Crítica de “Dalí, en Busca de la Inmortalidad”, de David Pujol

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    Al fin llega a nuestras pantallas de cine este fascinante documental de un artista fascinante que tuvo una vida y una obra también fascinante. Y es que el estreno de Dalí, en busca de la Inmortalidad fue allá lejos y hace tiempo, precisamente en el 2018 y que por esos misterios de la distribución, la oportunidad o alguna otra problemática que desconozco, aterrizó en estas latitudes dos años después. Cosas tan surrealistas como el mismo artista.

    Contar la vida de Salvador Dalí no es tarea fácil, y no por carecer de información o no tener los suficientes datos como para hacerlo. Al contrario, la vida de Dalí siempre estuvo en primera plana, ya sea por sus excentricidades que aparecían en diarios y revistas, por su obra monumental que asombraba a críticos y público en general o por su coqueteo incesante con la prensa escrita o audiovisual a través apariciones públicas siempre irreverentes y, como no podía ser de otra manera, exhuberantes. De hecho, en uno de los tantísimos reportajes que dio habla de la importancia que tenía para él el cine, los medios gráficos, el periodismo y la fotografía. Es por ello que siempre estaba a disposición de fotógrafos y admiradores, es decir, no escatimaba esfuerzos en ubicarse en el centro de atracción para que no lo olviden, para hacerse inmortal.

    Porque de eso se trata el documental de David Pujol: de cómo el Dalí mortal quiere trascender y hacerse inmortal ya sea por medio de su obra, de sus dichos —que siempre causaban polémica—, de su irrefrenable tendencia de trastocar la realidad en simbolismos pictóricos que aún hoy son materia de estudio de críticos de arte o por un amor que siempre estuvo expuesto a la luz de los reflectores mediáticos: Gala, su mujer, musa, modelo, marchante y compañera de toda la vida.

    Como bien sabemos, Dalí es uno de los más importantes referentes del surrealismo —movimiento artístico que nació en Francia en la década del ´20 y que influyó no solo en la pintura sino todas las demás artes— pero el enfoque original de Pujol no está centrado tanto en su obra como en la eterna búsqueda de un espacio propio. Por momentos el documental del director español parece un deslumbrante recorrido arquitectónico sobre las diferentes viviendas de Dalí, búsquedas de lugares cada vez más espaciosos que ocuparon gran parte de la vida del artista catalán. Desde el progresivo desarrollo de su casa-taller en Portlligat —que iba creciendo a medida que adquiría las diferentes barracas de pescadores y que iba acoplando a las anteriores—, la construcción del Teatro Museo Dalí en Figueres, o la refacción del imponente castillo Púbol que Dalí le obsequió a su mujer.

    Es así que vamos recorriendo facetas poco conocidas del artista, tanto en su conexión con el entorno paisajístico como el arquitectónico. “Dalí sin su paisaje no se entiende”, dice Montse Dever, directora del Museo Dalí y guionista del documental. 

    Dalí y su relación amor-odio con su padre y su familia, Dalí como estandarte del surrealismo europeo en pleno suelo americano —más precisamente en New York—, Dalí como un ser lleno de contradicciones entre su muerte —a la que le temía— y su creencia en que nunca iba a morir, Dalí y sus actitudes narcisistas y ególatras que tenían un solo propósito: elevarse por sobre el fantasma de su hermano muerto a fuerza de mostrarse siempre vivo e irreverente.

    Dividida en más de veinte segmentos, en donde cada uno lleva un título, como si de capítulos de una novela se tratara, Dalí, en busca de la Inmortalidad, es un pantallazo que abarca la vida del artista desde sus primeras incursiones en el arte siendo un adolescente, su amistad con grandes artistas de la época como Buñuel —con quien realizó Un Perro Andaluz (1929), uno de los cortos más controversiales de todos los tiempos y  La Edad de Oro (1930)—, Paul Eluard —primer marido de Gala—, Man Ray, Federico García Lorca y hasta con Walt Disney con quien realizó el corto animado Destino que si bien fue un proyecto iniciado por ambos en 1945, recién se estrenó en el 2003 y hasta con un ferviente admirador como lo fue Alfred Hitchcock a quién le creó los decorados para su película Spellbound (1945).

    Producida por la Fundació Gala-Salvador Dalí, este documental de casi dos horas de duración, en donde no faltan una gran cantidad de fotos y videos de archivo, es una mirada original sobre un genio del siglo XX, una mirada lateral —no exenta de sus grandes obras pictóricas que aparecen para maravillarnos, como La Persistencia de la Memoria, La Tentación de San Antonio, Muchacha en la Ventana, Cristo de San Juan de la Cruz, La última Cena, La Madonna de Port Ligat, Reminiscencia Arqueológica del Ángelus de Millet —en donde vemos la importancia casi obsesiva que Dalí le dio al cuadro El Ängelus, de Millet y que luego plasmó en infinidad de sus propias obras— , Galatea de las Esferas, y tantos otros que sería imposible de enumerar—, como así también de sus esculturas como el Retrato de Mae West o instalaciones de neto corte onírico.

    Porque si bien la trascendencia de Dalí reside en haber roto las fronteras entre la realidad y el sueño, que es una realidad deformada por el subconsciente, también fue un hombre en continuo conflicto con su falta de fe, lo que de alguna manera y aunque suene paradójico, lo hace mucho más humano. Ferviente seguidor de las últimas teorías físicas y matemáticas, dotó a sus cuadros no solo de extrañas criaturas imposibles sino de complejas estructuras tridimensionales; de figuras propias del clasicismo y del Renacimiento que ubicó en planos totalmente inusuales, casi extraterrestres, y de la figura casi omnipresente de Gala.

    Dalí, en Busca de la Inmortalidad nos habla de eso y mucho más, y ese mucho más es lo valioso en este filme. Porque, todos reconocemos de inmediato el “cuadro de los relojes blandos”, pero pocos sabemos que uno de los últimos libros que pidió que le leyeran poco antes de morir, fue “La Teoría del Todo” de Stephen Hawking, o que para visitar el Castillo de Púbol, en donde residía su amada Gala,  tenía que ser invitado mediante una nota escrita. De todo eso nos habla Pujol en esta gran película. Deslumbrante, luminosa y sumamente creativa, como al gran Salvador Dalí le hubiese gustado hacerla.