Crítica de “El Precio de la Verdad”, de Todd Haynes

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Basado en el artículo periodístico que publicó Nathaniel Rich en el New York Times Magazine en el año 2016 —The Lawyer who Became Dupont´s Worst Nightmare— el director Tom Haynes tomó este disparador argumentativo para realizar un extraordinario alegato en contra de la contaminación ambiental, en este caso por parte de una de las compañías químicas más grandes y poderosas del mundo: DuPont Corporation.

El que se pone el traje de David en su lucha contra el casi invencible Goliat —digo casi porque nadie es invencible por mucho tiempo— es el abogado corporativo Robert Bilot —una memorable interpretación de Mark Ruffalo— que a pesar de ser socio de Taft Sttetinius & Hollister, grupo de abogados que defienden a empresas, entre ellas a la misma DuPont —emprende una lucha que sabe difícil, espinosa y con altas probabilidades de que toda su lucha quede en la nada.

Así como en su momento Steven Sordebergh planteó un caso similar en su película Eric Brockovich (2000) en donde una mujer (Julia Roberts) investiga un caso de contaminación de las napas de agua con cromo hexavalente por parte de la Pacific Gas and Electric Company y que gracias a la colaboración y demanda de los habitantes de Hinckley (California) la compañía fue llevada a juicio en donde perdió y tuvo que pagar cifras multimillonarias a favor de la comunidad, en el caso de El Precio de la Verdad (2019) son los habitantes de Pakersburgh (West Virginia) los que deciden hacer lo mismo en contra de esta compañía química, aunque no sin cierta reticencia a raíz de que Dupont, muy hábilmente, invierte sumas considerables en el bienestar de la comunidad, esto es: plazas de juegos, escuelas, lugares de esparcimiento para personas de edad avanzada, cestos de basuras —todos con el logo de DuPont—, complejos de esparcimiento y, obviamente trabajo dentro de la misma planta. Es contradictorio, por no decir nefasto, que mientras por un lado la corporación les ofrece una mejor calidad de vida a miles de familias, por detrás contamina los ríos  —en donde todos extraen agua para beber— con el llamado PFOA, es decir, ácido perfluorooctanoico, un elemento altamente cancerígeno, que no solo contrarresta esa calidad de vida ofrecida como si de un Caballo de Troya se tratase, sino que se las acorta de manera dramática.

Esta pelea tan desigual la lleva a cabo Bilot, pero también su jefe inmediato interpretado por un extraordinario Tim Robbins que no solamente no se opone a que uno de sus empleados litigue en contra de una empresa para la que trabajan, sino que lo defiende e incentiva al resto del bufete a que tomen el caso ya en plan ético y moral. Y es aquí en donde Dark Waters —título original— sigue el mismo derrotero que Civil War (1999) de Steven Zaillian en donde el abogado Jan Schlichtmann, interpretado por John Travolta, investiga y lleva a juicio a varias empresas que derraman sus efluentes tóxicos al río Woburn.

Si bien existe una misma línea conceptual entre las tres películas, la de Haynes toma un cariz más espeluznante porque lo que sale a la luz no es solo la contaminación de los ríos lindantes a dichos pueblos, sino que es el efecto colateral que produce la fabricación de un producto que se vendió de a millones. El verdadero problema —y de alcance mundial— es que DuPont Corporation creó un elemento químico para utilizarlo como revestimiento antiadherente para utensilios de cocina: las famosas sartenes de teflón. Un producto que en su momento fue utilizado para armamento militar —repeler el agua en tanques de guerra— y que ahora se encuentra diseminado en millones de hogares a través de una publicidad que confería a dichas sartenes una solución mágica para la cocción de alimentos. Un “invento estadounidense para el mundo”, como reza su slogan,  cuyo contacto con la comida produce cáncer y anomalías genéticas para bebés en gestación. Y lo más grave de todo esto es que DuPont lo sabía y ocultaba o fraguaba los controles sanitarios para demostrar a la Organización de Medio Ambiente de los EE.UU. —encargada de autorizar o vetar cualquier producto que ponga en riesgo la salud de la población— que el politetrafluoroetileno —nombre químico del teflón— es totalmente inofensivo.

Es así que Bilot comienza la etapa de recopilación de pruebas y más pruebas en centenares de cajas con miles de expedientes, informaciones técnicas, evaluaciones medioambientales y demás documentación —entre ellas, fotografías y artículos periodísticos— que datan de más de diez años atrás para demostrar que el teflón sí es nocivo para el organismo. Una secuencia que no deja de homenajear a una de las tantas escenas emblemáticas de una película trascendental: Todos los Hombres de Presidente (1976) de Alan Pakula en que vemos a los periodistas del Washington Post, Carl Berstein (Dustin Hoffman) y Bob Woodward (Robert Redford), encima de miles de tarjetas bibliotecarias para descifrar un entramado político y escandaloso que le costó la presidencia a Richard Nixon.

Hasta la cámara alejándose en plano cenital de un Bilot rodeado de papeles, es muy semejante a la de los periodistas arrumbados en la Biblioteca del Congreso de los EE.UU. Y si hablamos de semejanzas, también lo es la fotografía de Edward Lachman que utiliza ese color sepiado tan característico de las grandes cintas de los ´70. A modo de ejemplo, podemos citar a Norma Rae (1979), que habla sobe la defensa de los derechos laborales de las mujeres, Contacto en Francia (1975) de John Frankenheimer, sobre una red de narcotráfico o Taxi Driver (1976) de Martin Scorsese sobre la alienación mental post Vietnam. Una característica de la fotografía de esos lejanos tiempos del 35 mm en que el cine analógico, con un tipo de granulosidad que le da calidez y cierto grado de cine documental, hoy en día nos parece totalmente entrañable.

El reparto se completa con una también increíble actuación de Anne Hathaway como Sarah Bilot, Bill Pullman como Harry Dietzler y Victor Garber como Phil Donnelly, sin olvidar a Bill Camp en el papel del granjero Wilbur Tennat quien es el que lleva la denuncia a Bilot cansado de deambular por cuanta dependencia oficial cuando sus vacas empezaron a morir de a decenas. Pero si bien todos están correctos, el que se lleva los laureles es Mark Ruffalo, un actor en estado de gracia que realiza una simbiosis perfecta en la caracterización de su personaje. Con su pose, sus gestos y hasta su parecido físico con el Bilot de la vida real, nos brinda una de las mejores actuaciones de toda su carrera.

Es paradójico como la potencia económica más importante del mundo —que se niega a firmar tratados de defensa del Medio Ambiente en cuanto Simposio Mundial se realice— sea la primera en producir obras como la de Haynes, Sordebergh, Zaillian y tantos otros. Quizás porque son sucesos que ocurren en su mismo suelo, pero así y todo es encomiable que cada tanto afloren este tipo de cine de denuncia para desenmascarar a los verdaderos “malos” de la película que no portan armas, sino un abultado talonario de cheques.