Crítica de “Los Elementales”, de Michael McDowell

0
56

Michael McDowell se inscribe en la tradición del gótico sureño, corriente a la que pertenecen –ni más ni menos– William Faulkner, Carson McCullers, Flannery O’Connor, Harper Lee o Eudora Welty, solo por mencionar algunos autores y autoras. Los Elementales, además, es una excelente novela de terror que combina en dosis justas a Edgar Allan Poe, Howard Phillips Lovecraft y Stephen King.

El libro comienza en el funeral de Marian Savage, donde concurren los que serán los protagonistas de esta historia: sus hijos Dauphin y la monja Mary Scott; su mejor amiga, Big Barbara McCray, y sus hijos Luker –padre de India de 13 años– y Leigh –esposa de Dauphin–; y Odessa, su mucama desde hace 30 años. A todos los une la muerta, pero también tres casas en Beldame donde suelen veranear juntos. Una de estas será el escenario de hechos siniestros.

Las casas con fantasmas son típicas de la literatura gótica de terror y ofrecen características de las que se vale McDowell para trascender el clisé y renovar un motivo recurrente en el género. Estos lugares están rodeados de paisajes sombríos y de difícil acceso –en este caso arena y un canal cuyas aguas suben dejando aisladas las mansiones–. Allí hay también presencias y hechos sobrenaturales que amenazan a los habitantes; secretos que se guardan celosamente; y la infaltable maldad que acecha en cada rincón: en Beldame están los Elementales, que de a poco vamos descubriendo quiénes son y cómo se relacionan con los Savage. Sin embargo, lo que hace original a esta novela es, por un lado, el estilo del autor; y por otro, esa combinación de la que hablaba en el primer párrafo.

En cuanto al estilo, McDowell tiene muy en claro cómo generar suspenso en el lector: escatima la información o adelanta hechos, y se aprovecha de los leitmotivs del género para mantenernos atrapados en todo momento. Además, maneja el humor y la ironía, construye diálogos necesarios, y es experto en las descripciones y en la creación de atmósferas siempre con un dejo poético: “La luna nueva era un parche negro cosido a un tapiz todavía más negro”; “La arena era una blancura congelada como un mar, pálida y terrible”.

Si hablamos de la influencia de los grandes maestros del terror, a Poe le debe lo típicamente gótico heredado del Romanticismo; a King, la creación de personajes con hondura psicológica, y a Lovecraft la representación de esos monstruos que, en su cuento “There are more things” (precisamente a la memoria del autor de Providence), Jorge Luis Borges define con tres adjetivos: “opresivo y lento y plural”. Baste este párrafo a modo de ejemplo: “La abominación de un bebé empezó a gatear hacia él (…). Era enorme y deforme; no tenía ojos ni nariz, pero sus orejas era antinaturalmente grandes y sus dientes antinaturalmente pequeños y numerosos. Las manos y los pies eran carnosos y parecían garras”.

Asimismo, como en toda literatura sureña norteamericana, no falta la referencia a las desigualdades sociales, en este caso en el personaje de Odessa que establece una estrecha relación con India, lo que da lugar a un contraste entre dos clases que paulatinamente se van acercando.

Antes de leer la novela, conviene detenerse en el excelente prólogo de Mariana Enríquez que habla del autor y de los temas del libro, y que nos recuerda –evocando lo siniestro de Sigmund Freud– que “al terror le gusta encontrarnos justo en el lugar donde nos creíamos casi invulnerables”: en esto McDowell es un especialista.

Michael McDowell, Los Elementales, La Bestia Equilátera, 2018, 320 págs.

Michael McDowell nació en 1950 en Enterprise, sureste de Alabama. Escribió guiones para televisión, entre ellos varios episodios de series antológicas como Tales from the Darkside, Historias asombrosas, Cuentos de la cripta. Para el director Tim Burton comenzó adaptando un cuento de Ray Bradbury, “La jarra”, que apareció en Alfred Hitchcock presenta, y luego escribió los guiones de Beetlejuice (1988) y El extraño mundo de Jack (1993).