Lecturas para el verano: “La luz del amanecer”, de Élida Saidler

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Compartimos un cuento de Élida Saidler.

La luz del amanecer

Amanece. Sigo inmóvil, boca arriba, sujeto a la cama por el temor lacerante del dolor. Sé que la noche se fue porque una línea azul atraviesa el cielo raso. Reflejo tenue que anuncia el amanecer. Otro día más.

Y yo que recelaba de las horas nocturnas como el momento oscuro de la enfermedad. Será por acción de los calmantes y no por el silencio, cortado por gemidos  que intento no escuchar, que la noche es fugaz. De pronto, en algún momento del sueño profundo, abro los ojos y despierto. Percibo, entonces, mi respiración acelerada y el palpitar del corazón amplificado.

Veo la luz fría del amanecer. Anticipo largas horas diurnas, derribado, de cara al cielo raso, mientras la claridad marca el paso de un tiempo que ya no debería ver.

Entonces llega ella, en andas del mismo tinte azul que me arranca del sueño, que debió ser el último. Antes que todo vuelva a ocurrir, como ayer, tal vez como mañana, ya sin sentido.

Alguien abre la puerta vaivén de la sala, y un aroma ácido a desinfectante llega como una oleada, mientras la mucama trapea el piso y refriega los azulejos. Después entra ella. Aún sin verla sé que está cerca. Sus manos tejen olores en el aire. Gasas, yodo, alcohol. Siempre es igual. Primero, la mujer de la limpieza atravesando la sala de un extremo a otro; inmediatamente después  Rosa, con el taconeo suave de las suelas de goma. Se detiene en el sector de enfermería y revisa los partes de la noche. Yo la intuyo mientras las hojas rasgan el aire. Cuando el piso está seco, Rosa viene por mí.

Cierro los ojos y ella, creyéndome en duermevela, se demora a mi lado, preparando los elementos para la higiene matinal.

–Buen día, siempre el primero en despertar. ¿Cómo durmió?

–Como siempre. Lástima que no haya sido esta noche, la noche. –Giro la cabeza hacia la izquierda y la veo, parada entre mi cama y la pared, con las manos en la cintura. La luz del amanecer empalidece su rostro. Es bonita. Y joven.

–No diga esas cosas. Debería tener más fe en Dios y en los doctores.

–Me dice lo mismo todos los días –intento despegar la espalda de la cama, pero el cuerpo se resiste al movimiento, me agito. –Ya no es cuestión de fe, sino de tiempo.

–Está incómodo en esa posición. Déjeme ayudarlo.

Se acerca y me toma, con las dos manos, del hombro y la cadera. Tiene manos pequeñas y suaves. Huelen a jabón de lavanda. Toda ella huele a lavanda. Lo siento cuando vuelca su cuerpo sobre mí para hacerme girar. Por unos segundos su casaca blanca casi me roza. Creo ver el borde de una puntilla. Cierro los ojos, avergonzado por mis pensamientos. No sé cómo hace, nunca sé cómo lo hace. Tan pequeña y frágil que parece. Es verdad que ya no soy el que era.  Instantes después estoy sobre mi costado izquierdo.

–Así está mejor. Mire que me hace trabajar. Todavía conserva su fuerza.

–Solía ser jugador de rugby, pero eso fue hace mucho tiempo.

Callo. No sé si quiero conversar. No sé si quiero recordar. Prefiero que ella me hable, que me cuente. Me gusta su voz. Tiene un tono grave, de cantante de blues.

–¿En qué se quedó pensando? A ver, dígame mientras preparo todo para el baño.

–En que usted tiene la voz perfecta para cantar blues.

–¿Yo? No me haga reír. Si en el colegio me echaban del coro.

Se pone unos guantes de látex color piel y coloca sobre la mesa rodante una palangana con agua,  el jabón de glicerina, una esponja y una toalla blanca. De pronto quiero contarle de mis veladas en los bares de Chicago. Cuando ya era conocido. Y viajaba. Quiero interesarla en mi relato y que ella retrase mi aseo. Es una forma de detener el tiempo y jugar a que puedo capturar y modificar lo que es finito.

–Viajé mucho, sabe. A todas partes –hoy estoy más fatigado–.  Escuché a las mejores cantantes de blues del mundo. –Tomo aire despacio–. Usted no tiene nada que envidiarles. –Sé que estoy exagerando. Y que ella se anotará para el juego.

–Mire que está zalamero esta mañana. ¿Y qué más? Hoy tengo tiempo. En la sala están usted y dos más, que duermen hasta tarde. Parece que soy toda suya hoy. 

Se sienta en el borde de la cama, las piernas cruzadas, las manos con guantes sobre la falda. Miro sus piernas delgadas pero firmes. Hoy lleva medias largas color chocolate y zuecos blancos.

–¿Le conté que era periodista y hacía crónicas de viajes?

–Me contó.  –Tiene el rostro un poco inclinado hacia un lado y espera.

–Mi ciudad favorita era Chicago, por el jazz y la comida cajun.

No quiero hablarle de Alexandra y su morena voz susurrando en el escenario del FitzGerald’s. Estoy tan cansado. Ella pone una mano sobre la mía, que yace inerte a un costado del cuerpo.

– Está bien. No se apure. Ya le dije que tenemos tiempo. Voy a comenzar el baño. Eso lo hará sentir mejor.

Rosa rodea la cama, descorre la sábana, me quita una de las mangas del pijama y expone mi espalda huesuda. Yo anticipo, con placer, lo que vendrá.

Frente a mí la pared de azulejos blancos se repite hasta donde no puedo verla. Dos líneas amarillentas cortan el yeso. Es el sol entrando por las ventanas. Deben ser las siete. Solo resta una hora de silencio antes que médicos y familiares comiencen su tránsito intenso.

Últimamente no me gusta el ruido. Me irritan las voces de las esposas y los hijos dándole ánimos al pariente. Me molesta el murmullo incomprensible de las radios portátiles oídas a la distancia. Me altera el ir y venir de las camillas llevando a uno y a otro. Me deprime el rodar de las sillas de ruedas que los rescata de esta sala estéril y los deja en algún rincón del jardín, allí donde el sol es benigno, rodeados de familiares que han traído  termos y  paquetes de galletitas.

Hubo un tiempo, al principio de todo, en que Rosa me cargaba  en la silla y me dejaba en mi sitio favorito, a un costado de la pequeña capilla, junto a una viga enredada por madreselvas. Yo aún tenía fe. Esperaba el hilo azul de la luz del amanecer con ansias porque después venía ella, yo me sentaba en el borde de la cama y tomaba una leche caliente mientras la miraba moverse de un lado al otro de la sala. Después pasaba el médico que aún me palmeaba la espalda y me auguraba un futuro posible. Finalmente nos íbamos al jardín y yo me adormilaba en el tibio aroma de las flores.

–Se quedó callado. –Rosa esta nuevamente  frente a mí, con un  jabón en una mano–.  ¿En qué piensa?  .

–¿Qué día es hoy?

–Diez de septiembre.

– Falta poco para la primavera. –Lo digo por decir. En realidad no me importa.

–La semana próxima mi nena cumple ocho años –dice Rosa mientras comienza a pasar la esponja embebida en agua tibia por mi espalda.

Las gotas se deslizan con suavidad sobre mi piel, seca, arrugada, que aún desea esa caricia transitoria. Me quedo callado. Esta podría ser la última sensación que elija para llevarme.

–Le estoy preparando una fiesta con dos payasos y un mago. –La esponja se desliza por mi cadera–. Le cosí un vestidito verde agua con flores en los bordes. –Ahora una toalla muy suave se desliza y me da calor–. Nunca le pregunté si usted tuvo hijos. Me contaron que viene alguien por las tardes.

–Una sobrina. Ya no viene.

Rosa tironea de las sábanas, las quita, coloca las nuevas, recién llegadas del lavadero. Están tibias. Vuelve a hacerme girar y quedo boca arriba, desnudo, mirando unos círculos anaranjados que bailotean en el techo.

–No tengo hijos, creo. –Ensayo una mueca, como una sonrisa.

Rosa acerca su rostro al mío y sonríe también. Sus mejillas, sonrojadas por el esfuerzo, se interponen entre mis ojos y el cielo raso. Tiene los ojos grandes y unas pestañas larguísimas. Podría ser esta la imagen para preservar. Junto con el agua corriendo por la piel. Y el aroma de las madreselvas.

–Me gusta cuando vuelve ese humor que solía tener. ¿Sabe? Nadie elige la vida que tiene. Yo tampoco.

No me animo a preguntar. Ella sigue con mi aseo pero ahora está callada.

–Cuénteme cómo está el clima afuera. –Necesito volver a oírla.

–De ninguna manera. –Sus manos voladoras me han puesto un pijama limpio que huele a almidón. –Lo verá con sus propios ojos. 

Me acomoda las almohadas y ella sola, pasando las manos debajo de mis axilas, me incorpora. Estoy casi sentado y protesto porque en esta posición los dolores intentan ensañarse. Ella parece no escucharme.

–Ahora le traigo los calmantes –dice–. Mire ese reloj, ahí en la pared de enfrente, junto a la ventana. A las once vendré para darle el almuerzo. Voy a cambiar tareas con la otra enfermera.

–No logrará que coma.

–No importa. Le voy a contar un poco más de la fiesta de cumpleaños.

Se ubica nuevamente frente a mis ojos. La luz suspende una corona rosada sobre su cabeza.

–¿Por qué lo hace?

–Porque vale la pena.

A las once. Me olvido, transitoriamente, de la luz de la mañana anunciando, en las alturas de la sala, un nuevo derrotero de dolor sin sentido, otro día para restar. Miro el reloj. Las agujas escriben, lentas, mi futuro inmediato.

Élida Saidler es médica y escritora. Obtuvo varios premios como cuentista. La resistencia de los árboles fue su primer libro de cuentos y obtuvo una mención del Fondo Nacional de las Artes. Cien palomas muertas es su primera novela.