Vija Celmins, en el Met de Nueva York

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Vija Celmins,

Su Obra como Afirmación del Acto de Mirar y Realizar

Vija Celmins (n.1938) llegó a los EEUU desde Latvia, siendo todavía una niña, inició su carrera de arte en Los Ángeles y la desarrolló en Nueva York. Por más de cincuenta años ha dibujado, pintado, ha realizado grabados y esculturas, pero se la conoce por volcar enormes extensiones, océanos, desiertos y cielos nocturnos en obras de pequeño formato.

El Met Bauer, una de las 3 sedes del Metropolitan Museum of Art en New York, investiga y presenta en esta muestra la evolución de la práctica artística de esta genial artista quien varía su obra según el medio empleado aunque mantiene ejes temáticos que no abandona. Celmins nombra su obra como una “re – descripción”: el acto mismo de explorar la conciencia humana en relación a experiencias sensibles que cuestionan nuestras percepciones de la realidad. En sus trabajos podemos apreciar cómo focaliza su atención en lograr del material elegido y de la técnica empleada un máximo nivel de detalle y sutileza.

Al comienzo de su carrera estructuró su obra en una forma de componer prescindiendo del gesto. Ubicando el significado y la expresión a un mismo nivel “Si realmente miras una imagen, ésta quedará en tu memoria” dice la artista. Nos cuenta cómo la memoria trabaja y sigue trabajando en relación con la obra, sólo volviendo a ella se comprueba si el recuerdo coincide con la obra. Es una vivencia palpable.

En 1964, ya egresada de la universidad, pintó objetos de su entorno en una serie de naturalezas muertas en tamaño real, despegándose así de teorías aprendidas y tempranos intentos de abstracción. “Quise comenzar en un lugar más humilde, con mis ojos y mis manos”. Durante los tres años siguientes, sus imágenes aparecen en el centro de la tela, aisladas, carentes de toda pincelada expresiva y representada en tonos bajos, agrisados. Mas que en crear una imagen, Celmins se concentro en mirar y pintar objetos cercanos, su estufa, su lámpara o su plato.

Su vida como refugiada de guerra y exiliada comenzó a los 5 años, con la invasión Soviética a Latvia. Su familia escapó a unos campos en Alemania y a sus 9 años grupos de ayuda cristiana los reubicaron en Indianápolis, EEUU. En los años 60, en coincidencia con la escalada de ese país en la guerra de Vietnam. Celmins se encontró coleccionando recortes de diarios y revistas en relación a la guerra que convocaban sus vivencias infantiles en los campos de refugiados. Una serie de grafitos de aviones de guerra y otros elementos se aprecian también en pequeño formato.

Antes de mudarse a N.Y. realizó una serie de dibujos de la galaxia y del terreno del desierto, un tema en relación al otro. Cubrió con grafito los cielos nocturnos, dejando el papel en blanco donde aparecían estrellas y creó la ilusión de pequeñas piedras en relieve componiendo un paisaje casi abstracto.

Sus esculturas de pequeñas piedras, 11 en total, hechas en bronce, son idénticas a sus pares reales, tanto, que cuesta reconocerlas como piezas escultóricas. Caminando por el desierto de Nuevo Méjico, recogió como solemos hacer los visitantes a esos sitios, pequeñas piedras en las que vio galaxias, formo entonces una constelación de piedras, y por cada una de ellas, creó su escultura idéntica, pintando su superficie. Ciertamente un duplicado en contexto artístico afirmando el acto de mirar y realizar. Las piedras junto a las esculturas están a la vista en una mesa vitrina invitando a una detenida observación para diferenciar la real de la creada. Distinción casi imposible de realizar. Estas piedras que Celmins trajo consigo en los 80, al mudarse a N.Y. marcan su regreso a la pintura.

Para 1992, su foco estaba puesto en el cielo nocturno, no sólo trabajó con espacios en blanco, sino que arenaba sus cuadros haciendo unos grises brillantes y de diversas intensidades. Los negros del cielo se mezclaron con tierras sombras, azules y blancos degradados. También aplicó gomas líquidas para salvar espacios blancos dentro de los oscuros del cielo nocturno. Celmins es consciente del efecto que producen sus cielos “parecería que vemos algo que no está…como la sensación de un espacio más allá, sin por eso perder la solidez de la estructura…” nos dice. Ambas cosas suceden simultáneamente.

A mediados de los noventa vuelve al dibujo. Sintió que la pintura se le volvía demasiado concentrada y necesitaba desde el dibujo, abrir espacios. Pasó al dibujo con carbonilla que aplicó con bases compactas y lo movió con sus manos o con diferentes borradores, algunos punzantes. Dibujó borrando el negro. “Dibujos borrados” los llama. “Vistos de lejos reconocemos un cielo, la imagen de un cielo, pero vistos de cerca los dibujos son sólo polvo y la luz del carbón en el papel. Luz y carbón, luz y la ausencia de carbón”.

Los pequeños formatos en forma rectangular encuadran mágicamente la vastedad del mar, del cielo y del desierto como temas que la artista ha desplegado extensa e intensamente.

“Desde ya, me gusta la imagen, da sostén al rectángulo,

lo convierte en un mapa dando cuenta de la enormidad

de todo ese espacio”.