Una crónica californiana en tiempos del Coronavirus

0
125

En la soleada california parece que la lluvia es un regalo (hippie mood). Desde que llegamos los regalos no han parado y eso dicho en forma literal y metafórica, ¡qué chingada madre! Please, don’t do that, there is no need; anyway, thank you so much. Así fue la lluvia, que todo lo mojo y a todos regó.

Tanta fertilidad que lo parió al coronavirus. Todo junto como en botica, cvs o lo que sea; de golpe el mundo se paró y quedamos agarrados de la manija. What the heck, here we are, stacked in the Golden State and then órale, nos morfamos unas enchiladas, mexican style.

En una cena de bienvenida, una señora muy agradable me dice: Bob Dylan flirt with me when I was very young in Detroit in the 60’s. Another amiga me dice que está ayudando a un amigo que fue amigo de Janis Joplin (y que hizo la escenografía de Indiana Jones) y así las conversaciones se acomodan en el centro del pop global de los últimos 70 años (incluso hay lugar para el peronismo y el típico don’t cry for me Argentina, cada vez que se enteran que soy de las pampas).

Al mismo tiempo los motivos profesionales por los que vinimos fueron todos cancelados por el el hijo de la chingada del “coronavairus”. Atrapados en una película de Hollywood, o mejor dicho en varias; a la derecha la mansión embrujada, a la izquierda vivía Kirk Douglas, abajo el barrio de la little people (Midgetville), que se construyó durante la década del 30, para los actores enanos que trabajaron en la primera versión del Mago de Oz.

Hace 2 años, en el barrio más exclusivo, Montecitos (sí el de Kirk Douglas), luego de uno de los peores incendios que destruyó la región (era tal el calor del fuego, que la arena se convertía en vidrio, como nos contó una colaboradora de un templo Vedanta que queda ahí en la montaña y que zafó de la devastación), se vino una inundación tan grande que varias montañas se vinieron abajo. Piedras gigantes que se arrastraron por la pendiente, llevándose todo lo que encontraban a su paso, las casas de los millonarios incluídas. El paisaje quedó modificado, como si fuera uno de los estudios de Universal.

Ya la lluvia era un motivo importante para no poder salir y ver los hermosos paisajes, porque, hay que admitir, aquí la naturaleza es maravillosa, montañas y océano y bosques que todo lo cubren, pájaros y ardillas y justo ahora, la temporada de las ballenas. Pero como si fuera poco, explotó la cuarentena. Y aquí estamos, encerrados, disfrutando de ciertas concesiones que tiene esta tierra californiana, en cuanto a poder fumar weed libremente (o si prefieren podemos llamarla mota).

Todo esto mezclado con una innegable preocupación por el curso que están tomando los acontecimientos, hay una sensación de no poder volver nunca, “anclao en California” y es desesperante. ¿Y si mañana se cierra todo?. ¿Y si esto dura un año, como se escucha por ahí? Bueno se escucha cada pelotudez, un coro hecho por una bola de pendejos, que no paran de decir tarugadas y son unos babosos mother f*kcer!. Es simple si la fuente no es OMS o los ministerios de salud, no hay que escuchar nada; pero ¡cómo nos encanta prestar atención a la sarta de zonceras que nos rodean!

Cambio el sol californiano (que parece que empieza a asomar) y el océano y sus playas por las nieblas del Riachuelo. Permuto las casas de los millonarios por el conventillo de la vuelta. Ofrezco el vamos a caminar con el auto por el 23 metiéndose por las callecitas de Tribunales.

No hay que ser ingrato ni tampoco alarmista. California nos recibe con los brazos abiertos. Apapachos familiares por aquí, todos very kind, un cariño que se percibe, pese al saludo de pies (o de codos como prefieran).

Update: llegamos al país y aquí estamos en la cuarentena; un periplo que arrancó en Los Angeles, siguió en Houston (donde casi no pudimos abordar, pero que gracias a Cancillería se pudo solucionar), continuó en Santiago de Chile y de allí a la Reina del Plata. Por suerte en Ezeiza nos recibió un micro del Ministerio de Relaciones Exteriores y nos dejó en el Obelisco. De allí a casa en un taxi que parecía de ciencia ficción. Ahora ya tranquilos en casa, nos resta esperar que la macromolécula (el virus NO es un organismo) no haya entrado en nuestro sistema. Mientras tanto, el silencio de la ciudad es abrumador…