“El código Da Vinci”: sobre los “best seller” y otras yerbas

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Veinte años atrás, Dan Brown –escritor norteamericano– publicaba Ángeles y demonios, la primera novela en la que aparecía Robert Langdon, un profesor de iconología y simbología religiosa en la Universidad de Harvard. Investigando un misterioso símbolo, se encuentra con la secta de los Illuminati, hermandad que lleva siglos enfrentada a la Iglesia católica. Tres años después, Brown publica El código Da Vinci que no solo se transforma en un best seller, sino que despierta varias polémicas.

En primer lugar, sin ahondar demasiado en esta cuestión, hay un prejuicio que rodea todo best seller, que desde el vamos es definido como un ‘libro de gran éxito comercial’. Es común asociar el éxito con la poca calidad literaria, argumento fácilmente refutable si tomamos tantos textos que fueron best seller, pero que nadie podría decir que están mal escritos: Cien años de soledad, por ejemplo, y solo para mencionar uno de tantos. Es cierto que no es el caso de El código Da Vinci, en tanto parece concebido más para ser llevado al cine que para ser sometido a un análisis sobre su escritura. Sin embargo, la novela maneja muy bien el suspenso, crea personajes que enganchan a los lectores y atrapa por su trama: creo que, en este sentido, Dan Brown logró lo que se proponía.

En segundo lugar, la polémica mayor se desató por el contenido: a partir del asesinato de Jacques Saunière, ocurrido en el Museo del Louvre en París, Langdon comienza una investigación que lo lleva a elaborar una controvertida teoría sobre Jesucristo y María Magdalena, con el condimento del Opus Dei, el Santo Grial y un trasfondo donde el arte y la historia están muy presentes. Por si todo esto fuera poco, el autor también fue acusado de plagio más de una vez, aunque salió ileso en cada caso.

Lo que desató esta segunda polémica es la relación realidad/ficción, que ya se plantea desde la antigüedad clásica. Según los eruditos, El código Da Vinci está lleno de inexactitudes y errores con respecto a las menciones que hace sobre historia y arte, y ni hablar de las reacciones que despertó en la Iglesia católica por las falsedades que presenta. Hasta se hizo un rastreo de los datos que aparecen y que resultan imposibles desde el punto de vista fáctico.

Ahora bien, ¿es conveniente leer un texto de ficción desde las categorías de verdad/mentira? Juan José Saer tiene un libro de ensayos que aborda estos temas y que resulta de lectura casi obligada: El concepto de ficción (1997). Allí afirma sobre la literatura: “No es una claudicación ante tal o cual ética de la verdad, sino la búsqueda de una un poco menos rudimentaria. La ficción no es, por lo tanto, una reivindicación de lo falso. Aun aquellas ficciones que incorporan lo falso de un modo deliberado –fuentes falsas, atribuciones  falsas,  confusión  de  datos  históricos  con datos  imaginarios,  etcétera–,  lo  hacen  no  para  confundir al lector, sino para señalar el carácter doble de la ficción, que mezcla, de un modo inevitable, lo empírico y lo imaginario”.

Por último, y a modo de síntesis, novelas como las de Dan Brown nos ponen frente a discusiones interesantísimas dentro del campo literario, las que confluyen en la gran pregunta: ¿qué hace que un texto sea exitoso y tenga muchos lectores? Lo bueno es que todavía no lo sepamos y que cada libro venga a dar su propia respuesta.