Crítica de “La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo”, de Mariana Enríquez

0
84

“Hermana de Victoria Ocampo, esposa de Adolfo Bioy Casares, amiga íntima de Jorge Luis Borges, una de las mujeres más ricas y extravagantes de la Argentina, una de las escritoras más talentosas y extrañas de la literatura en español: todos esos títulos no la explican, no la definen, no sirven para entender su misterio”, dice Mariana Enríquez en este excelente perfil que intenta desentrañar los mitos que se fueron construyendo alrededor de Silvina Ocampo.

El libro se estructura en torno a los testimonios de aquellos y aquellas que conocieron a la escritora y a su marido, y también a entrevistas que realizó Mariana en una investigación profunda que no deja ningún aspecto por tratar: la infancia; la relación con su hermana Victoria, y con otros escritores y escritoras; el amor a Bioy; su hija; sus publicaciones; la recepción de la crítica; sus amantes; su condición de vidente, de maga; su supuesta fealdad y su muerte.

Silvina era la menor de seis hermanas; años más tarde ella misma dijo que se sentía como el “etcétera de la familia”. Su vida se desarrolló en diferentes lugares: Villa Ocampo, la estancia de Rincón Viejo, el desmesurado departamento de la calle Posadas con manchas de humedad, cucarachas y habitaciones clausuradas. También viajó por Europa y vivió en París.

De chica, dibujaba, y de hecho el dibujo llegó antes que la literatura. A los 26 años, se unió al grupo de París, jóvenes pintores argentinos en esa ciudad: Horacio Butler, Norah Borges, Xul Solar y otros. Estudió con Giorgio de Chirico, el artista plástico que más influyó en los surrealistas, y con Fernand Léger, figura del Cubismo. Cuando comenzó a escribir, su infancia se hizo presente en “sus cuentos protagonizados por niños crueles, niños asesinos, niños asesinados, niños suicidas, niños abusados, niños pirómanos, niños perversos, niños que no quieren crecer, niños que nacen viejos, niñas brujas, niñas videntes; sus cuentos protagonizados por peluqueras, costureras, institutrices, adivinas, por jorobados, por perros embalsamados, por planchadoras”.

En su primer libro de cuentos, Viaje olvidado (1937), ya aparecen algunas constantes de su literatura: la guerra entre adultos y niños, las casas, el gusto por los detalles, la crueldad. El segundo, Autobiografía de Irene (1948), contiene relatos más cerebrales y acabados, pero con todas las obsesiones de la autora. El tercero es La furia (1959), el más “ocampiano” de sus libros de cuentos, aquel “donde encontró su voz única, donde delineó más claramente su universo”. Después vinieron Las invitadas (1961); Los días de la noche (1970), “superpoblado de retratos de seres con vidas fantásticas o absurdas”; Y así sucesivamente (1987), y el último libro de cuentos Cornelia frente al espejo (1988). En el 2006 se publica un libro póstumo: Invenciones del recuerdo.

La primera reseña que recibió Silvina es de Victoria en la revista Sur, sobre Viaje olvidado, una crítica “muy severa, pero extrañamente certera”. La relación con su hermana siempre fue complicada. Victoria Ocampo fue una de las mujeres más importantes de la primera mitad del siglo XX en la Argentina, antifascista, antiperonista, feminista, fundadora de la revista Sur en 1931. Ella era  “enorme, dominante: reinaba desde Villa Ocampo (…) pero estaba en todas partes. Y Silvina no lograba llevarse bien con ella”. Hay muchas versiones que intentan explicar por qué se llevaban mal, algunas muy siniestras como la historia alrededor de Silvia Angélica García Victorica, Genca, sobrina de las Ocampo y una de las tantas amantes de Bioy.

Sin dudas, Silvina fue leída en su época, y lo testimonian las reseñas que aparecieron en diferentes medios. Sin embargo, ella hubiera querido tener éxito; sentía que no la reconocían como hubiera querido (“Yo no quiero que me respeten. Yo quiero que me quieran”, decía), aunque no estaba dispuesta a hacer lo necesario para ser famosa. Siempre había un halo de misterio en torno a ella.

La relación con Bioy vuelve una y otra vez en La hermana menor. Lo que más le gustaba a él en la vida eran la literatura y las mujeres. En un viaje a Europa en 1954, ambos adoptaron a Marta, hija de una amante de Bioy, María Teresa, quien aceptó ser la madre. Nunca faltaron  mujeres en la vida del escritor, algunas famosas y otras no tanto, por ejemplo, Elena Garro, esposa de Octavio Paz. Hubo muchas, y Silvina las conocía. No se sabe si tenían un pacto de pareja abierta; sí se sabe que ella temía que él la dejara, y esa angustia está representada en el sillón que había puesto en la puerta del departamento de Posadas. Allí esperaba todas las noches que él regresara.

La escritora también tenía sus amantes, hombres y mujeres, a ambos los seducía por igual. Uno de los tantos rumores fue su romance con la madre de Bioy, Marta Cáceres. También se habla de una relación con Alejandra Pizarnik, aunque muchos testimonios coinciden en que era la joven escritora la enamorada y no Silvina. En el libro puede leerse la última carta que le mandó Alejandra, un mes antes de suicidarse, el 31 de enero de 1972, donde ella dice, entre otras frases cargadas de amor, desesperación y erotismo: “Silvina curame, no hagas que tenga que morir ya”.

Más allá de lo interesante y lo rico de la vida de Silvina, el libro nos permite saber sobre el campo intelectual, literario y político de la época a partir de las corrientes antagónicas con diferentes poéticas narrativas y ensayísticas que convivieron en la revista Sur. En un grupo estaba Victoria, Eduardo Mallea y Guillermo de Torre que proponían una “idea de literatura que subordinaba la dimensión estética a los imperativos morales”. En el otro grupo estaban Borges, Pepe Bianco y Bioy que estaban a favor de una “moral formalista”. El posicionamiento dentro del campo literario lo ganó Borges. Silvina, en realidad, estaba tironeada por los dos grupos. De ahí su literatura inclasificable.

La relación entre Silvina y Jorge Luis Borges también recorre todo el volumen. Es un lugar común hablar de que la amistad entre él y Bioy opacó la figura de la Ocampo. Algunos, en cambio, dicen que ella eligió el segundo plano para mantener el misterio y no tener que dar explicaciones a nadie: Silvina practicaba el never explain, never apologize. Ernesto Schoo en su testimonio refiere que para muchos ella era “Borges con falda”, pero él dice que es más interesante que Borges porque tiene pasión, tiene amor (… ) Y la oreja que tenía para el lenguaje común es extraordinaria”.

Silvina pasó los últimos diez años de su vida enferma de Alzheimer. Para 1990 dejó de hablarle a Bioy en una “suerte de castigo inesperado”, una venganza. Decía qué él la tenía presa con enfermeras. Además, él seguía saliendo con sus amantes y trayéndolas a su casa, y ella sufría mucho por eso. “Envejecer es cruzar un mar de humillaciones cada día”, dice en Cornelia frente al espejo. Murió el 14 de diciembre de 1993.

No es fácil trazar un perfil de un personaje tan conocido y misterioso a la vez, y Mariana Enríquez lo hace a la perfección porque, además, se nota que detrás está la impronta de una gran escritora que se preocupa por el lector, por atraparlo. Uno de esos recursos es la división del libro en apartados cuyos títulos inevitablemente nos invitan a la lectura. Otro recurso es la reiteración de ciertos motivos que se van amplificando a medida que avanzamos; y por supuesto, resulta apasionante tener tantas miradas sobre Silvina, tantos testimonios que, a su vez, nos invitan a cuestionarnos dónde está la verdad. Quizás la verdad no esté en ninguno o esté en todos porque, como decía Silvina: “A. B. C.: The rest is lies”.

Mariana Enríquez, La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo, Ediciones Universidad Diego Portales, 2014, 174 págs.