Parásitos a miles de kilómetros sin riesgo de contagio

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Cine argentino. Por un lado un cine de silencios, críptico, de decodificación intelectual o parcial.

Sí, Borges nació acá. Cierto cine que exige una interpretación, no siempre universal, avalada por círculos culturales amigos, locales e internacionales.

Sí, Freud y Lacan.

Por el otro, un cine digamos explícito, aunque no me refiero a la explicitez de la violencia o lo sexual, que se toca muy de vez en cuando. Sino de falta de vuelta de tuerca, de metáfora, de sutileza. A Relatos Salvajes, con lo que fue, le alcanzó para ser candidata al Oscar. Pero el puñal en la espalda del novio del último capítulo quedó en la intención y no en el metraje final. Y el niño de la parada en la ruta no murió envenenado. Ese pudor. O prurito. Silencio.

El clan. El ángel. El robo del siglo. Casos que ocurrieron hace unos años y se cuentan respetando más o menos los hechos. Poca ficción, salvo en la saga de Robledo Puch, que nos hace pensar lo interesante y revulsivo si El clan cinematográfico hubiera sido esa Historia de un clan televisiva, ácida y retorcida, no lineal, inquietante. La original de la que desprendió el largo con intenciones festivaleras.

Hablamos de TV, palabra en vías de desaparición. El Marginal fue distinguida internacionalmente como una de las mejores series. Es lo que sabemos hacer. La explicitez hasta ahí. Es algo de nuestro ADN cultural.

Parásitos …o Parasite como se estila decir ahora (habría que referirla por su nombre en coreano y no en inglés) está a miles de kilómetros del cine argentino.

Tres de los climas que toca el film: la comedia, lo gore, la poesía.

Si se adaptara en Argentina la comedia: fallaría. Que busquen wifi rastreando el techo en el primer minuto de la historia ya marca la diferencia. Lo gore de la fiesta: se lograría. En cada Buenos Aires Rojo Sangre hay ejemplos que sí.  La poesía del final (no spoileamos, esos momentos post explosión, con código Morse incluido): imposible de ver en nuestro cine. Lo pongo de nuevo, con un crédito: muy muy difícil.

Falta poesía, detalle sutil que no quede en el cerebro del realizador y deba ser explicado, sino entendido universalmente, para conmover. Viene a la memoria como ejemplo aislado el final de El último Elvis, con el detalle de la puerta de la residencia del protagonista.  O la inquietante danza de los dedos de Daniel Araoz en El Hombre de al lado, una historia que tiene algunos puntos en común con la laureada película coreana.

El comienzo de El robo del siglo, con una situación con un cuadro en el atelier de Peretti o el equívoco de Francella en la peluquería (no spoiler) ilusiona al hacernos pensar qué bueno sería que la película, acerca de un gran engaño, se manejara en esa pista paralela. Nueve reinas, lo utilizó, pese al pecado generalmente obviado del calco de su final.

Tal vez forme parte de la falta de reconocimiento a la labor de guionistas. O la falta de creatividad general.

Creatividad. El final de El robo del siglo tiene algo de eso, haciéndola recordable.

Volviendo a???, Parasite o Parásitos .

No es el cine que hacemos habitualmente. Pero tampoco, si pusiéramos a la crisis como tema, se hiciera algo como la lejana The Full Monty.  Tal vez se trata de películas que vienen de pueblos más antiguos, con más experiencia de siglos sobre cómo contar una historia una y otra y otra vez (Mujercitas).

Tal vez por la impronta inmigratoria, esencial e inseparable para entender la forma de ser argentina así se haya nacido a miles de kilómetros del puerto, tal vez por eso, el silencio es un elemento de presencia llamativa en el cine argentino. En términos generales, Julio Mafud o Raúl Scalabrini Ortiz lo han mencionado como un factor presente, relacionado con cierta reserva, timidez, o represión ante el temor frente a la mirada escrutadora del otro. Se vio en los momentos más trágicos de nuestra historia, pública o privada. No le digas a nadie. Tirano prófugo. Indiscreciones. No están, no son.  El callar o hablar de más ha sido un vaivén y a veces carga insoportable de llevar, como en el final de Tiempo de Revancha.

Dos tipos de cine argentino. El extendido en minutos u horas y silencios, que de pronto da lugar a la pantalla americana de los títulos y “hay que interpretar”. Coherente con la idiosincrasia de un país donde mirando al mozo que se demora, éste ya sabe qué tiene que apurarse. Por otro lado, el de Francella, Peretti, Luque haciendo de sí mismos, que nos divierten y esperamos como público.

Cada país hace lo suyo y nos destacamos habitualmente en el concierto del cine mundial.  Los Parásitos, como el coronavirus asiático, están a millares de kilómetros.