El Phamarkos de Villa Gesell

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    En la Grecia Antigua existía una costumbre que indicaba que frente a una situación extrema, como una peste, una invasión o un terremoto, era menester, para atenuar el problema, elegir a algún habitante, llevarlo fuera de los límites de la ciudad y molerlo a palos, hasta la muerte o bien hasta la inconciencia. A este “chivo expiatorio” se lo denominaba Pharmakos, que también significa “remedio”, ya que era la forma que pensaban podían aliviar la situación de catástrofe. Una suerte de sacrificio ritual. ¿A quién elegían para esa “tarea”? Pues a quien el pueblo, por algún motivo, consideraba que era bueno matarlo o al menos darle una buena paliza. No había por lo tanto, ninguna razón valedera que lo justificara.

    Esta idea del “chivo expiatorio” no es privativa del mundo de la Grecia Antigua; si repasamos la nefasta historia de la Inquisición, observaremos que la idea está presente, generalmente en todos los casos. Los datos dicen que prácticamente no hubo ni nobles ni clérigos de importancia entre sus víctimas. La mayor parte de quienes sufrieron los castigos de la Iglesia fueron mujeres. No hace falta aclarar que las mujeres fueron el chivo expiatorio de la sociedad medieval y siguieron siéndolo en la sociedad industrial, aún en la actualidad. Pero no son únicamente las mujeres: miembros de minorías étnicas y de género son también el chivo expiatorio de la historia occidental. Los holocaustos que sembraron de horror al Siglo XX son una prueba más que concluyente de la situación expuesta.

    Los Estados Modernos, luego de las Revoluciones Burguesas que tuvieron lugar entre los siglos XVII y XVIII, sostuvieron la estructura lógica del Derecho en contra, justamente, del concepto del “chivo expiatorio”. Nadie en nuestras imperfectas sociedades es, en teoría, culpable a priori, siempre somos inocentes y lo que el Estado debe probar, es precisamente nuestra culpabilidad. Que la duda beneficie al imputado (in dubia pro reo) es un efecto del horror que causó la aplicación del pharmakos como norma durante los últimos siglos de la Edad Media. La muerte de inocentes nunca puede ser justificada si el marco de análisis es racional. Cuando el Sentimiento gobierna al Derecho, eliminando a la Razón, nace la Arbitrariedad y el Autoritarismo se enseñorea.

    En los últimos años la idea del Pharmakos volvió con fuerza. Luego de la Shoá y en el contexto argentino, luego de la sangrienta dictadura del 76, se suponía que la sociedad había alcanzado un cierto consenso con respecto a la primacía del Estado de Derecho. La idea de que cuando es el Estado el que comete un delito, entonces el delito es doblemente grave o la idea que señalaba que los conflictos de la sociedad se dirimen bajo el Estado de Derecho, parece no contar con tanta fuerza en este siglo XXI. Estamos asistiendo a linchamientos virtuales y reales de colectivos de personas, donde el único crimen es pertenecer a ese colectivo. Minorías nacionales, étnicas, religiosas, políticas, de clase o de género sufren la persecución de ciertos sectores enardecidos y sedientos de odio. Se fomenta la idea de la violencia como solución a los conflictos.

    La expiación, es decir deshacerse de la culpa colocándola en un tercero, suele justificarse desde una posición que generaliza y abstrae de rasgos particulares, todos lxs x son malvados; pero que hace la generalización partiendo de un único caso, tal x es diferente, es distinto, es un monstruo porque no es como nosotros. Y si no es (o no son) como nosotros, entonces merecen la muerte o al menos la subyugación. El acto del chivo expiatorio siempre tiene un monstruo, siempre exige la visibilidad (si es posible el escarnio y la humillación) del engendro; que salga a la luz para que todos puedan ver. Pero el engendro no es la pobre víctima; el monstruo no es el diferente a nosotros, no. El horrísono ser es la propia sociedad; el monstruo somos nosotros. En Gesell se manifestó de una manera tan clara, que corremos el riesgo de quedar enceguecidos.