Crítica de “Las malas”, de Camila Sosa Villada

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Las Malas es una novela autobiográfica. Cuenta los años en los que la escritora vivió una vida desdoblada: de día iba a la universidad, y de noche se prostituía.

Todo comienza cuando se va de su pueblo natal en Córdoba para inciar sus estudios en la capital de la provincia. Escapa de aquel lugar que la vio crecer encerrada en un cuerpo que no le pertenecía bajo las amenazas constantes de un padre violento y de una madre sumisa, que jamás pudieron aceptar la verdadera identidad de su hijo Cristian que, todavía no era Camila.

Entonces, logra irse a la universidad para estudiar Comunicación Social, pero sobre todo para escapar de la oscuridad que la perseguía, de la mentira en la que vivía. Allí, recién llegada, en una noche de ciudad, en un parque que todavía permanecía a oscuras, Camila encuentra luz. Conoce a un grupo de travestis que, con todos los colores posibles, la reciben para que pueda expulsar de una vez por todas aquel cuerpo con el que nació, pero que no era el suyo.

En el libro podemos ver la hermosa y colorida transformación de aquel niño que empieza cosiendo sus propios vestidos y polleras con cortinas, y que termina como una mujer que vive la vida sobre tacos de acrílico. Nos adentramos en aquella transformación perfectamente descripta por una integrante del grupo: “Yo me hice travesti, porque ser travesti es una fiesta”.

Dentro de la novela, hay capítulos dedicados a cada una de las integrantes de aquella manada de lobas. Cada una pinta un color diferente, pero todas tienen algo en común: conmueven a cualquier lector que lea esas páginas.

Las historias de vida de todas se entrecruzan en la casa de la Tía Encarna, quien las aloja en los días de verano insoportables y en las noches de invierno heladas. Aquella tía estruendosa, salvadora de almas perdidas y madre adoptiva de todas, es una mamá que las adora y acepta, como sus padres y madres biológicos nunca supieron hacer. Es la figura materna que las mantiene vivas y calientes bajo un ala protectora. Todas son siempre acogidas en aquella casa a la que dan ganas de entrar para verlas hermosas y ruidosas, llenas de maquillaje y paradas arriba de plataformas, disfrutando de lo que la vida les había por fin dado: un lugar de pertenencia.

Las Malas es un libro inmenso, capaz de generar todas las emociones en 200 páginas: el desagrado por una sociedad vil, cruel, e incapaz de comprender e incluir a cualquiera diferente; el enojo que produce la violencia cruda, relatada en golpes, abusos y violaciones; la empatía que logra generar la escritora con aquel grupo de chicas que se ven obligadas a vivir en la oscuridad, bajo el manto de sombra que les pone encima una sociedad injusta; pero sobre todo se siente alegría y calidez al leerla. La novela está llena de momentos mágicos que nos hacen ver cómo, hasta en el rincón más excluido, puede haber amor, puede haber color rosa.

Es una historia de sororidad y amistad, de encontrar un hogar caliente en medio de un mundo que solo ofrece frío. Es el triste y atrapante relato sobre la crueldad con la que la sociedad trata a aquellas que, con total glamour y brillo, escapan a la norma. Las Malas es un cachetazo de realidad, pero una realidad que, además de mostrar oscuridad y violencia (contadas con una crudeza única), nos lleva también hacia corazones bondadosos, vínculos luminosos, y hacia un grupo maravilloso y entrañable de mujeres luchadoras. Ellas, las brujas, las putas, las excluidas, las locas, las reinas, las malas pintan por un rato un arcoíris para nuestras vidas.

Camila Sosa Villada, Las Malas, TusQuets, 2019, 220 págs.

Camila Sosa Villada nació en 1982 en La Falda (Córdoba). Estudió cuatro años de Comunicación Social y otros cuatro de la licenciatura de Teatro en la Universidad Nacional de Córdoba. Tiene dos libros publicados: La novia de Sandro (poemas, 2015) y El viaje inútil (ensayo autobiográfico, 2018). Fue prostituta, mucama por horas y vendedora ambulante. A veces canta en bares.