Literatura y cine: dos maneras de contar

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Hablar de las relaciones entre la literatura y el cine no solo remite al tema de las adaptaciones, sino también al lenguaje y a las técnicas utilizadas.

En otra nota hablamos de la relación entre imagen y palabra, y de cómo ambas son parte de una película o de un libro, aunque de maneras distintas. En 1927, Virginia Woolf escribe “El cine y la realidad”, un ensayo que plantea un análisis de las influencias entre las dos artes. Para ella, en principio, cualquier novela famosa puede ser llevada a la pantalla, pero esa alianza es “antinatural”, al menos mientras el cine no deje de ser un “parásito de la literatura” (pensemos que recién estamos en la década del 20); para esto se debería partir de la siguiente premisa: todo lo que es “accesible a las palabras, y solo a las palabras, el cine debe evitarlo”. Es como si Woolf estuviera diciéndonos que en la literatura es la palabra la que evoca, mientras que en el cine debería ser la imagen.

En el cine, además de la imagen y del movimiento, hay un lenguaje que sostiene la película y que está conformado por una serie de convenciones y recursos relacionados con la luz, la fotografía, el encuadre, los planos. En la literatura, el medio siempre es la palabra. Sin embargo, en ambos se parte de una narrativa que se representa de maneras distintas y con recursos distintos. De ahí que inevitablemente siempre volvamos a las adaptaciones.

Hay abundante bibliografía acerca de las adaptaciones: si respetan o no el original; si lo acortan, lo extienden o lo actualizan; si agregan personajes, si se deshacen de otros; si el producto final tiene valor propio o si resulta preferible recurrir al texto base. Todos son temas apasionantes que fueron abordados por la crítica literaria y cinematográfica, en especial a partir de los conceptos de intertextualidad, interdiscursividad y polifonía.

¿Frente a la versión para la pantalla, qué pasa con el escritor de una novela? Muchos colaboran con el guion de la película o directamente lo escriben; otros supervisan la filmación. Están los que quedan sorprendidos para bien con las adaptaciones, como le pasó a Philip Dick con Blade Runner, dirigida por Ridley Scott (basada en su novela ¿Sueñan los androides con ovejas electrónicas?); y otros no están para nada conformes, como Stephen King con El resplandor, dirigida por Stanley Kubrick.

Fuera de las adaptaciones, las influencias del cine sobre la literatura, o viceversa, son abundantes, y se verifican en el uso de distintas técnicas: el manejo del tiempo con sus flashbacks (analepsis) y flashforwards (prolepsis); el punto de vista o focalización; la fragmentación; el monólogo interior. También los géneros van mutando y se enriquecen en este intercambio.

Por último, no hay que olvidar al lector/espectador. Antes de la llegada de las videocaseteras, el DVD, internet o las plataformas como Netflix, el cine era una experiencia compartida, mientras que la lectura era íntima y personal. Eso ya no es así. ¿Qué relación se establece con una película o con un libro? Es una buena pregunta para pensar, incluso a partir de la afirmación de Roland Barthes acerca de la muerte del autor y el nacimiento del lector. ¿Cómo se da eso en el cine?

La propuesta es considerar la literatura y el cine como artes que desde siempre se nutren una de otra, y que en ese nutrirse renuevan y perfeccionan los modos de contar. Ya sabemos que  los argumentos son limitados, pero lo que importa es lo que los creadores hacen con cada historia. Y me animaría a decir (usando una frase de Ricardo Piglia referida al cuento) que cine y literatura también reproducen “la búsqueda siempre renovada de una experiencia única que nos permita ver, bajo la superficie opaca de la vida, una verdad secreta”.