#Netflix: A propósito de “Fangio: el hombre que domaba a las máquinas”

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Se estrenó en Netflix un nuevo documental sobre Juan Manuel Fangio y sus logros deportivos. El trailer prometía alguna imagen inédita. Ese era el desafío a cumplir por los realizadores, siendo que existe mucho material ya expuesto sobre el quíntuple campeón mundial.

Prolijo en su realización, su mayor valor reside en los testimonios contemporáneos de figuras como los campeones mundiales Jackie Stewart, Nico Rosberg y Mikka Hakkinen o ex compañero como Hans Herrmann

Pero ¿qué pasa con el material de archivo? Porque si alguien se acerca a ver un documental sobre una figura deportiva, espera verla en acción.

Hay dos películas referenciales sobre Juan Manuel Fangio.

Una es Fangio, dirigida por un joven Hugh Hudson y estrenada en 1976, de la que alguna vez escribimos en El Amante/Cine.

Otra, contemporánea a las hazañas del famoso piloto, es Fangio el demonio de las pistas, de Román Viñoly Barreto, con producción oportunista de Armando Bó: la bio ficcionalizada mostraba la campaña del “Chueco” hasta el  Gran Premio de Italia de 1950 en el que abandonó y perdió la oportunidad de ser campeón por primera vez. Bó alternó escenas recreadas con tomas documentales registradas en Europa durante ese año y entre los valores de la misma es el haber registrado la desazón y palabras de Fangio al bajarse de su Alfa Romeo. Pasaron los años y después de que el corredor argentino ganara sus cinco campeonatos, Bó le cambió el final a la película,: quitó las tomas de aquella derrota y sobre imágenes de carreras y triunfos posteriores, sobreimprimió una larga leyenda que daba cuenta de estos triunfos, para algún reestreno. El público siempre se renueva.

Del primer largometraje, de producción italiana, mencionaremos el uso del precioso material de archivo que a lo largo de los años ha sido referenciado en distintos reportajes a Fangio y después de su muerte en evocaciones de distintos programas de TV.

Video Reseña Leedor: Fangio el hombre que domaba a las máquinas, por Raul Manrupe

Otro logro de aquel, fue la presencia de Fangio, tanto prestando su voz en off en gran parte del relato, como viéndolo al volante de sus coches más emblemáticos en tomas de 1970/71 que aprovechando lo poco que había cambiado físicamente fueron visualmente efectivas. En la producción de Netflix, hay alguna que otra recreación similar con uno de sus coches (que también aparece en la de Hudson). Las tomas con drones, en Balcarce, son de especial belleza.

Pero algo llama la atención de algún observador experto.

El documental detalla año por año los cinco campeonatos: el uso de imágenes de archivo de los momentos narrados es arbitrario y poco riguroso. Dicho en otros términos: la edición de esas imágenes parece haber tenido como objetivo lograr una narración dramática, fluida. Desde ese punto de vista podemos decir que la meta está cumplida.

Desde el punto de vista histórico, podemos hablar de falta de rigurosidad en la investigación o selección del material.

Si se habla de un choque múltiple en Mónaco, se utilizan tomas de otro accidente ocurrido años después. Si el guion menciona una discusión de pilotos, se muestra un footage de cualquier otro momento y lugar.  En más una ocasión se menciona algún hecho puntual de alguna carrera ganada por el argentino, y se ve a otros pilotos.

A lo largo del relato se emplean tomas que -reiteramos- cumplen a nivel ritmo, pero que se acercan a aquellos trabajos en los que hay poco material disponible y que obligan a recurrir al procedimiento de poner algo parecido o más fácil de conseguir.

No es el caso de una figura como Fangio, de la que hay abundante material fílmico y fotográfico, noticieros de distintos países, materiales color, etc.

Son contadas las escenas nunca vistas que tiene este documental. Y cuando esto decimos, nos referimos a un par. 

Si un vehículo audiovisual sirve para que nuevas generaciones conozcan la historia, parece poco cuidadoso obviar las imágenes de los hechos (cuando existen por supuesto, y este es el caso). Si no, corremos el riesgo de perder algo de generación y generación y que -paradoja en estos tiempos- se tenga cada vez menos información.

Es como si para mostrar el bombardeo de Plaza de Mayo, se mostrarán escenas de otra ciudad. O si para mostrar el viaje de Eva Perón a Europa se utilizaran escenas de distintos actos en Argentina.

¿Esta precisión importa algo en esta actualidad de inmediatez? No sabemos.

Hemos visto en otros documentales también disfrazar la falta de contenidos o investigación seria con un contenido más o menos similar.

La falta de exactitud en función del relato dramático -reiteramos, logrado, llevadero- es una falla, que desde el ojo del observador no entrenado, pasará inadvertida. Se perderá así una oportunidad de pasar el testimonio fiel de los hechos. Se dio cuenta alguien? Pocos.

El público siempre se renueva. Pero lo que se ve tiene que estar bien.