín Fierro proclamaba lo mismo y lo hacía desde la pluma de Jorge L. Borges, entre otros poetas y escritores y de artistas plásticos como Norah Borges, Raquel Forner, Xull Solar y Emilio Petorutti.

              Calíbar, sin lugar a dudas fue la entrada a la modernidad en La Rioja y, estuvo integrado por muchísimos artistas plásticos, escritores y poetas; luego se agregó gente de la música y el teatro. Algunos, tal vez la mayoría, eran riojanos, otros venían de otras provincias.

              El núcleo central del grupo estuvo conformado por: los poetas Ariel Ferraro, Pedro Herrera y Ramón Eloy López, y el artista plástico Mario Aciar que en aquel momento era pintor y grabador y luego se dedicaría a la escultura y a la cerámica artística. Al poco tiempo se integraron los poetas y escritores José Paredes, Carlos Mario Lanzillotto, María Argüello y los pintores Estanislao Guzmán Loza, Zalazar Jhonson, Pedro Molina, Miguel Dávila, Carlos Cáceres, Leopoldo Torres Agüero, Leopoldo Presas (participando en una sola exposición), Ramón Artemio Soria, Alfredo Portillos, Julio Colmenero, Towas, Carlos Zárate, Rainero Fallabrino, Pavón Villarreal y Miguel Ángel Guzmán, pintor que no llegó a exponer con el grupo pero sí participó en las reuniones y en la organización  de varias muestras.

               Los músicos Pierángeli Vera y Daniel Moyano (gran violinista y eximio escritor), gracias a la labor de Carlos Cáceres como funcionario de Cultura de la Provincia, lograron crear el primer cuarteto de música clásica de La Rioja. Las andanzas y aventuras del cuarteto en sus recorridos por el interior serían recordadas por Moyano en su libro “Un silencio de Corchea”, escrito en la España de su exilio.

              Vinieron también José Santiago y su mujer, Elda, desde Córdoba para dar cursos y formar el Elenco Estable de la provincia. Cómo olvidar al dramaturgo riojano Víctor M. Cáceres, gracias a cuyas obras nuestro teatro se conoció en otras provincias y también en la Capital.

               Sí, es cierto, muchos son los nombres de los partícipes de aquella odisea, pero es que Calíbar no fue ni una Escuela ni un reducido grupo a los que estamos acostumbrados a estudiar y analizar en Historia del Arte. Fue mucho más que eso, fue un movimiento cultural que modificó, se rebeló, provocó y fue al choque contra todo lo establecido en la cultura provinciana de aquellos años.

            “Calíbar fue además una eclosión de amor por nuestra Rioja” [vii] “(…) verdadero movimiento generacional con todas las de la ley; diferenciado, impetuoso y polémico, que con buenas armas había de enfrentar al tradicionalismo caduco (…)” [viii]

            “Calíbar era para nosotros, aquel que rastrea las huellas de un pasado socio-cultural, los signos más auténticos y terrígenos, poniendo como aquel rastreador la ecuanimidad que debíamos tener” [ix]

            “Todo este período de creación tuvo trascendencia nacional. Pintores, escritores, críticos venían a La Rioja para ver lo que estaba pasando. Los artistas plásticos participábamos como jurados en los Salones, o exponiendo y ganando muchas veces los primeros premios. Córdoba Iturburu escribió en La Nación que se podía hablar entonces de una pintura riojana, y la Dirección de Cultura de la Nación organizó en Buenos Aires una importante muestra de nuestra pintura”. [x]

           Y digo movimiento porque en su haber cuentan con la creación de varias instituciones culturales dentro del ámbito provincial. Tuvieron la suerte de que uno de sus integrantes, el Dr. Carlos M. Lanzillotto, ocupara el cargo de Ministro de Gobierno e Instrucción Pública durante el gobierno de Don Herminio Torres Brizuela, bajo la presidencia del Dr. Frondizi.

           En 1958, gracias a la colaboración valiosísima del Prof. Arturo Ortiz Sosa, que en ese momento era Rector del Colegio Nacional, se confeccionaron los planes de estudio, y, un ala del edificio del Colegio fue cedida para que uno de los sueños de Calíbar se hiciera realidad: el Instituto del Profesorado Secundario de Artes Plásticas.

           Este Instituto funcionó en forma privada, los alumnos pagaban un arancel mínimo, hasta 1960, año en que el Ministro Carlos M. Lanzillotto lo oficializara. Su preceptora: Alba Rosa Lanzillotto, mujer de Ferraro; el secretario: Horacio Reynoso;  el Rector, provisoriamente el Prof. Ortiz Sosa, y luego Mario Aciar, y el cuerpo de profesores, todos miembros de Calíbar, trabajaron ad-honorem. El único que recibía un sueldo era Don Nievas, el ordenanza.

            Dos meses después, otra obra se concreta: designan a Miguel Dávila, pintor chileciteño, director del Museo Municipal de Bellas Artes concretándose, por fin, tan deseado sueño, desde aquel Salón Nacional de 1950 que organizara el por entonces intendente, Don Ángel Mª Vargas.

Dávila se pone en campaña para recuperar las obras adquiridas por la provincia en aquel importante Salón. Pero, además, aprovecha sus contactos con Romero Brest, entonces Director del M.N.B.A., y consigue varias obras entre pinturas y esculturas, en calidad de préstamo.

            El Museo Municipal de Bellas Artes abre sus puertas en marzo de 1960 en Dalmacio Vélez Sarsfield al 600.

            Al año siguiente, otro proyecto más se ve concretado: la Escuela Secundaria de Diseño y Técnica Artesanal. Vienen desde Buenos Aires los artistas Julio Colmenero y Alfredo Portillos a integrar el plantel de docentes, tanto en esta institución como en el Profesorado de Plástica.

Portillos asumirá, además, el cargo de Director del Museo de Bellas Artes después de la renuncia de Miguel Dávila -que volvería a Buenos Aires para continuar su labor pictórica, integrándose al grupo de la Nueva Figuración (Noé, Deira, Macció y De la Vega)-.

            Organizan también el Departamento Editorial del Estado, labor que emprenden los escritores y los plásticos del grupo para la publicación de sus propias producciones y las de otros comprovincianos.

             Otro chileciteño del grupo, el pintor Carlos Cáceres asumiría el cargo de Ministro de Cultura de la Provincia y con ello se verían concretados dos proyectos más del grupo: el Conservatorio de Música y la Escuela Experimental de Teatro.

             Pero, como no podía ser de otra manera en nuestra trágica historia como país, comienza el debilitamiento del gobierno del Presidente Frondizi y esto repercute en todo el ámbito nacional. En nuestra provincia, se intervienen algunas instituciones, las creadas por Calíbar, en primer término.

Si bien, como dije en un principio, Calíbar era un grupo bastante heterogéneo en su conformación, ya en el ´59 sufre una de sus grandes rupturas por cuestiones más bien políticas. En los años siguientes, estos problemas comenzaron a acentuarse por las intervenciones que sufrieron las instituciones creadas o dirigidas por la gente del grupo.

             Calíbar, perdiendo el apoyo oficial, recibirá la ayuda desinteresada de un medio gráfico periodístico, El Independiente, que los hermanos Paoletti, Alipio y Mario, el Dr. Ricardo Mercado Luna y, en sus comienzos, Leopoldo Vargas, fundarán una S.R.L. y años después se transformaría en una cooperativa de trabajo.

                Después de varios intentos fallidos, El Independiente comenzará a aparecer diariamente a partir del 12 de octubre de 1959.

Los hermanos Paoletti, Guillermo Alfieri, jefe de redacción, y el Dr. Mercado Luna serán las cabezas visibles del apoyo incondicional que brindarán a los miembros de Calíbar que habían sobrevivido en la provincia.

                Eloy López, Mario Aciar, Daniel Moyano, José Paredes, Pedro Herrera, entre otros, escribirán y publicarán allí algunas de sus obras.

                Uno de los originarios del grupo, el poeta Ariel Ferraro, tendrá su columna cultural desde donde comentará los libros publicados por los poetas y escritores y hará comentarios y críticas de las obras de los plásticos Aciar, Cáceres, Dávila, Guzmán Loza, Colmenero, Portillos y otros.

                 La década del 60´ vio llegar la figura inconfundible de Monseñor Enrique Angelelli. Todos los que no escucharon sus homilías, sus fuertes críticas a la “Iglesia Oficial”, su elección por los pobres, podrían haberlo tomado sólo como a un cura de pueblo pelado y bonachón. Al igual que los editoriales de El Independiente, las prédicas de Angelelli eran materia de discusión en familia, en los cafés y en la calle, de las que participaban creyentes y agnósticos. Eso sí, todo era a favor o en contra; no había medias tintas.

                 Cómo no mencionar la única  revista de humor político local: El Champi (1968-1971) de la cual aparecerán casi cuarenta números. Era una especie de apéndice del Independiente, en donde se decía en sorna lo que el diario publicaba con su merecida seriedad. Dirigida por el artista plástico Miguel Ángel Guzmán, con la colaboración de Daniel Moyano y Mario Paolletti.

                 En los 70´, y por unos pocos años, integrantes del ya agotado grupo Calíbar y de El Independiente crearían el Cine Club local que, funcionando en precarias condiciones exhibiría películas de reconocidos directores de la época y otras seleccionadas sobre todo por su contenido político: “Morir en Madrid”, “La batalla de Argel”, “Los cuatrocientos golpes”, entre otras tantas. Los debates, al final de la exhibición, terminaban siempre en discusiones sobre los temas políticos, sociales o gremiales que desvelaban por entonces a este grupo de organizadores y también al público que lo seguía fielmente a pesar de los inconvenientes técnicos que siempre se presentaban.

                 En el año ´84, con la vuelta a la democracia, se realiza en el Museo Municipal de Bellas Artes “Octavio de la Colina”, una muestra de alguno de los plásticos riojanos que conformaron Calíbar, acompañados por los poetas del grupo: tal vez soñaron -¿equivocadamente?- que podrían reeditar esas experiencias pasadas.

                 El arquitecto Luis Orecchia, uno de los pocos investigadores de la obra de Calíbar, editó un CD en el año 2002. En esa ocasión el arquitecto Javier Estrada cura una muestra retrospectiva del grupo con la finalidad de rescatar ese acontecimiento – por ahora único- que había ocurrido cinco décadas antes, y presentarlo a las nuevas generaciones que conocíamos muy poco de la gigantesca obra.

                Todo esto ocurrió en “nuestra provincia –que, al decir de Daniel Moyano- parece signada por una maldición geográfica. En el mundo precolombino, fue el extremo sur de un imperio, y en la época de la Organización nacional se convirtió en uno de los extremos norte del imperio de Buenos Aires” [xi]

                 ¿Podrá reeditarse este hecho histórico? Para eso debemos deshacernos de la cultura dominante que nos impide ver la realidad. “Para poder verla tenemos que verla como es, y también como fue. Si no tenemos una memoria de la realidad, difícilmente vamos a poder llegar a cambiarla. Yo creo que la realidad no es un destino: es un desafío. (…) Eso significa que nosotros podemos cambiarla. Que el bicho humano no está condenado, que el mundo no fue y será una porquería. Claro que para poder cambiar al mundo tenemos que cambiarnos a nosotros mismos (…), recuperar los poderes perdidos: la capacidad de ver, la capacidad de escuchar, la capacidad de amar, que es simétrica a la capacidad de odiar, de odiar las jaulas, odiar todo lo que nos impide ver, lo que nos impide volar, lo que nos impide querer”. Vencer “el miedo de pensar, el miedo de sentir, el miedo de crear, el miedo de imaginar, el miedo de inventar, el miedo de vivir” [xii]

                 No podría de ninguna manera, decir, mejor que Eduardo Galeano, lo que quise expresar en este trabajo: si hay posibilidades de recrear quimeras, y sobre todo de inventar otras, está en nosotros, en nuestro esfuerzo, en nuestro valer y, sobre todo, en nuestro valor, hacer que La Rioja que pudo ser, otra vez sea, seguramente con otros aires y cabezas más contemporáneas. Pero ese será otro capítulo. 



[i] FERRARO, Ariel. El Rabdomante. Buenos Aires: Ed. Losada S.A., 1966.

[iii]  ECO, Umberto, en ” La Contestaria”, “Revista Ñ”, nº 52, 25-Septiembre/04, pág. 8

[iv] CORTÉS ALVAREZ, Martha, en “400 años de plástica riojana”, edición especial de “El Independiente”, pag. 37, 1992.

[v] ORECCHIA, Luis, “Calíbar en pos de la Utopía”, C.D., La Rioja 2002, pág. 15

[vi] ORECCHIA, óp. cit

[vii] LANZILLOTTO, Carlos Alberto, en Orecchia, óp. Cit.

[viii] FERRARO, Ariel “Presencia y Espíritu de la pintura riojana de hoy”, Editorial Norte, La Rioja, 1962, pág. 14

[ix] HERRERA, Pedro, en Orecchia, óp. Cit.

[x] CÁCERES, Carlos, de una carta enviada desde Francia para el libro del Arquitecto Orecchia

[xi] MOYANO, Daniel “El Independiente”, 18-oct-67, “La Rioja y el Plan”, pág. 2

[xii] GALEANO, Eduardo, “América Latina, tierra de impunidad”, en “Umbrales, año 5, nº 7, Córdoba, 1998, pág. 18