#Yomequedoencasa: crítica de La casa de Argüello, de Valentina Llorens

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Más cine argentino que se puede ver en la web, películas compartidas por sus directores para acompañar esta cuarentena. Desde hoy y hasta por lo menos el 31 de marzo, La casa de Argüello, de Valeninta Llorens estará disponible aquí.

Revolviendo el pasado

En su primera película, la realizadora mendocina Valentina Llorens nos presenta un sentido relato documental que se va desencadenando a través de imágenes que describen una atmósfera cálida y afectuosa, de ternura y compasión, en medio de testimonios potentes y reveladores de un pasado sombrío y aterrador. Valentina nació en cautiverio en tiempos de la última dictadura militar que azotó al país en los años ‘70. Es hija de Fátima, presa política y exiliada, y sobrina de tíos desaparecidos y luego asesinados (con cambio de carátula y posterior exhumación y entrega de los cuerpos y huesos de las víctimas a sus respectivos familiares). La casa familiar de sus parientes violentados fue convertida en polvo y cenizas cuando las fuerzas paramilitares comandadas por la Triple A decidieron poner allí una bomba, en 1975,  y dar inicio a una persecución política que se extendería durante décadas.

“Nunca me afilié a ningún partido político ni soy activista de ninguna fundación de Derechos Humanos”, afirma la directora en su película. Expone su mirada, la deja en claro desde un primer momento, para luego zambullirse de lleno en las anécdotas de Nelly Llorens, su abuela, símbolo de lucha y pasión, que entre danzas fugaces y cantos de vidalitas autóctonas de Santiago del Estero (su tierra natal), nos regala los momentos de mayor conmoción e impacto del documental. Todo esto se ve atravesado por una singular connotación de viaje que lleva impregnado todo el material audiovisual: la realizadora empieza su viaje visitando a su abuela en su casa, en su soledad, revolviendo cruentos recuerdos que, no sólo es imposible, sino necesario nunca olvidar. El viaje empieza allí, y una vez iniciado Valentina no puede detenerlo ni suspenderlo, es incapaz. Porque las puertas se abren cada vez más hasta que La casa de Argüello, que toma forma funcionando como texto catártico personal para la directora, deja de ser una excusa por recuperar restos del pasado político-familiar para volverse una pieza ejemplificadora de la eterna lucha por el recuerdo y por la memoria. Y por la justicia.

Lo particularmente sugestivo del documental es la mirada predominante en Nelly Llorens. La abuela de la cineasta es, y debe ser siguiendo su postura inicial, la protagonista de la historia que quiere contar. En realidad no es el personaje focal (el que rige la focalización del relato, en este caso interna en Valentina, la directora), pero sí aquél en el que se centraliza la acción desde un primer momento. Ahora bien, todo se desarrolla de este modo hasta que llega una instancia en que la realizadora mendocina se hace cargo y asume lo inevitable (que, de todas formas, ya estaba implícito en la película desde un principio): ella también es protagonista. Y hay una parte de ella que tarda en tomar consciencia de lo que verdaderamente ello significa; podríamos decir que tarda en darse cuenta de su nivel de involucramiento personal en el film (y es razonable, estamos ante un documental que se fue hilvanando a través del tiempo, que llevó más de doce años de producción, y que como todo proceso implica cambios trascendentales). Lo cierto es que el documental también es sobre Valentina y no sólo por haber sido ideado y creado por ella misma, aunque le lleve tiempo admitirlo y se traslade esa concepción de viaje a la película. Valentina Llorens es un personaje encarnado dentro del audiovisual, con vida propia, con una vida que extiende su propia identidad para darle forma dentro de ese relato. Es ahí, en el preciso instante en que lo declara, en ese mismo pasaje de voz off en el que la realizadora adjudica su posicionamiento como partícipe indisoluble del documental, cuando la película termina de consolidarse.

“Hay algo de ese relato que yo siento que me pertenece”, le reclama Valentina a Fátima, su madre, en uno de los últimos pasajes del documental. Mientras tanto, el montaje del film deambula entre esa suerte de entrevista improvisada y urgente de la realizadora junto a su madre, y nos muestra fragmentos de pinturas abstractas, y otras no tanto, hechas por ella, pero todas y cada una de esas obras marcadas, teñidas y corrompidas de algún modo por la memoria. Por recuerdos cálidos y emocionales, y a la vez profundamente funestos. En esa instancia del audiovisual, en la que se desentierran momentos guardados en la memoria, en esos fatídicos pero sentidos relatos del pasado de Fátima en la cárcel, la película de Llorens alcanza su momento de máximo esplendor. En relación a esto, la película tiene un acierto crucial que no debe ser pasado por alto: la realizadora menciona y expone con estudiosa minuciosidad absolutamente todos los nombres e identidades de las víctimas y de los asesinos, así como de los cómplices del feroz accionar de la dictadura.

No obstante, hay algo en la forma del documental que no termina de sostenerse: la directora busca estructurar el hilo narrativo de ese relato a través de una voz en off que, más allá de su conjugación sombría y lentificada que va a tono con los acontecimientos que van describiendo sus personajes, acaba siendo demasiado fría y distante, monótona. Hay algo en el tratamiento de la voz off, recurso paradigmático de este tipo de documentales que pretenden desempolvar vestigios oscuros de algún pasado, que nos aleja y nos distancia de la fuerza y la pureza de las imágenes. De algún modo, esa voz posiciona accidentalmente al documental (por momentos) en un lugar común, típico, acostumbrado, formateado, que resulta adverso para lo que muestra la película. El discurso puede estar demasiado ensayado, pero el principal problema de ese texto que la directora recita en off es el exceso de información, algo que podría haberse reducido a la lectura de las cartas de su madre y la denuncia manifiesta y necesaria de los nombres de los victimarios. A pesar de todo, la voz gana significancia una vez que la realizadora asume su nombre y su identidad como parte irrevocable de esa historia que está contando, y se incluye, e incluye también a su hija. Como mencionamos anteriormente, esa imperiosa declaración es importante oírla bajo los propios términos, y la propia voz, de la directora. Y eso es lo más importante.

La casa de Argüello triunfa porque resisten los tópicos de la unión, la compasión, la lucha simbólica, la ternura, el amor familiar. Todo lo demás, es pasado que merece ser revisitado y resignificado para nunca más olvidar el terror, para que no vuelva a repetirse. El mensaje final, si es que lo hay, es simple y complejo a la vez, es obvio pero inexorablemente necesario y hermoso: sin los vínculos, sin la familia, sin el amor del otro/a, es imposible sobrevivir a tantos recuerdos tenebrosos.

Mirá también nuestra nota cuando se estrenó.