Lecturas para el fin de semana: “Letargo”, Daniel De Leo

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Inauguramos las lecturas para el fin de semana con un cuento de Daniel De Leo.

Letargo

Leer tranquilo, cerca de la estufa, perderse en el lenguaje o en las vueltas de una historia. Distraerse del pesado malestar que lo mantiene hundido en el sillón. Víctor no pide más que eso. Pero le cuesta concentrarse, y un escalofrío intermitente le baja de la nuca hasta los pies. La luz del invierno entra por la ventana y resplandece sobre la alfombra. Es una luz inocua, despojada de calor.

Víctor está en casa de su madre, en la honda y espaciosa pieza del fondo. Para llegar hay que atravesar el jardín. Años atrás, el lugar era un galpón donde su padre guardaba las herramientas y máquinas de carpintería. Cuando el padre dejó el oficio de carpintero, lo ayudó a convertirlo en un espacio solo para él, su bulín. Víctor ha vuelto después de una década de vivir en otro barrio. Ha vuelto por poco tiempo. La madre limpió y acondicionó la pieza del fondo para recibirlo.

Debe permanecer aislado, evitar sobre todo estar cerca de la hija de dos años, que ha quedado al cuidado de su mujer, hasta que su cuerpo deje de irradiar. A Víctor le han dado de tomar yodo radiactivo como parte de un tratamiento. El aislamiento es una medida exagerada, piensa. Lo importante es no entrar en contacto con otras personas durante más de diez minutos. ¿O eran cinco? De cualquier modo, ha respetado a medias la orden del médico. Fue a trabajar como de costumbre, aunque evitó acercarse a los compañeros. Hoy no ha ido, hoy es domingo y resulta que se siente como si un camión le hubiera pasado por encima. En el trabajo nadie sabe del tratamiento y nadie podría notar en su cuerpo alguna anomalía, ni siquiera el mismo Víctor, a no ser por un profundo cansancio. La piel no se le ha vuelto fosforescente ni nada por el estilo. Y si el yodo no le hace daño a él, que lo ha ingerido, ¿cómo se supone que puede afectar a los demás? Sin embargo, con su hija ha sido prudente al extremo. Hace cuatro días que no la ve.

La madre da unos golpecitos en la puerta (su sombra en el vidrio esmerilado del postigo) y se mete sin esperar a que Víctor le abra o le responda desde adentro. Deja sobre la cama algunas camisas planchadas y un saco de lana gris.

–Esa no es mi ropa –se limita a decir él desde el sillón.

–Era de tu papá, fijate si te queda bien.

La madre sale y lo deja solo. Lo deja con una ausencia que se le hace presente en la memoria. Sabe que la ropa es de su mismo talle. Desde que murió su padre, ella le va pasando sus pertenencias, en cuotas, sin que él se las pida. Lo que la madre ignora o simula ignorar es que los recuerdos vienen con las prendas, camuflados en los colores, hundidos en los bolsillos, y se van desperezando tumultuosos como una maquinaria antigua, hasta llenarle la cabeza. La madre no pretende proyectar a su padre en él, de eso Víctor no tiene dudas, simplemente lo está dejando ir poco a poco con cada fardo que le entrega.

Mira por la ventana. Su sobrina y una amiguita juegan con el perro en el jardín. Gritan y ríen a más no poder. Le han echado encima una sábana sucia y vieja, a modo de túnica, con un agujero grande, un tajo por donde sobresale la cabeza del animal. Lo patean y le pisotean la sábana, mientras el perro ladra y trata de zafarse. Semejante escándalo pone a Víctor de mal humor. No tiene ánimos para chillarles. Se queda observándolas desde este lado del vidrio, desde este lado del mundo, tiritando de frío a pesar de la calefacción. Son niñas, se las ve plenas y radiantes. ¿Qué derecho tiene a pedirles que se manden a mudar?

Las dos salen corriendo y ya no se las ve por ninguna parte. El perro ha dejado de ladrar. Víctor intenta leer un poco. De pronto, la luz que viene de afuera desaparece. El cuerpo grueso de su madre proyecta una sombra sobre él. Se le dio por colgar la ropa en la soga que se extiende paralela a la ventana. Él puede verle la espalda, los brazos, la cabeza con los ruleros. ¿Por qué tiene que hacer esto justo ahora, un domingo a las dos y media de la tarde? A medida que va colgando la ropa, la madre se desplaza, y ya no es ella la que tapa una porción del jardín, sino una toalla azul.

Víctor se siente flojo como esos trapos que cuelgan, húmedos, de la soga. Su debilidad no se debe al efecto del yodo radiactivo, sino a una gripe tenaz y a la falta de una medicación que se vio obligado a suspender por el tratamiento. Debe pasar por todo esto para pulverizar cualquier vestigio del tumor que le extirparon junto con la tiroides hace algunos meses.

Suena el teléfono. Probablemente no es para él, ya que está de “turista” en lo de su madre. Espera que alguien atienda desde alguno de los otros aparatos de la casa. Sigue sonando. ¿Nadie va a levantar el tubo de una buena vez? Cierra el libro sin haber leído un solo párrafo. Envidia a los que son capaces de leer en cualquier circunstancia. Él necesita lucidez y tranquilidad, de lo contrario los ojos bailotean por encima de las palabras, mientras la cabeza viaja hacia otra parte. Silencio. Alguien se dignó atender, menos mal.

La madre abre la puerta nuevamente.

–¿Querés que te prepare un té?

–Sí, un té me vendría bien. Lo voy a tomar en el jardín.

–Qué bueno –se alegra ella–. Afuera te vas a sentir mejor.

Es necesario levantarse, juntar fuerzas aunque a uno le tiemblen las rodillas y tenga los pies duros como dos barras de hielo. El infierno puede ser algo muy distinto a las entrañas vivas de un volcán. El abismo de un continente helado.

Mira la ropa sobre la cama, se pone el saco del padre y sale al jardín. Se sienta en un banquito bajo el sol invernal. La madre no tarda en llevarle el té. El perro está echado cerca del rosal y se entretiene mordiendo la cabeza de una muñeca. La túnica que llevaba puesta, tendida en el césped, exhibe sus secuelas de fantasma maltratado.

Víctor sostiene la taza, la acerca a la boca pero no bebe. El aroma del té lo reconforta. El vapor se entremezcla con su aliento. Mira al cielo. No es un sol para impacientes; más bien parece una cosa dibujada allá arriba, sin autoridad.

Después de un rato, los rayos empiezan a calentarle el cuerpo. Prueba un sorbo de té y piensa en el padre, en la debilidad que mostraba en sus últimos días. La madre le decía para animarlo: “Levantate de la cama, tomá un poco de sol que te va a hacer bien”. Entonces el padre salía de las sombras del dormitorio, se iba al jardín arrastrando las pantuflas, con el pijama puesto, y se sentaba al sol.

No se siente extraño usando el saco de su padre. No es que deba sentirse extraño, pero al deslizar la mano por la textura de la lana lo asalta la impresión de que la caricia va más allá de su propio cuerpo.

Ya está mejor: parece haber recuperado fuerzas, y hasta ha dejado de temblar.

Cuando el sol se esconde en una nube, todo el bienestar desaparece. Para colmo, las niñas vuelven al jardín y repiten el juego de molestar al perro. Al perro y al tío Víctor. Gritos y más gritos. No va a llamarles la atención, no quiere ser ni parecer un cascarrabias. El viento se levanta en rachas imprevistas y Víctor se estremece.

Ha caído en esa región donde la realidad pierde sus contornos y el tiempo se mueve de un modo diferente, si es que se mueve. Por más que reaparezca el sol, por más que beba otro poco de té caliente, sospecha que de ese pozo no va a salir con facilidad.

La taza tiembla en sus manos. Las niñas siguen ahí pero él apenas las oye.

Es fácil cerrar los ojos y entregarse al naufragio definitivo. Pero no es eso lo que Víctor quiere. ¿Cómo hacer para resistir, para seguir a flote?

Un deseo se enciende en él: volver a escuchar a las niñas, crisparse otra vez con cada ladrido. Recuperar todo aquello de lo que ha estado renegando.

El deseo no se desvanece. Por el contrario, se alimenta de un calor que no nace del cielo ni de su pecho. Víctor tiene la certeza de que surge del saco de lana de su padre. Un aliento protector que, poco a poco, lo ayuda a salir de su letargo.

Daniel De Leo nació en Buenos Aires en 1973. Obtuvo premios en concursos de Latinoamérica y España. Colaboró como redactor en la revista literaria Axolotl. Es autor del libro de cuentos Después de la tormenta, publicado por la Fundación Victoria Ocampo. En 2011 el Fondo Nacional de las Artes le otorgó el tercer premio, género cuento, por su libro Barro nocturno, publicado por Santiago Arcos Editor.