Eternidad peligrosa en la novela “Las griegas”, de Sergio Olguín

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De la misma forma en que sus antepasadas –olímpicas o no– luchaban contra la lujuria, los engaños y los abusos masculinos, Las griegas delineadas por Sergio Olguín lidian con una pugna constante entre los propios deseos y la voluntad ajena, entre la autopercepción y el peso de la mirada del otro. El límite sigue siendo el cuerpo ya que todavía se lo concibe como territorio de conquista, un objeto pronto olvidado por quienes se apropian de él y extraño para sus dueñas. Porque no sólo se trata de poseerlo, sino también de borrar todo resquicio de singularidad hasta transformarlo en algo desconocido. En medio de aquel proceso, la tensión nubla los sentidos e impide tomar decisiones libres produciendo un círculo peligroso y muchas veces ignorado. Entonces, ¿cómo recuperar el cuerpo? ¿De qué manera advertir la pérdida para reconstruirlo?

Los artilugios mutan. Mientras las mujeres y deidades antiguas eran sorprendidas cuando  tomaban un baño, raptadas o seducidas por hombres transformados en animales, por ejemplo, las contemporáneas se encuentran prisioneras en dos grandes modos. El más evidente responde al sexo y a los mandatos sociales arraigados. Un recurso actualizado a lo largo de los siglos, que mantiene la lógica inquebrantable de determinar a las mujeres mediante normas rígidas y obsoletas cediendo anhelos, intereses, decisiones, cuerpos. Porque intentar librarse implica ser señalada, quedar afuera, no pertenecer. Como la modelo “histérica” que no quiere sacarse el corpiño y pierde la sesión de fotos o la joven que acaricia el rostro del novio para que deje de mirar fascinado a su prima adolescente. Él no sólo la sigue contemplando, sino que empieza a desnudar a la pareja de manera automatizada, como si fuera un trámite.  

El otro subyace en un segundo plano, silencioso y no es otra cosa que captar la fugacidad para volverla permanente. El autor reconfigura este rasgo moderno y lo torna en un poderoso mecanismo de dominación femenino pues ya no se trata sólo de visibilizar un gesto, una sensación o un punto de vista antes desapercibido, sino de incorporarlos como parámetros inocentes de la memoria social. De esta forma, se agrega una capa más al deber ser establecido para el universo femenino desde la familia, la escuela, el trabajo, la pareja, el sexo, la vestimenta, las palabras, la maternidad, entre otros. Ahora, aquellos detalles fugaces se perpetúan para aumentar el juicio de valor en registros que se multiplican y viralizan acrecentando el peso de ese otro que sentencia. El preservativo cargado de fantasía pre- adolescente deja de ser un obsequio para convertirse en un trofeo / dedicatoria del debut, tampoco basta con emborrachar a una modelo principiante para conseguir la foto y acostarse con ella, sino que el fotógrafo busca ir más allá hasta quedarse con una parte etérea, volátil.

Los artificios, entonces, producen una doble modificación: por un lado, determinan el aspecto exterior y lo supeditan al deber ser; por otro, exprimen el diferencial interno resquebrajándolo. Un sistema perverso y aggiornado que alimenta un círculo sin fin: limitar, adormecer, prohibir. “Poco a poco me fui dando cuenta de que no era importante para mi trabajo que ellas me miraran sensualmente o que sus cuerpos posaran de manera perfecta. Descubrí que debía ir más allá de ellas, de mi calentura, de sus cuerpos, del momento. Lo que yo tenía que atrapar era la eternidad del gesto, de aquello que permanece cuando ya nada permanece, el relámpago indeleble de la fugacidad. Cuando me di cuenta, mis fotos mejoraron. Ya no cojo tanto como antes”.