Crítica de “Retrato de una mujer en llamas”: la historia de un amor prohibido

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En el clásico mito griego de Eurídice, Orfeo intenta rescatar a su amada fallecida emprendiendo un viaje hasta el inframundo y enfrentándose al mismísimo Hades, el dios de los muertos, a través de las seductoras y dulces melodías que ejecutaba con su lira, hipnotizando y embeleciendo a sus oponentes. Así, consigue salvar a Eurídice con la única condición de que no debe voltearse a contemplar su rostro hasta no abandonar por completo el inframundo. Pero Orfeo, preso de su impaciencia por volver a verla, gira hacia atrás y fracasa: su amada debe regresar a ser desterrada en el mundo de la oscuridad  y las tinieblas, y él deberá vivir el resto de su vida atesorando y reteniendo ese recuerdo final, la imagen de ese rostro, esa última mirada crucial, el recuerdo poético y simbólico de su amada. La historia que elige contarnos la realizadora Céline Sciamma (Tomboy) en su última película, se engloba dentro de los ejes temáticos de este mito clásico y no escapa a sus constantes referencias y alusiones, por momentos de manera manifiesta y de modo implícito en otras ocasiones.

La película francesa, ganadora del premio a mejor guión en el Festival de Cannes y nominada a Mejor Película extranjera en los Globos de Oro de 2019, nos cuenta un radiante y a la vez melancólico relato de amor entre Héloïse (Adèle Haenel), una joven aristócrata desganada y sofocada ante los monótonos estándares de su vida, y Marianne (Noémie Merlant), una artista a quien se le encomienda llevar a cabo un retrato pictórico de la primera, previo a su casamiento.

La historia se enmarca contextualmente hacia fines del siglo XVIII, en la residencia de la joven Héloïse situada en una paradisíaca isla francesa, y se caracteriza por exponer de un modo intenso y cristalino los sentimientos y deseos prohibidos que empiezan a hilvanarse entre ambas mujeres, a través de un poderoso y tensionante juego de miradas. La película es eso: un juego simbólico que se va entrelazando a medida que las miradas de Héloïse y Marianne se tornan cada vez más intensas y reveladoras. La composición de los planos y el finísimo trabajo del montaje se encargan de pulir hasta el final todo este tipo de aspectos, a través de la construcción de planos aletargados y sosegados, armónicos en cuanto a los encuadres y vivaces respecto a los tonos y los colores de la imagen, cual si se tratara de obras artísticas del Romanticismo. El film se sucede a través de movimientos de cámara leves y elegantes, ágiles y expresivos, reveladores, que siempre tienen un fin y una intencionalidad dramática: descubrir una mirada fugaz pero intensa, exponer la tensión latente en el rostro de alguna de las protagonistas, fragmentar la información de los diálogos más precoces y banales o suspender dramáticamente aquellos que se vuelven más reflexivos y alegóricos.

Lo cierto es que la película triunfa porque presenta un ritmo lentificado y apaciguado desde un primer momento, con movimientos internos sutiles y silencios largos que nunca se vuelven extenuantes, y eso funciona a modo de advertencia, de anticipo, de indicio, para dejarnos en claro que las tensiones veladas y subyacentes se irán tejiendo poco a poco, de una manera paulatina y floreciente. Luego, todo queda a merced de las encantadoras y refulgentes miradas de las actrices y ese magnetismo electrizante y sugestivo que empapa permanentemente la pantalla. Todo desemboca en ese juego de miradas, todos los aspectos narrativos y dramáticos del film encuentran allí su punto de aglutinamiento, su justificación culminante; mientras la cámara, rendida ante esas miradas ardientes, hace uso de sus poderes retóricos. Vale rememorar, por siempre, el plano en el que descubrimos el pálido perfil izquierdo del rostro de Héloïse desde la ubicación de Marianne, generando esa confluencia tan necesaria de la focalización interna dominante en la joven pintora y el punto de vista subjetivo del espectador: vemos exactamente lo mismo que ella ve en ese momento. O bien esos paneos laterales con juegos de enfoque donde el propósito de la directora es hacer énfasis en lo privativo, en lo íntimo, en lo más profundo y apasionante de la prohibición: la mirada de Marianne que gira para conectarse intrínsecamente con la de su amada, aún sabiendo que ella está por casarse, aún sabiendo que afuera, más allá de las agitadas costas de la isla, reina una civilización normalizada y convencionalizada bajo cánones preestablecidos, aún sabiendo muy bien que Orfeo no debe voltear a admirar la purificadora belleza de Eurídice si no quiere que ella sea desterrada de su mundo para siempre. Ambas saben todo eso, pero también saben que esas miradas son inevitables. Son muy conscientes de eso, pero ante la imposibilidad de la utopía, prefieren la pureza del recuerdo simbólico de las miradas, eternas e inefables, que la pasión desencontrada y frustrada.

Los múltiples encuentros que comparten ambos personajes están cargados de diálogos profundos y locuaces que invitan a interesantes reflexiones, como cuando intentan encontrarle el significado al amor de los amantes íntimos y su conexión tan verdadera y reprimida, o cuando piensan el vínculo del amor con el arte y la creación (“¿los amantes siempre se sienten como si estuvieran inventando algo?”, pregunta Héloïse). Mientras tanto, Marianne es incapaz de concretar, de concebir, la representación más verdadera de la identidad oculta que acaba de descubrir en la doncella interpretada por Haenel. El amor sabe de memoria, el amor sabe de recuerdos, de recuerdos de miradas, y en la mirada final de su amada yace esa representación pura y verdadera. Esa memoria visual, plástica, erótica, propia del amor y del recuerdo, no debiera ser arrebatada por ningún orden o sesgo social, y la película hace juicio a esta determinación final de una manera rotunda y poderosa. La película es política, porque pone en juego otra reflexión conjunta: si en esos tiempos las mujeres servían sólo para ser miradas, ¿qué sucede cuando se disloca la verdadera intencionalidad de esa mirada? ¿qué ocurre cuando se desvelan los enigmas ocultos detrás de esa mirada clandestina?

Más allá de sus apuestas de estilo tan bien logradas, el impecable trabajo de fotografía y esas explosiones musicales acertadas en los momentos justos, la película tiene sus vaivenes y sus vacíos, yse debe principalmente a esa insistencia un tanto desmedida en la conmemoración y alusión a la mitología clásica de Eurídice. Esa alegoría, que funciona como premisa narrativa y como lectura de sentidos implícitos y simbólicos, se agota en las apariciones fantasmales y siniestras de Héloïse, en algunos diálogos repetitivos y redundantes, que opacan las miradas efusivas que hablan por sí solas en la mayoría de las escenas. Por otro lado, podríamos hablar de ciertos giros narrativos algo bruscos y forzados, impuestos para generar tensiones explícitas y expresas siendo que el clima dramático ya se venía sobrecargando de manera subterránea, y bien podría haber explotado de otro modo. Y por último, un aspecto contradictorio debido al tono ético-estético que trama desde un principio el largometraje, pero que no deja de llamar la atención: el desaprovechamiento de esos momentos de máxima pasión, exaltación y erotismo, que se vuelven efímeros, fugaces o se encuentran extrañamente fragmentados en más de una ocasión. Esa energía elocuente y clandestina que logra la conexión entre ambos personajes en sus miradas, gestos y expresiones (a través de las excelentes interpretaciones de Haenel y Merlant), podría haber llegado hasta otros extremos, y no refugiarse ni apoyarse tanto en los formalismos de esos planos simétricos, esos diálogos alegóricos, ese mito tan clásico y remoto, aunque poético y apropiado para la historia en cuestión. A pesar de estos últimos aspectos, la película destaca como una de las mejores del 2019, y nos regala dos horas de plenitud sonora y visual y más de una escena que de seguro será recordada con el paso del tiempo en la historia del género romántico cinematográfico.

Las funciones en el Ciclo de Cine Francés Les Avant-Premières será el sábado 21 de marzo, el lunes 23 de marzo y el miercoles 25 de marzo.