Lecturas para el verano: “Sangres”, de Paula Tomassoni

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Llegó el viernes y seguimos proponiendo lecturas. Hoy es un cuento de Paula Tomassoni.

Sangres

El plan se venía gestando desde hacía una semana, desde el momento en que Sandro, el mayor de los primos, jugando a la bolita contra el tronco de la higuera, había escuchado la conversación de los grandes. 

En la casa de la abuela la parrilla nueva quedaba bien al fondo del terreno, y mientras las achuras se cocían a fuego lentísimo, la familia tomaba un vermut bajo la copa enorme de la higuera cincuentenaria. Mitigando el calor con la sombra del árbol, la sed con Cinzano con hielo (menos la tía Clara, que tomaba fernet con soda) y el hambre con queso, salamín y pan, charlaban. Hablaban siempre de lo mismo: el trabajo de la semana; los hijos; la mejor carnicería para comprar el asado; recuerdos del pasado emergiendo a modo de anécdotas que habían sucedido en ese mismo parque, bajo esa misma higuera, cuando era un poco menos frondosa. A raíz de la muerte de la tía Dora, hacía algunas semanas, las reuniones se habían tornado más breves y silenciosas. Pero de a poco habían ido recuperando el ritmo normal y hasta al tío Fito se lo veía ya riendo de a ratos, escupiendo pedazos de aceituna y miguitas de pan.

De ese historial que los adultos tejían bajo la higuera recogió Sandro el relato del escuerzo y la sentencia. “No tenés infancia hasta que no despanzurrás un sapo” había dicho el tío Carlos, masticando un pedazo de queso con la boca abierta.

Fue de las primeras frases que escuchó Sandro después de los silencios en torno al asunto de la tía, y supo que las cosas estaban volviendo a la normalidad. No hay nada que el tiempo no cure: sí que estaba aprendiendo, ese domingo.

La tía Dora había sido una mujer enorme, anchísima, que se batía el pelo con spray y se pintaba los párpados con sombra verde agua. La familia se reía de ella a escondidas porque era, decían, un poco tonta. Y así había sido también su muerte, pero todavía no le causaba risa a nadie.

Jugando a las bolitas, tratando de hacer hoyi, usando la mano izquierda como plataforma de lanzamiento y el pulgar derecho como percutor, Sandro disparaba y oía. A la tarde, a la hora de la siesta, lo comentó a los demás.

Lo planearon rápido y una semana después los cuatro primos, más el vecino (con su hermanito de cuatro años), estaban listos para intervenir. Sobre el ala izquierda del terreno, cerca de la parrilla vieja que se había desmoronado y que usaban para subirse y espiar la casa del vecino, habían improvisado una mesa de disección. Entre las porquerías que se apilaban contra la medianera, ocultas al resto del parque por una ligustrina, encontraron lo que les hacía falta: cuatro estacas  y los cuellos rotos de dos botellas. La víctima, sabían, los esperaba bajo los agapantos amontonados en el cantero del costado de la casa.

Le dieron la estaca más grande a Julia para contrarrestar que ella, por ser mujer, tenía menos fuerza.  Los varones la aceptaban. A ella y a su condición femenina, y lo dejaban de manifiesto en estos gestos sencillos: no taclearla fuerte si jugaban a la pelota, o darle la estaca más grande para sostener el sapo.

Sandro levantó el animal con las dos manos y lo dejó caer contra el piso, mientras Patricio sentaba a su hermanito a metro y medio de la operación.

–¡Pará! Lo vas a reventar.

–No, porque no lo tiro con fuerza, lo dejo caer.

–¿Para?

 –Para atontarlo. Como una anestesia.

 Sabía, Sandro. Por eso mandaba. 

Julia apretaba con fuerza su estaca sosteniendo la pata del sapo que yacía mirando al cielo. Cuando estuvieron todos listos, Sandro cortó. La piel era dura o el cirujano muy torpe, porque la panza no se abrió como un telón para exhibir sus maravillas, sino que debió pasar el vidrio varias veces, desgarrando, rompiendo, sangrando, desparramando un poco.

 –No te cortes.

El cirujano agarraba el utensilio quirúrgico con las dos manos. En el esfuerzo, sacaba un poco la lengua.

–¡Estaquen! ¡Estaquen! –gritó Sandro a los cuatro que, en las esquinas, sostenían con todas sus fuerzas los extremos del sapo. Julia, casi siempre, cerrando los ojos.

–Estaqueen –corrigió Martín.

–Ya está.

Todos se inclinaron a mirar. El hermanito de Patricio se acercó por un costado pero un grito lo volvió a su lugar.

 –¡Allá, vos! Si no hacés caso no te traigo más. Vos mirá desde allá que sos muy chiquito. Es feo esto, ¿Ves? Tiene sangre, ¿Ves? –Corrió el cuerpo hacia un costado sin soltar la estaca. Su hermanito se estiró para ver un poco más, pero no se movió de su puesto, y gritó: “Si tiene sangre está muerto, no me va a hacer nada”.

Su hermano se enojó:

–¿Qué decís? Puede tener sangre y estar vivo…

–Puede estar muerto y no tener sangre –acotó Sandro–. Dicen que la tía Dora se murió porque se atragantó con un ñoqui frío que robó de la heladera. Había quedado del mediodía. Muerta, y sin sangre: ahí tenés.

–¿Así se murió? –Patricio escuchaba por primera vez la historia.

–Sí. Tío Fito la encontró tirada en la cocina, la cabeza toda hinchada y violeta.

–Eso es sangre –explicó Patricio–. Nada más que sin salir. Del lado de adentro. 

 –Como que le explotaron las venas.

 –O el corazón.

Sandro movió la cabeza negando, y eso quería decir que el corazón no podía ser, porque quedaba más abajo.

–¿Podemos soltar? –preguntó Martín–. Ya está muerto.

    –Ni se les ocurra. Hasta que no terminemos, no. Las ranas saltan muertas en la sartén cuando las cocinan. ¿Querés que te salte el sapo así como está en la cara? –Julia reprimió un gesto de asco.

–¿Y por qué se comió un ñoqui frío? –Patricio seguía pensando en la tía.

–Porque era gorda –dijo Julia–. Mamá dice que el vicio la perdió.

–Porque era tonta –agregó Martín–. ¿Ya podemos soltar? Me estoy acalambrando.

Esperaron. Nadie se animaba a tocarlo.

–Tiene sangres de muchos colores –observó Patricio.

 –Lo rojo nada más es sangre.

 –¿Y eso otro? –Señaló apuntando con la pera, sin soltar la estaca.

 –Son los líquidos del sapo. –Sandro se alejó unos pasos, buscó en el piso una ramita, y volvió. Con la punta más filosa removió el interior de la panza, apartó, mezcló, desparramó hacia afuera las viscosidades. Después nombró no muy seguro algunos órganos y ensayó convincentes explicaciones anatómicas. Todos lo escuchaban. El hermanito de Patricio, aburrido, arrancaba los pastos alrededor de su sitio.

–¿Y ahora qué hacemos?

–A la cuenta de tres,  largamos todo y salimos corriendo, por si salta. 

–¿Y lo dejamos acá?

–Mientras almorzamos sí, para que el sol lo seque. Cuando se vayan a dormir la siesta venimos y lo enterramos.

Todavía se quedaron un paso atrás, mirando los restos despanzurrados. Sandro se había manchado con sangre la remera blanca. Le pasó la mano frotando a ver si se limpiaba: lo iban a retar.

Mientras volvían caminando a la higuera, el único que habló fue Patricio:

–Era cierto –aseguró– Ahora sí tuvimos infancia.

Asintieron. Resolvieron encontrarse de nuevo después de comer, para los servicios. Iban a ponerle una cruz. Patricio trepó la mesada en desuso de la parrilla vieja y saltó el tapial hacia su casa. Sandro se subió detrás y le pasó a su hermanito, sosteniéndolo por las axilas.

–Tengo hambre. –Empezaron a caminar hacia la familia reunida debajo de la higuera. Todos menos Julia, que se había adelantado para lavarse las manos antes de comer.

Paula Tomassoni nació en La Plata. Es escritora, profesora de Literatura y Magister en Escritura creativa. Publicó las novelas Indeleble (EME, 2018) y Leche merengada (EME, 2015), y los libros de cuentos Pez y otros relatos (Modesto Rimba, 2015) y El paralelo (2016, Colección “Leer es Futuro” del Ministerio de Educación de la Nación). Además, participó en varias antologías. Coordina el ciclo de lectura de narrativa Hasta que choque China con África. Reseña libros de Literatura en la revista Bazar Americano.