Crítica de “Oscuramente fuerte es la vida”, de Antonio Dal Masetto

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“Leo mi historia como el guardián nocturno las horas de lluvia”, dice el epígrafe de Salvatore Quasimodo con el que abre la novela. Y la que lee su historia y la cuenta es Ágata, una mujer que desde su presente en la Argentina recuerda toda su vida pasada en Trani, un pueblo de Italia, “con el asombro de quien, cada día, encuentra en su memoria una novedad”.

La parquedad del padre, la larga enfermedad de la madre, los abuelos, los vecinos; la infancia, los primeros trabajos, el primer novio, el casamiento, los hijos…, todo está relatado con una simpleza que no deja de lado la poesía y con una mirada austera de lo que va transcurriendo en ese horizonte limitado del pueblo y sus alrededores, pero que se despliega a partir de las referencias al contexto de las dos guerras mundiales, del fascismo y de sus consecuencias. En Ágata predomina la aceptación, incluso de los hechos más dolorosos, aunque nunca deja de cuestionarse algunos golpes que debe enfrentar. Cuando enferma Elsa, la segunda mujer de su padre, siente que otra vez llega el dolor y se pregunta “si no sería algo a lo cual estaba destinada, si no debería aceptarlo como una suerte de fatalidad”.

En toda la novela, además, hay un universo femenino que es el de la palabra. Salvo excepciones, el de los hombres es un mundo más sobrio, más silencioso, en el que el diálogo es con otros hombres y en espacios asociados a lo masculino como el bar. Las mujeres trabajan y mucho, en su casa y en las fábricas, y tienen una fortaleza y una independencia que sorprende para la época. Un personaje que le sirve de modelo a la protagonista es su abuela Antonietta que se muestra como alguien que siempre se había bastado a sí misma. Las mujeres no se rebelan, pero sí tejen una red que las contiene, se cuentan historias, se cuidan, se enseñan unas a otras; son las que sostienen el hogar como un remanso frente a la hostilidad del afuera.

Lo que hace a Oscuramente fuerte es la vida un libro de esos que los lectores terminamos amando no es solo la historia –muy parecida a la de muchos padres o abuelos nuestros–, sino la manera en que la cuenta Dal Masetto. Él elige la voz de Ágata, cuyo relato parte de las charlas con su propia madre, a la que grabó durante horas. La ternura de este personaje, su tono melancólico, sus reflexiones tan humanas; las cosas que ella deja entrever, pero no dice completamente, todo hace al estilo del autor que, paradójicamente, se corre y deja que su personaje dirija el texto, aunque él mueva los hilos de la escritura. Cada una de las descripciones es perfecta, como una de las que cierra la novela (y no se viene un spoiler porque desde el comienzo sabemos cómo va a terminar). Al leerla es imposible no conmoverse hasta las lágrimas: “Trataba de fijar en la memoria cada detalle, quizás para poder recordarlo después, para no perderlo todo, y llevarme algo de esa mañana de despedida. Se me enganchó la manga de la camisa en la rama de un rosal y tuve que tironear bastante para desprenderme. (…). Llevaba en la mano una bolsita de tela y la llené de tierra. Me acordé de mi abuelo abonando esa tierra, de mi padre punteando, sembrando hortalizas”.

La novela fue distinguida con el Primer Premio Municipal y el Premio Club de los XIII, y sin dudas es de las mejores del autor y una de las que está llamada a ser un clásico de nuestra literatura.

Antonio Dal Masetto, Oscuramente fuerte es la vida, DeBolsillo, 2006, 206 págs.

Antonio Dal Masetto nació en Intra (Provincia de Verbano Cusio Ossola, Región del Piamonte, Italia) en 1938. Después de la Segunda Guerra, en 1950, emigró a  la Argentina. En 1964 publicó su primer libro de cuentos, que mereció una mención en el Premio Casa de las Américas. Recibió dos veces el Segundo Premio Municipal –por Fuego a discreción y Ni perros ni gatos–. Su libro Siempre es difícil volver a casa fue traducido al francés y llevado al cine por Jorge Polaco. Su novela La tierra incomparable, recibió el Premio Planeta Biblioteca del Sur 1994.