Una expedición hacia las versiones cinematográficas de “Mujercitas” de Louisa May Alcott

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Difícil abordar el significado del libro Mujercitas de Louisa May Alcott. Escrito entre 1868 y 1869, es un libro a la vez tan revolucionario y radical, por sus planteos sobre el lugar de la mujer, tanto en el hogar y el amor, como en el trabajo y sus propias pasiones. Marcando el fin de la guerra civil Americana, Louisa May Alcott se empeñó en demostrar la fatiga y el agotamiento americano post-guerra civil, y cómo afecta a estas 4 mujeres en su crecimiento. Temas como la virtud que puede ser encontrada en la pobreza (o, mejor dicho, la falta de riqueza) y el balance complejo que surge entre el deber a la familia, a la sociedad, y a los deseos de uno mismo se apoderan de las grandes creaciones que son Jo, Meg, Beth y Amy.

En lo que nos enfocaremos aquí es en cómo poder adaptar tal enmarque de una realidad ya – aparentemente – desvanecida al lenguaje cinematográfico, y el proceso que este desplazamiento ha sufrido durante los últimos 100 años. Veremos cómo la historia de Mujercitas, a primera vista tan apegada a su tiempo, ha sido reutilizada y repensada para servir a nuevos propósitos a través de los años, haciendo que la inmortalidad de la historia se refuerce y crezca con cada adaptación.

Específicamente, además de la nueva versión que se estrenó el 30 de enero en Argentina, dirigida por la joven maravilla que es Greta Gerwig, nos enfocaremos en la versión de 1933, con Katharine Hepburn como Jo; la versión de 1949, dirigida por Mervyn LeRoy, productor de El mago de Oz; la adaptación a miniserie de 1978; la recreación de 1994 con Winona Ryder como Jo, Susan Sarandon como Marmie, y Christian Bale como Laurie; y la nueva adaptación a miniserie de 2017, con Emily Watson como Marmie, entre otras actrices prodigio. En este camino, dejaremos de lado adaptaciones como la serie japonesa de 1987, el musical de Broadway estrenado en 2004, y la versión penosa y triste de 2018 que falla estrepitosamente al tratar de adaptar la historia original a la era moderna.

Como ya fue dicho, Mujercitas se desarrolla durante el fin de la Guerra Civil Americana, y su intención era darle a las mujeres, un público históricamente despreciado e ignorado en los libros del momento, una guía que reflejaba no sólo sus roles en la sociedad y cómo aceptarlos, sino cómo hallar maneras para hacer que tales roles se adapten a ellas, y no viceversa.

Era al mismo tiempo un libro que presentaba una nueva visión de la mujer común americana, y una puerta hacia un escape semi-fantasioso en el que todo logra salir tal como estaba destinado: triunfar sobre las adversidades pequeñas y las abrumadoras. Por lo cual, es interesante ver cuándo fueron hechas sus primeras 2 adaptaciones sonoras: en 1933, y en 1949. La primera durante uno de los puntos más bajos de la Gran Depresión, y la segunda al amanecer de un mundo post-Segunda Guerra Mundial. Tiempos donde la sociedad necesitaba historias de confort y consuelo, en donde el trabajo hogareño y el trabajo por la patria fuesen propiamente recompensados y reconocidos, en donde la construcción de un hogar amigable y cálido fuese lo que mantuviese a la sociedad en pie. E incluso, si ninguna de estas adaptaciones menciona específicamente la guerra que se está llevando a cabo (a diferencia de la miniserie de 1978, que hace un detallado punteo), el anhelo de la familia March por el regreso seguro de su padre se encuentra exacerbado y justificado – incluso más que en la novela, los ataques verbales de la tía March hacia su figura son refutados e invalidados, dando cuenta del orgullo que tienen del sacrificio que ha hecho la familia al dejar a su padre ir a la batalla. Y sin embargo, como en la novela, cuando el padre regresa sano y salvo a la mitad de la historia, al volver, se desvanece en la historia, rara vez volviendo a aparecer, como si su sola presencia fuese suficiente para apaciguar el relato, y como un recordatorio de que una persona sola (incluso un hombre) no basta para formar una familia – se necesita del sacrificio y la voluntad de todos para crear una unión verdadera, sobre todo una tan fuerte como la tiene la familia March.

Poniendo esto en perspectiva, es entendible que haya habido una readaptación de la famosa novela en 1994, con EEUU recién salidos de la Guerra del Golfo, y en 2019, donde cada día el mundo lanza la moneda para ver si hoy se inicia la Tercera Guerra Mundial o no.

Sin embargo, el enfoque de la adaptación de 1994 no va por el camino de las versiones anteriores. Mientras que las de 1933 y 1949 se enfocan en la perseverancia que surge en los momentos más duros, esta versión da por sentado ese subtexto, y pone su lupa sobre las hermanas March; sus hábitos, sus sueños (y cómo estos cambian a través de los años), y su relación para con ellas mismas. Extrapolando directamente del libro, trata de mostrar momentos tales como Jo quemándole el pelo a Meg por accidente, el incidente del diario entre Jo y Amy, y el reencuentro entre Amy y Laurie ya de adultos – todos momentos pasados por alto en las 2 anteriores versiones – con mayor ternura y mayor atención a los detalles. Esto hace que, como adaptación cinematográfica, se sienta mucho más familiera que nunca, abundando en esos pequeños momentos que componen una vida. Sin embargo, al enfocarse casi solamente en esas pequeñeces, surgía la desventaja de perder la noción de la trama, haciendo que los eventos importantes que cambian el statu quo en el libro (tales como el telegrama del padre March, Amy yéndose a Europa, o Laurie declarando su amor a Jo) deben ser impuesto forzosamente, los eventos adentrándose a la historia con poca fluidez, desgarrando el ritmo que constantemente la película quiere imponer. Esto es natural cuando hay tanta historia que contar, pero mientras que las adaptaciones de 1933 y 1949 no tienen demasiados momentos afectuosos, fijándose más en el aspecto del deber moral de servir como ejemplos para las familias Americanas y dejando poco lugar para conocer a los personajes, la versión de 1994 no logra encontrar suficiente pulso para llevar la historia, haciendo que no haya desenlaces naturales donde debería haber un sentido de continuidad.

Esto en parte es, como ya fue dicho, porque hay tanta historia para contar, que tratar de encajar todo en 2 horas es un desafío notable. Por eso, se entiende que haya habido miniseries basadas en Mujercitas ya que poder pasar más tiempo con la historia permite mayor desarrollo, e implica un mayor conocimiento del material en el que se basa. En ese sentido, ambas miniseries que tocamos tienen eso en común. La miniserie poco conocida de 1978 dura 3 horas y media y se trata a sí misma coma una telenovela, en donde ninguna característica de personaje no está dejada bien clara y explícita, dejando el subtexto para obras de mayor refinamiento. A partir de esa falta de sutileza, logra encontrar nuevos rasgos de los personajes que las adaptaciones ya analizadas no se permitían, ya que todas las anteriores mantenían un tono muy casto y limpio, siendo todas películas hechas para la familia. Aquí, se ven algunos quiebres en los personajes que salen a relucir más fervientemente: la decadencia de Beth es más notable, el temperamento de Jo es más físicamente intenso y dañino, la tensión sexual latente entre Meg y Brooke es explorada, entre otros desarrollos. Lo que sucede es que estos desarrollos suceden casi por accidente, como efectos secundarios de querer tratar a Mujercitas como una telenovela de la tarde, o en otras palabras, al exacerbar las características de los personajes hasta que pierden su esencia, y se convierten en caricaturas de caricaturas de personajes. No tiene interés en contar la historia de Mujercitas, tiene el interés de contar una historia, sin reflexionar sobre su significado o su importancia.

La miniserie de 1978 es la que menos respeto le tiene al libro. Por el otro lado, si el resto de las adaptaciones tienen ciertas destrezas y dominio sobre la historia, la miniserie de 2017 va a lugares que ninguna adaptación había tratado o había sido capaz de ir. Producida por la BBC, proporcionando todo el presupuesto necesario, esta adaptación no sólo muestra respeto por el libro, sino amor y admiración por su existencia. Por primera vez con imágenes apropiadas, con paisajes campestres, casas humildes pero decoradas, y una escenografía sublime, la casa March es presentada como un lugar de apoyo y crecimiento, mirando hacia un futuro incierto y confuso, pero con la seguridad de que, cuando estas hermanas exploren ese mundo, van a estar preparadas por lo que aprendieron en ese hogar. Esta adaptación le da tanto aire a la historia y a los personajes, haciendo que crezcan y se reflejen una a la otra en maneras en las que nunca habían logrado plasmar. Logra encontrar el ritmo libre de apuro de May Alcott, en el que se le otorga paciencia a los personajes a crecer – a Meg de desarrollar un amor profundo por Brooke, a Jo de perseguir su vocación de escritora con más tenacidad que nunca, a Amy de madurar y dejar atrás sus berrinches infantiles pero sin perder su juventud y elegancia, y a Beth de poder realmente mostrar su pura inocencia junto con su severidad y paz interior al aceptar el destino de su muerte. Es definitivamente la adaptación más nostálgica de todas, demostrando un espíritu que, sin olvidar el futuro adelante, mira constantemente hacia el pasado, hacia una época en la historia en la que ya no se puede volver. Esta adaptación no se basa ni en el deber social, ni en los valores familiares, ni en recordar una historia clásica; se basa en risas, lágrimas, y momentos que nadie se dio cuenta en su momento que eran trascendentales. Es como si mirase a la historia sabiendo que está siendo dejada atrás, como una ventana hacia lo que fue, en vez de un reflejo de lo que podría ser hoy.

Lo que nos lleva al plato fuerte, la adaptación recién lanzada en cines a cargo de Greta Gerwig. Teniendo a su lado un elenco ejemplar – Saoirse Ronan, Emma Watson, Eliza Scanlen, Florence Pugh, Laura Dern, Meryl Streep, y muchos más – la nueva adaptación es, al mismo tiempo, la que le es más fiel al libro, y la que más lo desafía. Toma la esencia de la relación entre todos los personajes (el amor entre Meg y Brooke, el desdén de la tía March hacia el resto de su familia, el cuasi-triángulo amoroso entre Jo, Laurie y Amy, etc) y las lleva a sus extremos naturales en maneras radicales. En lugar de la miniserie de 2017, espaciosa y llevando cada característica de personaje y evento contundente de manera calma y serena, la nueva adaptación se permite apreciar el hermoso caos que es la casa March; tomas interrumpidas, sets físicamente pequeños para que la fricción entre los personajes fluya, un montaje frenético, nunca sin tomar una oportunidad para mostrar paralelos entre las hermanas en distintas etapas de su vida. La película tiene tanta vida que, por momentos, parece no poder encontrarse – por el contrario, parece adorar perderse en eventos anecdóticos y preciosos que logran definir a los personajes.

Posiblemente el cambio más disruptivo es la estructura de la película, con la historia siendo mayormente contada en flashbacks; al centrar temporalmente la trama justo en el medio, en los momentos donde las hermanas están más separadas y dispersas que nunca, se nos permite volver atrás, ver los buenos momentos de antaño y comprender los momentos claves en donde todo se desvaneció, pero también enfocarnos claramente en el futuro próximo, y un futuro posible. Las hermanas buscan en el pasado para comprender cómo construir un mejor hoy. Es necesario para Meg aferrarse a los momentos pasados de coquetear con la riqueza y enamoramiento para poder apreciar su vínculo con Brooke una vez más. Amy no puede mirar atrás porque vería una persona que no reconocería. Jo, siempre perdida en su propia cabeza, se aferra a los momentos de unión en el medio de su soledad. Y luego está Beth, una figura tan pura que al toparse con la realidad, no puede evitar colapsar. Su representación aquí encaja con su figura inhibida y cuasi-sombría, pero al volver constantemente al pasado, mostrando las similitudes en sus momentos de mayor debilidad, se admite aquí implícitamente que nunca hubo esperanza verdadera de su recuperación, no importa cuántos rayos de sol atraviesen su bello hogar. Estas mujeres nunca habían sido leídas con tanta paciencia y tacto.

Estas mujeres nunca fueron leídas de la manera en la que lo son aquí. Anteriormente, siempre fueron gente que creía en lo que les decían era su destino, e incluso cuando trataban de desafiarlo, como Jo, eventualmente se terminaban contentando con sus roles en la sociedad. Aquí, la frustración de no poder cambiar el sistema por su cuenta es palpable, y directa – Jo cambia el final de su novela para poder venderla, alegre de poder progresar como autora pero resentida por parte de su integridad perdiéndose; Amy, al notar la diferencia entre talento y genio, hace un análisis frío y despiadado de su futuro como mujer, mostrando un enojo salvaje por su inevitable adherencia al mundo de la riqueza, rompiendo la manera en la que siempre fue caracterizada; Jo, que siempre luchó contra el ideal de que la única virtud en una mujer es el amor, se enfada consigo misma por no poder evitar querer sentirse amada. Los éxitos de la familia March son celebrados, pero no sin una lucha más potente que nunca para de tratar de cambiar sus destinos. Es una relectura reflexiva y necesaria que solamente podría haber sido pensada en estos tiempos.

Si hay algo que realmente logra sacar esta adaptación del libro original, de una manera que ninguna otra adaptación pudo, es el proceso de formación de identidad, y cómo este nunca es una línea directa. Siempre va a haber momentos en los que Meg compre seda para un vestido sabiendo que es demasiado dinero, o en los que Jo no pueda aceptar críticas de su arte por su temperamento y su orgullo. Pero no son castigadas o humilladas por la película; todo lo contrario, son tratadas con tanta empatía y tanto reconocimiento de sus habilidades para poder crecer a partir de sus errores, que nunca se nos permite dudarlas, porque entendemos que podemos ver parte de nosotres en ellas. Ese amor por su fuente original, por la obra de Louisa May Alcott, es el corazón que late en el centro de esta nueva adaptación, y que hace que esta obra trascienda a todas las demás. Se cuestiona las morales previamente aceptadas, sin dejar de servir como confort para estos tiempos ambiguos y extraños, hace a su audiencia recordar constantemente que hay un futuro adelante que hay que dominar, y logra explorar a estos personajes con una pasión imparable e incomparable, deleitándose en las pequeñeces y ampliándolas para inmortalizarlas.

Y por último, vale decir que, al final de todo, es difícil arruinar una historia tan poderosa como esta. Porque incluso si Mujercitas se apega a las reglas sociales de su época, los sentimientos y los anhelos de las hermanas March son tan humanos y creíbles como cualquier otro. Porque la ambición inquebrantable de Jo de convertirse en una autora renombrada, respetada y celebrada, en contra de todas las adversidades y trabas en el camino, de poder hacer más de lo que la predetermina su estado de mujer, la hace uno de los personajes más universales de la literatura occidental, validando y reafirmando los castillos en el aire de millones. Porque el cambio de perspectiva tanto de Meg como de Amy con respecto al amor y la riqueza material son tan graduales, y sin embargo tan firmes, ampliando su visión del mundo a uno en el que ellas ayudan a moldear, y terminan encajando perfectamente. Porque la ida gradual de Beth marca el fin de una era, una era de juventud y de inocencia que nunca se podrá recuperar – el rito de pasaje que tode joven debe cruzar en algún punto, con todo el dolor que eso implica. Porque estas 4 mujeres luchan para poder encontrarse a sí mismas, y se refuerzan una a la otra con amor, cariño y apoyo mutuo, demostrando el poder de una familia verdadera, y de que nadie puede triunfar por su cuenta.

Es por estas razones, y muchas otras, que nunca es demasiado tarde o inapropiado para volver a visitar esta historia, y ver los paralelismos (o falta de ellos) con nuestra propia realidad, notando no sólo cómo ese mundo se adapta al nuestro, sino cómo nosotres nos adaptamos a él.