Lecturas para el verano: “Frío”, Fabiana Duarte

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Fabiana Duarte comparte uno de sus cuentos en Lecturas para el verano.

Frío

El ruido del viento no me deja descansar.

A las tres de la mañana, el insomnio finalmente resulta vencedor.

Me asomo a la ventana del quinto piso enclavado en el cerro congelado y miro hacia la negrura del lago. Desacostumbrado a dormir en altura, tengo la sensación de estar volando aún. Sigo mareado, como si la habitación del hotel boutique entrara en zona de turbulencia. Incluso creo escuchar la turbina del avión, pero no; es el viento áspero de la Patagonia.

Pasé parte de mi infancia en una cabaña cerca de la frontera con Chile, a unos pocos kilómetros de este lugar. Para cuando cumplí los cinco años, mi padre me llevó a anotar a la escuela. Nos dejó a mi madre y a mí, en el auto. Ella sentada en el asiento del acompañante y yo atrás. Mientras esperábamos, mamá dibujó con el dedo una cabeza con los ojos deformes en el vidrio empañado. No hablaba mucho, nunca me besaba. Comencé la escuela y comprendí que ella no era como las otras madres. Ni siquiera podía mantener la vista fija en mis ojos.

Mi padre trabajaba en el pueblo, y de un día para otro dejó de quedarse a dormir. Pasaba un rato por las tardes y se encerraba con ella en el cuarto. Entonces, yo me refugiaba en el bosque y volvía cuando ya todo estaba en calma.

Para mis diez años, venía una o dos veces al mes y se quedaba unos días. Llenaba las alacenas de comida enlatada, arreglaba cañerías, las goteras del techo, deshollinaba la chimenea y se marchaba. No había vecinos cerca, nadie nos visitaba. Yo tenía obligaciones que cumplir, como ir a la escuela, juntar leña. Ella preparaba la comida y a veces hasta amasaba pan. No quería que la tocara, pero cada tanto se dejaba bañar. Especialmente después de esos días en los que su cuerpo despedía ese fuerte olor a hierro, como a carne podrida. Yo calentaba agua, llenaba el fuentón de lata y le daba un trapo embadurnado en jabón blanco, luego salía del baño. Al grito de: “Ya”, entraba. La veía sentada adentro del fuentón, envuelta en vapor y espuma. Se cubría los pechos con las manos. Mientras esperaba que lavara su largo pelo negro, ella cerraba los ojos.

Después de desayunar, ya en el lobby del hotel, subo al tope la cremallera del abrigo y salgo a la calle. El auto que alquilé en el aeropuerto es un monovolumen y siento cierta inestabilidad al descender por el camino de cornisa. Dejé en suspenso por unos días la pasantía en Toronto, y a Yuki, mi novia japonesa. Ella había insistido en acompañarme, pero no quise que el pasado contaminara mi vida perfecta.

Una sola vez mi madre enfermó, vomitaba todo el tiempo. Mi padre trajo a la casa a una mujer robusta, de ojos saltones, se quedó parada en la cocina inspeccionándolo todo, traía un bolso que apretaba contra su cuerpo. Él me ordenó que calentara agua en una olla y que me fuera a dar una vuelta, que volviera en unas horas. Rondé por la casa, oí el cuchicheo entre la mujer y papá cuando entraron al cuarto de mamá y cerraron la ventana. Cuando volví, mi padre y la mujer tomaban café en la cocina. Corrí al cuarto y encontré a mi madre acostada, tapada hasta el cuello, con la vista fija en el techo. No se movió de la cama por varios días.

Llego diez minutos antes de lo previsto al estudio donde leerán el testamento de mi padre. Me piden que aguarde en una sala junto a otras personas. A un costado, la cabeza de un ciervo colorado emerge de la pared, su cornamenta es del doble del tamaño que la cabeza. Me asomo a la ventana para observar el pueblo, necesito un poco de cotidianidad.

Llaman a Suarez Ocampo de una oficina. Cuando encaro hacia la puerta, una mujer mayor con una niña de unos doce años, y un muchacho joven, me siguen. Entro y me ubico en el único sillón frente al escritorio del abogado. Los demás ocupan sillas. El abogado pide los documentos y caigo en la cuenta de que todos estamos ahí por lo mismo. Paso de ser hijo único a tener dos hermanastros de distintas madres. La noticia hace que un frío me suba por las piernas como una babosa. En la repartija me quedo con la casa en la montaña y unos terrenos en el pueblo.

De chico, no tenía miedo de caminar los tres kilómetros por el bosque para ir a la escuela. En invierno, cuando la nieve lo cubría todo, nunca me perdí. Pero aquella noche había sido diferente. Semanas enteras de ventiscas heladas habían bloqueado los caminos. Quedaba leña para permanecer calientes ¿cuántas horas?, cinco, seis más a lo sumo.

Mamá miraba hacia afuera, buscaba las luces del auto de mi padre. Caminaba sin cesar de la puerta a la ventana. Cada cierto tiempo se detenía frente al vidrio, con un pie adelante, el otro atrás, se mecía. Con la palma de la mano abierta se alisaba el pelo desde la frente hasta la nuca con una frecuencia enfermiza. Decía algo inentendible y vuelta a empezar. Repetía la secuencia hasta el hartazgo. A pesar de que me esforcé para no dormir, en la madrugada me despabiló el frío en los huesos y el ruido de la puerta de entrada que rebotaba entreabierta. La busqué por toda la casa, pero no había nadie más. Afuera, copos blancos caían en cámara lenta sin emitir sonido.

Cuando salimos del estudio del abogado la mujer mayor toma a la nena de la mano y sin mirarnos cruzan la calle. El pibe joven, mi nuevo hermano, se queda parado en la vereda propiciando un acercamiento. Lo saludo con una sonrisa fingida y me alejo.

Antes de salir cambio el monovolumen por una camioneta de doble tracción. Me quedan varios kilómetros por recorrer. Viajo en silencio, primero por ruta y luego adentrándome en parajes blancos y desolados, intento sintonizar en la radio alguna estación local, pero solo escucho estática. Bajo de la camioneta, mis botas se hunden a cada paso por la nieve acumulada. Veo a un zorrito correr y escabullirse entre los coihues. La cabaña aparece fantasmal cubierta de nieve, en total abandono. Un árbol le había caído encima, partiendo la cocina en dos.

Aquella madrugada salí a buscarla sin saber bien hacia dónde ir. El temporal había cubierto todo rastro de sus pisadas. Caminé hacia el oeste. A una hora de marcha, no había avanzado demasiado, la nieve me llegaba a la cintura. Estaba empapado, no lograba distinguir nada entre las sombras. Grité su nombre a la oscuridad. Temblaba tanto, tuve miedo de morir. Lloré todo el camino de regreso. Me saqué la ropa mojada, me arropé con mantas. Sentado en el piso, lentamente caí en un sopor y me dormí. No encontraron su cuerpo. Era como si hubiese levantado vuelo, o como si nunca hubiera existido.

Bajo el reparo de la galería maltrecha, miro la espesura del bosque nevado frente a mí. Un frío seco congela mi nariz. Me apena revivir lo que sentí aquella mañana al despertar. Una ingrata y culposa sensación de alivio.

Fabiana Duarte publicó en Antología de cuentos de terror, tomo 11 Lista Negra (Pelos de Punta, 2016), en la revista de literatura digital El Narratorio (2016/2017), en el blog de literatura fantástica Conurbano Profundo (2016), en la revista de literatura Kundra (2017), en el blog literario Inventiva Social (2017), y participó en el ciclo Lecturas a la Sombra (2018). Su primera novela A los trece fue publicada por Eolas Ediciones en España (2019). Realizó talleres de narrativa con Jorge Consiglio, Christian Kupchik, Daniel De Leo, Fernanda García Lao y Martín Kohan.