Lecturas para el fin de semana: “Déjà vu”, Damián Scokin

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Damián Scokin nos propone un cuento para este fin de semana.

Déjà vu

Para que pueda surgir lo posible

 es preciso intentar una

 y otra vez lo imposible.

Herman Hesse

Ver un mundo en un grano de arena y

un cielo en una flor silvestre,

 tener el infinito en la palma de la mano

 y la Eternidad en una hora.

William Blake

De repente una ráfaga de aire entra por los espacios vacíos que ofrecen los marcos de una ventana desprovista casi ya de vidrios levantando polvo y ese olor particular a humedad, encierro y abandono que permanece en toda casa despojada de vida después de muchos años. Y vuelve esa sensación de familiaridad, de déjà vu -como decía mi abuelo-, lo cual no ayuda en lo más mínimo en mi situación de tensión, sino que al igual que esa ráfaga en vez de polvo provocó un torbellino de pensamientos que se apelotonan en mi cabeza y gritan al unísono: ¿qué carajo estás haciendo acá solo, dentro de este cadáver lleno de moho, polvo, humedad y maderas rechinantes en forma de casa, que en otros tiempos supo albergar mucha vida, música, y cuyos viejos tablones solamente sonaban ante el taconeo de sus habitantes, sus espejos reflejaban más que óxido y olvido, y se respiraba aire puro?

Estaba parado en la entrada de la habitación principal, era un espacio enorme. No sé realmente cuál fue el motivo real por el que esta casa cayó en desgracia. Las leyendas se generaron progresivamente, engrosando las versiones que se transformaron durante todos estos años en un cuento de fantasmas antes de ir a dormir. Era un día de mucho calor, un verano de esos donde el aburrimiento y la necesidad de anestesiar el letargo y pesado sopor que provocaba el clima en el horario de la siesta se batían a duelo, mientras sentí los hilos de sudor que me corrían libremente desde la sien, descendiendo por el contorno de mi rostro -vuelvo a recordar y lamentar con algo de desesperación esta necesidad de retar siempre al orgullo, a este demonio interno llamado ego-.

Entramos al jardín de la casa a través de un pequeño espacio que ofrecía la ausencia de unas maderas rotas que formaban el cerco perimetral. Éramos tres amigos y la prima de uno de ellos, Ariana, una muchacha de pelo negro muy oscuro, con curvas muy desarrolladas para los dieciocho años que decía tener, unos ojos también oscuros y brillantes, una nariz chiquita surcada por pequeñas pecas puntiformes, mejillas levemente rosadas que contrastaban con su tez cenicienta. Hacía ya un tiempo formaba parte de mis fantasías, pero por razones exclusivas del destino no llegamos a cruzarnos hasta ese fatídico momento. Ustedes dirán que exagero, pero es de esas ocasiones donde uno no tiene mejor idea que hacer bromas, esa clase de bromas incómodas que pueden dar lugar a la malicia y transformarlo en un reto, una burla expresa al miedo. Mi blanco era la casa, y faltó poco tiempo para que mis amigos empezaran a medirse en hombría, y al ser yo el detonante de toda esta situación no faltó mucho hasta ser el protagonista y el agraciado con todos los números para la hazaña.

De no ser por la presencia de Ariana, podría haberme escapado de la situación mediante mañas o demás comentarios para disimular el temor y el peligro de afrontar una empresa a la que realmente no tenía la más mínima intención de enfrentar. Pero cómo engañar esos ojos punzantes, esa expresión cautivadoramente despierta y expectante de ella; no podía dar marcha atrás, tenía que entrar al laberinto del Minotauro y enfrentarlo sin más armas que el deseo de su aprobación, y quizás algo más. A pesar de que su nombre es similar a la hija de Minos, yo no contaba con un ovillo para adentrarme en mi destino. La misión encargada era entrar a la casa de noche, subir al altillo y hacerme de alguna prueba que garantizara haber estado allí, debía plantar bandera en territorio enemigo -si me preguntan enemigo de quién, no lo sé, quizás de mi ánimo, inseguridad, destino o una mezcla de eso y mucho más-.

Lo único que quedó de esos tiempos fueron un piano completamente deteriorado bajo una nívea capa de polvo y pequeños escombros, una mesa robusta de caoba con seis sillas, que corrió la misma suerte, tapizada de yeso descascarado. Todo lucía igual que en las películas de casas abandonadas, hasta había un reloj de péndulo paralizado y adormecido en su letargo con sus agujas clavadas a las diez en punto detrás de un vidrio esmerilado en su contorno.

Había algunos retratos y cuadros de marcos gruesos y pesados en las paredes de un gris verdoso; un hogar con su fondo teñido de negro por el fuego del pasado y el estante en el que solo se exhibía polvo y telarañas; también una escalera antigua con amplios escalones de madera robusta lustrada y barnizada con vestigios de una alfombra escarlata que tapizaba el tercio medio de aquellos y su baranda, que acompañaba de la mano un territorio de sombras que se iban haciendo más densas, junto a un aire cada vez más impregnado de crecientes temores.

La extraña sensación de familiaridad seguía latente, como si hubiera vivido años allí, y me acompañaba casi desde que había entrado a la habitación principal observando los hilos de luz polvoriento, como el de un proyector, los que se filtraban a través de las maderas que tapiaban algunas ventanas y daban al ambiente una imagen más tétrica aún debido a la iluminación artificial.

No era posible sentirse tranquilo en esa casa penumbrosa, vacía, habitada por ecos, recuerdos ajenos, y sombras que daban vida y alimento a la parte más oscura de la imaginación, esa parte involuntaria que crecía como un tumor y se iba apoderando de mis nervios poco a poco. ¿De dónde vienen esos misteriosos sentimientos que convierten nuestro bienestar en desaliento, la confianza en angustia y derrota antes de empezar?

Es curioso pensar cómo en situaciones particulares a la mente se le da por ahondar en sucesos o temas que no asomarían, ni por casualidad, en momentos más triviales.

¡La casa de los Ward! Creo que se podría hacer todo un libro sobre lo que se dijo de esa familia. Ahora, dónde arranca la verdad y termina el mito no lo sé, ya es una leyenda que pertenece al barrio y una herencia a sus próximos habitantes. Aparentemente fue una familia de clase media con mucha actividad social; en su casa siempre sonaban música, voces; entraba y salía gente a casi toda hora; y de repente, de la noche a la mañana, solo la habitó el silencio. Nadie los vio salir. Con el tiempo fue refugio de vagabundos, gatos, palomas y otras alimañas. Se los tragó la tierra sin dejar registro ni rastros, solo material que alimentaba a la imaginación popular y un recurso infalible de amenazas para hacer dormir a niños insomnes o que no querían comer.

Resolví adentrarme de una vez y terminar cuanto antes con esta situación desesperante e ilógica a esas alturas, lentamente, con un frío interno, como si la humedad se calara en mis huesos y la percepción tan agudizada al punto que, si caía un alfiler, podría retumbar estrepitosamente en mis sentidos. No sé por cuanto tiempo estuve parado en el mismo lugar. Es increíble cómo de repente sobrevienen unas horas, o incluso unos minutos, que pueden abrir un boquete de un kilómetro de diámetro en el tiempo, el miedo a lo invisible, a aquello que nuestros sentidos quizás advierten, pero que la misma subjetividad nos tienta a desconfiar. Debería ser casi medianoche cuando mis piernas recibieron la orden de avanzar a pesar de que el resto del cuerpo aún lo dudaba.

Subí por las escaleras hacía el primer piso que daba a un pasillo largo con varias habitaciones y al final una ventana, de la cual emanaba un brillo por parte de la iluminación artificial de la calle, que alargaba mi sombra y mis miembros de una manera grotesca. Antes de abrir la puerta de una de las habitaciones, se me vino a la mente la imagen de la principal: terminé de comprobarlo al ingresar y ver la cama preparada esperando a los durmientes que nunca aparecieron, detenida en el tiempo, deteriorada por la ausencia y el olvido; en la pared de la cabecera enmohecida, se evidenciaba la marca ausente de un crucifijo por su contorno; un placar robusto de madera hinchada, desvencijado y vacío; la pequeña ventana cubierta por maderas, telarañas y vestigios de una cortina reducida a un manojo de hilos. La iluminación, al igual que toda la casa, se abastecía de los intrépidos rayos de luz que se colaban por cuanto mínimo espacio se ofrecía, retando a la oscuridad, a la cual mis ojos ya se habían acostumbrado.

Tal vez fuera mi afiebrada imaginación, sumada a una buena carga de sugestión y demasiado tiempo encerrado con la única compañía de la soledad y una precaria expectativa que solo generaba fantasmas en el vacío volviéndolo todo relativo; pensaba si realmente estaba allá o si quizás era un sueño muy vivido, ya que la sensación que me rodeaba, lo que veía sin mirar, lo que tocaba sin palpar, y esa clase de sinestesia de percibir olores con texturas, colores y vivencias, era muy difícil de explicar y comprender al mismo tiempo por mis pensamientos y mi corazón, el que misteriosamente se había apaciguado con pasmosa naturalidad.

Ya no me pude sorprender de que en este momento se hubiera disminuido mi facultad de controlar la irrealidad de ciertas alucinaciones -si es que lo eran-. ¿Cómo determinar si no había perdido la cabeza a esa altura? Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella una sensación encontrada de querer huir despavorido y, al mismo tiempo, de cumplir con la prueba, y ya no sé si por demostrarle algo a Ariana o a mí mismo. ¡No sabía, ni me importaba, si esa experiencia era una locura!, sin embargo, a medida que seguía caminando lento y tambaleante por la escalera que llevaba al altillo, percibía en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía que mi avance no fuera del todo fortuito.

Al llegar a la meta de mi destino, y tal vez en parte de mi capricho, miré alrededor: lucía más pequeño de lo que se veía desde afuera; a comparación del resto de la casa, estaba vacío. Parecía que el tiempo no había tenido intenciones de ensañarse con él, como si también hubiera decidido detenerse en el mismo lugar que yo. Desde la redonda ventana dividida en cuatro por un marco de metal, daba la impresión un lento y prematuro amanecer, ¿es posible que hubiera pasado tanto tiempo en esa casa? Mientras intentaba descubrir y pensar sobre eso, me comenzó a invadir un malestar inexplicable, una sensación de debilidad, de evanescencia, que se transformaba en una fuerza que me detenía, me paralizaba, me contenía. La sensación de haberlo vivido llegó a su clímax, una lividez cubrió mi visión progresivamente, la escenografía se desvaneció y se disgregó en millones de partículas de luz. Me sentí desaparecer…

Ya es casi de noche, y realmente me pregunto quién carajo me obligó a venir acá. De repente una ráfaga de aire entra por los espacios vacíos que ofrecen los marcos de una ventana desprovista casi ya de vidrios, levantando polvo y ese olor particular a humedad, encierro y abandono que permanece en toda casa despojada de vida después de muchos años. Y vuelve esa sensación de familiaridad, de déjà vu -como decía mi abuelo-.

Damián Scokin (Colifato Ilustrado) nació en Mendoza. Escritor y dibujante participó con ilustraciones en editoriales como Muerde Muertos, Clara Beter, Sigmar (colección Pelos de punta), Perro Gris, e ilustró la portada de Salamandra, de Vic Vazquez (Textos Intrusos).