Lecturas para el verano: “El sueño de Evaristo”, de Alejandro Bisignano Burgos

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Seguimos compartiendo cuentos, como el de Alejandro Bisignano Burgos.

El sueño de Evaristo

De chico siempre tuve perros. No en cantidad y todos juntos, sino que pasaron como lo hace la infancia: de a poco, casi despacio en ciertos puntos; y veloces, atroces, fugaces en otros. ¿Viste cuando les sostenés cualquier objeto en el aire a los gatos o les movés la ramita a los perros para que luego corran y la traigan e insistan en repetir la aventura? ¿Viste cómo te miran? Se quedan ahí y de esa manera porque están viendo las partículas de algo que nosotros no descubrimos pero que ellos sí. Y se les caen, todas, se les arriman de a poco, desde el aire hacia ellos. Primero, imagino, deben ser puntos diminutos perdidos entre la luz del sol y el resto de la ensalada. Luego van creciendo, por suerte. Van formando una figura, o no, van tomando coraje, eso. Se van convirtiendo en algo más que un pedacito de cosa cayendo del cielo.

Y ahí soñé y el mundo se me hizo pelotita de ping-pong. El cielo mismo se transformó en tablero de TEG y supuse que con él alcanza para notar cómo caen desde allá, allá, bien arriba, cositas que se van convirtiendo en cosas. Así de simple y para que se entienda. Cositas que se convierten en cosas. Pedacitos de nada que van construyéndose en algo. Ilógico, puede ser. Pero base irrefutable de aquel primer sueño, seguro.

Ahora, qué difícil todo esto. ¿Valdrá la pena soñar cualquier cosa por más descabellada que sea, o tendríamos que aprovechar esa instancia de inmortalidad para probar el escenario y sacar conclusiones o prueba y error? Eso. Usar al sueño de prueba piloto de nuestras futuras acciones. Equivocarse. Morir y seguir de gira. Renacer y perfumarse, o no. Con volver está bien. Volver y ser pancarta, afiche, motivo de algo aunque más no sea odio. Pero no el odio cruel, torpe y perezoso. Sino el odio chiquito, el casi bronca, el por qué lo hizo él y no yo. Eso dije, eso. La envidia sana y la falta de fuerza para hacerlo por primera vez. Volver vestido para la ocasión. Peinadito por si viene gente. Con los cordones atados y el salto dispuesto y el aire el enorme aire hablo del aire y se me piantan hasta las comas. Qué terrible. Cómo pude soñar eso en aquella noche de 1993. Yo tenía once años y un flequillo espantoso. A los ocho años, en el 2001, volví a soñar lo mismo. Ahora tenía diecinueve y unas zapatillas que llevaban la firma del Gobernador de la Provincia de Buenos Aires. Qué lo tiró de las patas. Justo. Patas y zapatillas. Qué coincidencia. En fin, volví a soñarlo y supuse que ya estaba listo. Que ese era el momento y que sólo bastaba conseguir el lugar.

¿Sencillo?, para nada: ahí fue cuando apareció el miedo a despertarse, ponerse las medias, analizar el tráfico y el clima. Desayunar café y tostado de mortadela y queso. Y orégano. Mucho orégano. Cómo me apasiona el orégano. Desayunar vestido así no se me hace tarde. Mirar por la ventana como quien mira al punto crucial de la vida frente a sí mismo. ¿Cómo iba a lograrlo? ¿Y si algo salía mal? ¡A la tapa de los diarios! ¡A los avisos fúnebres y al llanto pelado de por qué lo hiciste, chango, por qué lo hiciste!

Luego, quizá, en caso de renacer en otra cosa, pensaría más fríamente las posibles consecuencias. Dejaría titulares para el momento propicio, dado que si finalmente la locura concluiría con un abrazo a la tragedia, yo mismo quisiera ser el mensajero.

Entonces corrí la vista de la ventana y agarré la bicicleta. Fui hacia lo del Tano Raidondi, gran artífice de todo este calvario. Lo vi manotear un termo de acero inoxidable y comenzó a llenarlo con vino blanco. Al servir medio litro, lo dejó sobre la mesada y de la heladera agarró una sidra de etiqueta negra. Barata pero fifí, y sepan disculpar: la pobreza también tiene productos que se esmeran en ponerla más pintona. Ahí nomás el Tano me indicó el camino hacia la camioneta. Me dijo que en diez, quince minutos llegaríamos sin drama. Me dijo eso y le creí. ¿Pero podés creer que no pasaron ni cinco, seis como mucho hasta que me señaló aquello? Carajo. Carajo que parecía livianito. “Mejor iré en un paloma”, pensé. “Mejor intento hacerlo solo”, pero no. Ya estaba ahí. Era subirme y hacerlo o arrepentirme para siempre. Nunca más jugarían a ese horario, ese partido bajo el sol del mediodía. Una locura maquillada con la excusa de la seguridad. Que el protocolo esto, la Asociación aquello. ¡Una barbarie futbolística! Una formidable chance de lograr mi cometido. Cumplir el sueño. EL sueño. El gran primer sueño de todos.

Y sigo, porque Raidondi me pasó unos auriculares. Grandes, incómodos. Parecían de la era paleozoica. Un pedazo de Pangea en cada oreja. “Para protegerte de la altura”, me dijo. Y medio que reculé. ¿Tan alto iríamos? ¿Y si me tropiezo y se me mete un pedacito de nube por la boca y me atraganto y el Tano, ocupado en pilotear ese prototipo de canario, se da cuenta tarde y pasa de llevar a un desquiciado cumplidor de sueños a un fiambre asesinado por una nube?

—¡Te podes apurar que no llegamos, eh, te juro que no llegamos! —me gritó el Tano apenas se acomodó en la cabina.

Yo miré mis zapatillas. La firma del Gobernador seguía intacta. ¿Habrá firmado una por una o será todo una farsa? Ajusté los cordones y bajé el pantalón hasta taparme la lengüeta azul. Caminé con la vista clavada en los motores de la nave. Le pedí a Dios o a quien sea que estuviera atento, que no nos dejara solos allá arriba. Que era mucho más que un deseo. Era ponerle una curita a la rotura de ligamentos que me había alejado de las canchas a muy temprana edad. Porque claro, jugar hasta grandes, casi hasta los cuarenta, no todos. Pero abandonar el fútbol a los doce años, yo solito, eh. Tenía proyección, carajo. Soñaba con una carrera. Primero inferiores, luego concentrar con la primera en algún torneo de verano. Que me rapen, qué importa. Que me hagan la malteada esa de bienvenida a la primera división. Y luego esperar el turno, afuera de la lista o en el banco de suplentes hasta que llegara el día. Ver al técnico con su dedito apuntándome hacia el pecho y pidiendo que le meta porque entraba los últimos seis minutos. ¡Seis minutos! ¡Dame treinta segundos al menos que me vuelvo loco! Y escuchar al árbitro pitar y anunciar el cambio, darle un beso al pasto, saludar al amigo que le tocara salir y entrar con todo. Como una tromba. Como Odiseo y su caballo en Troya pero en el Monumental. Carajo. Entrar y gritar que acá estoy yo, Mario Evaristo Fuentes Azzetta. Y díganme Evaristo, carajo. Y tírenme el centro que me vuelvo loco, pero no. Seis minutos pasan muy rápido. Mucho más en los sueños, es como un abrir y cerrar de ojos. Volando o casi, a las chapas. Así pasan.

—¡Mario! ¡Si no te subís ahora me vuelvo a casa! —Pero qué rompe bolas este Tano. Le hubiese dicho a otro. No sé. No, a otro no. Porque claro, acá en San Fernando el Tano es el único piloto que conozco. Y digo piloto y hasta Tom Hanks se debería descomponer de la risa haciendo plancha en el Río Hudson. El Tano sabía pilotear, nada más. Como aquellos que saben cocinar y no son chefs. Bueno, el Tano era el Tano y con eso, en ese momento, arriba de esa avioneta de morondanga, yo tenía el cartón lleno para cumplir el sueño. EL sueño. El gran primer sueño de todos.

Entonces le hice caso y me acerqué. El Tano Raidondi volvió a gritar y mi paciencia qué basta, viejo, ya basta, ya voy. Que podrías pasarle una escoba de vez en cuando, le dije. Que mirá qué despiole que tenés por acá, Tano. A lo que el Tano me dijo que me sentara, bah, me pidió que me sentara y me quedara quieto. Me dijo que no me haga el langa y que me abrace al fierro del armatoste volador que atravesaba toda la parte de atrás de la cabina. Y yo le hice caso, de nuevo. El Tano no sería Tom Hanks pero estaba a cargo del volante. Y por eso ya le tenía cierto respeto. Más que antes. Mucho más que antes.

—¿Te podés acomodar los auriculares por el santo amor de tu madrina? —Peeeero qué tipo rompe huevos resultó ser el Taaano, cheee. Rompe huevos y meticuloso. Porque como mucho, como mucho, eh, un centímetro…, no, medio centímetro los tenía corridos.

El Tano encendió el motor.

—Padrenuestroqueestásenloscielos santificadoseatunombre…

—¿Desde cuándo sos creyente, Mario? —me consultó Raidondi al despegarse del suelo y conseguir los primeros metros de altura. Yo no supe qué contestarle.

Empecé a ver el río y su perseverancia, la Panamericana y los accidentes, la estación de Virreyes, y lo imaginé a Jorge encendiendo el fuego y a Chelsea con un hielo para el vino blanco. Me pareció escuchar ruido de piedras, como amontonadas en un frasco, y pensé que estaría loco si en ese punto entre el cielo y la tierra lograba escuchar a Agustina agitar los frascos de comida para los gatos. Sonreí, claro, porque me gustó mucho eso de escucharla. Volví a mirar hacia el otro lado y encontré poetas, cantantes, pintores, bailarines, y supuse que el mundo había encontrado la cura contra la tristeza, pero no. Porque más allá observé corridas y fuego y maltrato y miedo. Escuché bocinas y gritos y cambio cambio change pago más y deduje que para aquel lado estaría el centro porteño; con su olor a café y a tortilla del puesto de Avenida de Mayo, con sus luces encendidas al mango y la oscuridad de siempre, se vea o no, de las escaleras que bajan en las galerías que van vaya a saber uno dónde. Y el Tano que prendió el walkman y me pidió que me acercara, que ya casi, que me prepare porque ya llegábamos. Y yo que me puse a pensar… ¿y si le digo que no?, carajo. No, no puedo. Tengo que hacerlo tengo que hacerlo tengo que hacerlo me repetí sin respirar entre las palabras. Y el Tano que me preguntó si estaba bien del aire, si sabía ajustarme la mochila, abrir el paracaídas y todo eso, si tenía la bolsa por las dudas y la video filmadora. Yo le dije que había dejado la batería en carga durante toda la noche. Había visto videos de cómo planear y aguantar la presión sobre el pecho sin que me desmaye ni nada por el estilo. Un paro cardíaco en pleno vuelo.

—¿Te imaginás si me muero en el aire? —le pregunté al Tano mientras este subía el volumen para escuchar la salida de los equipos y el pitazo inicial del Superclásico del fútbol mundial, en el Monumental, al mediodía, por cositas de protocolo y seguridad.

El Tano Raidondi me dijo que no le hinchara más los huevos. Que estaba piloteando esa avioneta solo por pedido mío. Que trate de no morirme al bajar y robar la pelota y meterles un gol a ellos. En la cancha de mi vida. Una locura, pero no. No era una boludez y qué capricho ni qué capricho: a los doce años me había roto los ligamentos; a los doce años la rodilla me había quedado como puré de zapallo, y yo debía estar ahí. O al menos debería haberlo podido intentar. Una chance. Una citación, tenía con qué, carajo. Alcanzar la pelota desde atrás del cartel, algo. Sostener la toalla del arquero, qué sé yo, pero no.

El Tano me dijo que debía saltar. Que si seguía con las dudas y la demora, el viento me iba a estropear la jeta contra el cartel gigante que anunciaba Argentina 0 – Inglaterra 0, catorce minutos del primer tiempo. Yo pensé que más que soñador, sería de caprichoso pretender un gol en el último minuto, así que me conformé con la idea de abrir el marcador. “Tengo que doblar, Evaristo, tengo que doblar”, me dijo el Tano. Yo me acomodé contra la puerta corrediza, el riel iba hacia mi derecha, hacia el fondo de la avioneta. Una vez abierta, el viento me escribió en el alma el significado de la palabra “miedo”. Yo prendí la filmadora, le grité un muchas gracias al Tano Raidondi y me toqué el tatuaje del gemelo donde estaba Germán Adrián Ramón “el Mono” Burgos, con su buzo violeta y su melena pseudo stone.

Ya fue, yo me tiro, me dije a mí mismo. Ahí está la pelota. Peligro de gol. Ta-tan ta-tan.

Alejandro Bisignano Burgos nació en Lomas de Zamora; es escritor, editor, narrador y bajista. Publicó los libros de poesía y cuentos La paz de una mujer en los días de abril (2012, Letra Prima), Cartografía de una sirena plenilúnica (2012, Letra Prima), Parafernalia de la noche de un miércoles cualquiera (2014, Artilugios); y las novelas 38 metros cuadrados (2016, Arturo Ediciones) y Vos sos la alegría (2016, Arturo Ediciones).