Lecturas para el fin de semana: “El amarre”, María Staudenmann

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Llegó el fin de semana, y con él, otra nueva propuesta de Leedor. Compartimos hoy un cuento de María Staudenmann.

El amarre

Alguien que me odia me hizo un trabajo. Un trabajo de amor, un amarre. Generalmente, los amarres los contratan personas desesperadas por conquistar a una media naranja reticente cuando los métodos naturales han fallado. Van a una bruja profesional, plantean la cuestión y se procede al rito mágico que garantiza la correspondencia inmediata del ser amado. Quien recomendó a la bruja asegura que sus amarres son muy efectivos, y cita el caso de Pocha y Pepe, que vivieron felices durante seis meses hasta que un camión se los llevó a los dos. Juntos. Juntos es lo que importa.

Seguro que fue la madre de Gustavo. Segurísimo. Desde que me separé del hijo me la tiene jurada. Yo pensaba que no era posible hacer amarres a terceros, pero estuve investigando y resulta que sí. Internet dice que se llama “Amarre de sufrimiento” y que entra en la categoría “Hechizos para derribar a un enemigo”. Así que no tengo dudas: la vieja de mierda me hizo el trabajito con Fernández y le salió perfecto. Porque este amor no es normal. Me tiene en los huesos, insomne, apuñalada de frente, olla a presión con tapa. Un merengue de fantasías en la cabeza y el cuerpo erizado inútilmente.

Conste que hice de todo para olvidarlo. Incluso recé. Yo, agnóstica hasta la última fibra, recé. Paula me escribió el Padrenuestro y el Avemaría en un papel y durante una semana, cada noche, lo leí en voz alta con fervor; se supone que esa gente del cielo te escucha igual. Por favor, diosito, te lo imploro, ayudame a dejar de quererlo. Pero nadie me ayudó. Y no aguanto más. Este amor es insoportable.

A pesar de que nunca creí en la magia, terminé hablándole a Paula de mi teoría. Le pareció bastante lógica y me dijo que iba a averiguar; si existían los amarres tenían que existir los desamarres, y eso era lo que yo necesitaba. Poco después me dio un teléfono y dos nombres: Claudia, la secretaria, y señora Estela, la profesional, también conocida como La señora del ceibo. Cuando el título es de señora o señor seguido por nombre de pila o por modificador indirecto, el saber es místico. En este caso había ambos: buenas perspectivas.

Saqué turno con La señora del ceibo vía Claudia. Le expliqué brevemente el motivo de consulta, me pasó una dirección en Lanús y me pidió que llevase una foto mía. Como no mencionó honorarios, supuse que serían elevados.

Llegué a la cita con diez minutos de retraso. La señora Estela vivía en una humilde casita con un jardín frontal dominado por un ceibo gigantesco. Esperaba que me atendiera Claudia, pero fue la mismísima Señora del ceibo quien me abrió la puerta en jogging y buzo de Adidas. El pelo, de un blanco amarillento, le llegaba hasta la mitad de la espalda. Sus pies de medias y Crocs arrastraban seis décadas de canasta básica, mucho fideo, arroz y galletitas en el abdomen. Tenía el cutis manchado y la sonrisa más santa que vi jamás.

Me condujo a una sala recién habitada, huellas de vida por todos lados. Mate, pava y migas en la mesa, un ténder lleno de ropa junto a la ventana, dos mochilas tiradas por ahí, juguetes en el piso y una mezcla de olores —leche, sahumerio y lavandina— colándose a través de una puertita entornada.

Estela me indicó una silla. Tras cebar un par de mates y hablar mal de las obras de bacheo en Pavón, se puso seria, me observó con detenimiento y sentenció:

—Tenés el aura enjaulada, reina. Contame qué anda pasando.

Y se lo conté. Ella escuchó con expresión solemne. Cuando terminé, apoyó las manos sobre la mesa e inició el interrogatorio diagnóstico:

—¿Dormís bien, corazona?

—No. Mal. Pésimo. Casi no duermo.

—¿Te cuesta concentrarte? En el trabajo, en las conversaciones…

—Sí, mucho, pierdo el hilo enseguida. Estoy en cualquier parte.

—Ajá. ¿Y de cama cómo andamos?

—Bueno… vivo sola y no tengo pareja, así que…

—O sea que de cama…

—De cama cuatro patas, el elástico y un colchón bastante finito que tengo que dar vuelta cada vez más seguido. Todavía no pude juntar para el sommier.

—Así que no descargás.

—No, no descargo.

La cara de Estela se debatió entre la empatía y la compasión.

—¿Ni siquiera autoerotismo?

—Ah, eso sí. Pero con llanto.

—Ah, con llanto.

—Sí. Con llanto.

—Malo, malo… —dijo para sí, cavilosa—. Y tenés la mirada perdida —suspiró—. Te hicieron un amarre de magia negra, reina. Te trabajaron la psiquis para que te enamores de alguien que te haga sufrir —extendió los brazos y me pasó las manos por el pelo. Hizo un gesto de dolor—. Es muy fuerte.

Agaché la cabeza.

—Pero tranquila. Esto puede deshacerse.

Volví a mirarla y supliqué:

—Sí, sí, por favor.

Entonces La señora del ceibo se puso en acción. Desapareció por la puertita entreabierta y un minuto después volvió con unos dientes de ajo pelados, un vaso con agua, un saquito de té, un tazón y un mortero. Los dejó en la mesa y fue hasta un aparador. De un cajón sacó una vela blanca y un frasco de mermelada vacío.

Con la uña del índice escarbó en la vela un símbolo, una especie de rayo sin puntas.

—La runa de la claridad —explicó.

Encendió la vela, la fijó en un platito con rastros de dulce de leche que había sobre la mesa y preguntó:

—¿Empezamos?

—Sí.

—Mirá que no hay vuelta atrás.

—No quiero vuelta atrás. O sí, quiero la vuelta atrás completa.

—Bien —cerró los ojos—. A partir de ahora imaginá no estar más enamorada de este hombre —dijo con voz retumbona—. Visualizate libre del hechizo.

Creí conveniente cerrar los ojos. Evoqué a Fernández. El bar, la plaza, las pocas veces que habíamos coincidido. Traté de concentrarme en las otras cosas que había alrededor en esos momentos. Sillas, mesas, luces, árboles, viento, gente. Una cicatriz. No. Eso era Fernández. Un lunar. No. También. Textos leídos, palabras en el aire. “Al menos yo me acuerdo de usted. Lucía Campos”. Fernández otra vez. Pero será de dios, la puta madre.

Un ruidito líquido me devolvió a la realidad. Estela había vertido un chorro de agua en el tazón y ahora metía también los dientes de ajo. Rasgó el saquito y echó adentro el contenido: olía a manzanilla. Empezó a machacar todo con el mortero. Me miró.

—Recitá estos versos dieciséis veces —ordenó—. Mientras tanto, no dejes de visualizar:

Libre de este hechizo

Cuando se consuma esta vela.

Libre de este hechizo

Porque así sea.

Recité los versos dieciséis veces; las fui contando con los dedos.

Para cuando terminé, Estela ya había conseguido una pasta homogénea. Pasó el menjunje al frasco de mermelada y demandó:

—La foto.

Busqué la foto en mi cartera y se la di. La metió dentro del frasco y lo cerró con fuerza.

Recién ahí volvió a sonreír.

—Listo, corazona. Enterrá este frasco en tu casa, ¿tenés jardín?

—Sí, un jardincito adelante.

—Bien. Y no te preocupes si en los próximos días te sentís igual que hasta ahora. El hechizo va a tener pleno efecto la próxima vez que veas a este hombre.

Dejé la casa de Estela con un haz de esperanza en el alma. No pienso decir cuánto me cobró.

Al principio, nada. Pero pasados unos días algo cambió para mejor; un reflorecer incipiente, un leve asomo de sanación (¿o saneamiento?), un ente poco maligno que ha sido exorcizado (¿o expulsado?). Me sentí más ligera, la forma y el tamaño de la cicatriz se volvieron más difusos, el lunar ya no tenía tanta consistencia. Pensaba en él, sí, todo me lo traía aún, pero entre el recuerdo y yo había una barrera protectora, algo que funcionaba como un bloqueador solar: ardía menos.

Pasé amorosamente el número de Estela a mi lista de teléfonos. A ese paso, para cuando volviera a verlo —momento en que el contra-trabajo desplegaría todo su poder, como me había dicho ella—, este amor sería una cosita de nada, un evento risible.

Hoy lo vi. Mañana mismo estoy yendo para Lanús a exigirle a esa conchuda que me devuelva la plata y si no, le prendo fuego el ceibo.

María Staudenmann nació en la ciudad de Buenos Aires. Estudió Comunicación Social y se desempeñó como editora y redactora de contenidos para diferentes medios gráficos nacionales. A fines de 2011, fundó la revista literaria independiente Qu. Algunos de sus cuentos obtuvieron premios en certámenes y otros fueron publicados en medios digitales especializados. En breve, saldrá publicada su primera novela. Lo que me hizo Fernández.