Lecturas para el fin de semana: “La sed de Doña Hilda”, María Negro

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Compartimos un cuento de María Negro, especial para este fin de semana.

La sed de Doña Hilda

Los primeros muertos son escalofriantes, después uno se acostumbra. Mi primer velorio fue en la casa de Doña Hilda. Luego de los saludos donde la gente grande se abrazaba llorando, los chicos nos acercamos respetuosos al cajón para mirarla de cerca. No se parecía casi en nada a la señora que nos gritaba cuando le dábamos pelotazos al portón de su casa. Más bien parecía la madre o la abuela de Doña Hilda. Arrugada, blanca, inmóvil.

De a uno nos fuimos sentando en el patio. Creo que Carlitos habló primero. Contó que Doña Hilda se había muerto de sed. Parece una pavada morirse de sed, si nomás hay que llenar un vaso de agua y tomarlo, pero Doña Hilda tenía alguna enfermedad que no la dejaba levantarse de la cama y, como estaba sola, comenzó a terminarse el agua que tenía cerca, entonces la sed la fue matando despacio, hasta que se murió del todo.

Carlitos contaba esto con la seriedad total que le daba ser hijo de la vecina de Doña Hilda, la misma que golpeó y golpeó la puerta y luego llamó a la policía.

Con los pibes estábamos confundidos. Es raro morirse de sed, y Carlitos era medio mentiroso. Pero lo cierto es que ahí, en el propio comedor de su casa, estaba el cajón con esa muñeca gigante y espantosa que tenía la cara de Doña Hilda, toda muerta de verdad, y lo único que podíamos creer era lo que decía Carlitos. Queríamos pruebas. Así lo dijimos. Carlitos nos miró enojado y respondió, ya van a ver, la vieja vuelve para joderlos a todos de pura hija de puta. Cuando la vean, le preguntan a ella.

Nadie se rio del chiste.

Nadie pensó que Carlitos el mentiroso pudiese hacer chistes.

Dos noches después del velorio, en la madrugada, los bombeadores de la cuadra se encendieron. Decenas de padres y madres se despertaron puteando, echándole la culpa a algún cortocircuito en la fase eléctrica pero, nosotros, los amigos de Carlitos, sabíamos lo que estaba ocurriendo. El fantasma de la vieja estaba buscando agua.

No se le puede contar nada a los grandes. Eso votamos en nuestra primera reunión en el patio de la Colorada. Tampoco íbamos a hablar con chicos que no estaban esa noche. Queríamos pruebas, y no era posible pensar en una investigación seria si el barrio entraba en pánico. Con nosotros era suficiente. Nos dividiríamos en grupos de a dos para tener una guardia todos los días sin levantar sospechas. Seguiríamos jugando cerca del portón de la casa (ahora vacía) de Doña Hilda, en algún momento “colgaríamos” la pelota (sin mucho esfuerzo) y nos treparíamos del portón hasta el patio de la casa (como tantas veces) para aguardar allí todo el tiempo posible a la espera del fantasma.

Nos dimos la mano jurando bajo varias penas peores que la muerte no contar esto a nadie. Y nos fuimos.

Esa noche, durante la madrugada, los bombeadores volvieron a encenderse.

Por la mañana nos juntamos en la esquina y todos estuvimos de acuerdo en comenzar el plan de inmediato. No había tiempo para esperar el fin de semana. Discutimos algunas tácticas para faltar al colegio sin fingir enfermedades (que nos impedirían luego conseguir permiso para jugar a la pelota en la calle), y no fue fácil, pero lo logramos.

A las dos de la tarde todo estaba listo. Carlitos apretaba las manos y repetía cada paso que teníamos que dar. La Colorada trajo la pelota, se demoró mucho más de lo habitual para colocarla en la línea del medio. Me pareció, para que el simulacro fuese creíble, que lo mejor era jugar un rato antes de ir a lo nuestro. Los demás, creo, comprendieron la intención. Metí dos goles.  El picadito iba 3 a 1 cuando Carlitos pegó el bombazo, y vimos como la pelota volaba por encima del portón, como una cachetada.

La tarde se quedó quieta.

Habíamos acordado ir en grupos de a dos, pero nunca dijimos quienes serían los primeros. Nos recorrimos con las miradas, sin ser capaces de decir nada. Carlos dio un paso hacia el portón, y fui con él, no sé por qué. Como un ejercicio mecánico, trepamos hasta el borde y saltamos hacia el patio. Cuando sentí la tierra en los pies, me di cuenta de que había hecho todo esto con los ojos cerrados. Al abrirlos, la luz del sol quitó de foco las paredes externas y ajadas del comedor donde había estado el cajón de Doña Hilda. La casa, vista en la distancia del patio, parecía arrasada por la oscuridad. Todo se encontraba en su sitio, sin embargo el espacio desierto parecía devastado.

La pelota giraba despacio sobre su eje, del otro lado del patio, cerca de la puerta donde se entraba a la casa. Carlitos se acercó a buscarla, con paso firme, sin golpear las manos para avisar de su presencia, como hacíamos siempre. Lo seguí detrás, mucho más despacio cuidando su espalda, o eso creí que hacía. La pelota daba pequeños saltos, empujada por un vientito invisible y estival. Fue entonces cuando la cortina que colgaba del otro lado de la puerta se abrió por completo.

Carlitos dejó de caminar. Podía sentirse en el silencio el galope aterrado de los corazones. Un pequeño tiempo detenido y sepulcral no nos dejaba salir corriendo. La voz de la Colorada gritó asustando a dos palomas que salieron volando rompiendo el aire impotente.

El miedo del silencio la obligó a trepar el portón, a abrir los ojos muy grandes, como sólo podemos hacer los chicos. Por eso logró ver el sol ahí, ocupando todo el cielo. Dos cuerpos inmóviles, intrusos y curiosos, en el patio vacío. Una pelota jugando sola. La mano mojada de Doña Hilda acariciando mi pelo.

María Negro nació en San Martín; es escritora, además de editora y columnista en la revista Estrella del Oriente. Colabora en diversas publicaciones de Latinoamérica y Europa. En 2013 publicó su primer libro, Y sin embargo se mueve, y en 2014 el segundo: Manifiesto de las conchudas.