Lecturas para el verano: “El cuerpo”, de Martín Di Lisio

0
120

Viernes de lectura: hoy un cuento de Martín Di Lisio.

El cuerpo

Me encontré con la muerte.

Prado mortal de tierra.

Una muerte pequeña.

Federico García Lorca

¿Qué vamos a hacer con el gato?, me pregunta Mariana, y yo creo que lo que en realidad pregunta es “¿Qué vamos a hacer con nosotros?”.

Es sábado a la noche, hace calor. La cortina baila por la brisa que entra desde la ventana. Yo estoy sentado en el living y miro televisión. Mariana, después de horas encerrada, salió de la habitación y me hizo la pregunta mientras se sirve algo fresco.

En la tele dan una serie policial, de esas que tienen capítulos similares y la resolución siempre es la misma, un universo acotado dónde los policías y los criminales se mueven dentro de los parámetros esperados. Lo sé porque Mariana las mira todo el tiempo, y yo suelo sentarme en silencio, al lado de ella, a ver esas series. La acompaño sin estorbar, le sirvo algo cada tanto, en las publicidades. Pero hoy el que mira televisión soy yo.

El living está en penumbras y el cuerpo de Apolo, nuestro gato, está embolsado en el patio, apoyado contra una pared.

Mariana vuelve a la habitación y yo salgo al patio, escucho música de fondo, algún vecino que espera visitas, habrá abierto una cerveza, estará descalzo, sentado, mirando el cielo. Yo lo que veo es una bolsa negra con un bulto. Se nota el cuerpo por el rigor mortis de Apolo. El calor puede descomponerlo rápido, algo tenemos que hacer.

Anoche mismo desapareció. Yo cocinaba mientras tomaba un vino de a sorbos.  Mariana se bañaba. El equipo de música se escuchaba como un murmullo de fondo, una melodía indistinguible. En un principio, no me preocupé por el gato, era normal que se paseara por el jardín o por los techos, antes de cerrar definitivamente las puertas, antes de llamarlo si acaso seguía dando vueltas por la noche. 

Después de comer, después de terminar el vino, después de lavar los platos y de tomar un café, me acuerdo que salí al jardín y lo llamé. No era difícil verlo de noche trepado a las medianeras, o agazapado detrás de una planta. Apolo era de un color claro, mechones blancos y naranjas, una bola de pelos relucientes en la oscuridad.

Antes de acostarme recibí un mensaje en mi celular. Era Germán, me preguntaba si podía hablar. Me quería romper las bolas con una de sus historietas de amores fugaces. Él, separado hace dos años, vive alguna que otra aventura, cada tanto una novedad. No escucha mis problemas, mi pareja que se desmorona de a poco, se deshace en jirones. Le quiero contar, decirle que no me gustaría ser como él en el futuro, pero sus historias son tan avasallantes que me quedo mudo, del otro lado del teléfono, pensando en cualquier pavada.

Me voy a México con la petisa, me dijo Germán. Reservamos un hotel que tiene playa propia, arena blanca. Va a ser un sueño.

Yo lo escuchaba sentado en una silla del patio, cuando Mariana salió en bombacha y me preguntó por Apolo. Le hice una seña, un gesto, diciéndole que no sabía, y me saludó, se despedía de mí antes de irse a dormir, como se despide a un compañero de oficina, a alguien a quién estamos cansados de ver todos los días.

El gato no apareció, no escuché ruidos ni pisadas, no escuché peleas con los otros gatos del barrio. Antes de acostarme al lado de Mariana, que ya roncaba con un silbido agudo, miré el sillón preferido de Apolo, vacío y lleno de pelos rubios.  ¿Qué sería de nuestro gato esa noche?

Hoy, cerca del mediodía, decidí ir a buscar la escalera al galpón. Tenía un mal presentimiento, durante toda la mañana retrasé lo que era inevitable: encontrarme con la muerte de un animal que queremos. Subido al techo, en todo caso, podría ver las casas linderas, los otros techos, llamarlo desde las alturas para que me escuchase si estaba escondido en las cercanías. 

Se había levantado un viento de calor, las nubes taponaban el sol.

Trepé los peldaños de la escalera y me paré sobre la carga del techo. No lo vi del primer vistazo, me distraje mirando a  la vecina que colgaba la ropa, se le volaban las prendas livianas por la ventisca. Volví la vista al techo y di con el cuerpo de Apolo justo en el vértice opuesto. La brisa le mecía el pelo de invierno, que no había llegado a cambiar. Demasiado pelo para el clima de la región, gatos preparados para vivir sus vidas en otras latitudes.

Caminé por las tejas, pisando con cuidado. Una cosa es un gato que se escapa, y otra cosa es un gato muerto. Me acerqué a Apolo: tenía los ojos abiertos y la lengua afuera. Me quedé mirándolo un rato largo, sin saber qué hacer. No quise tocarlo, por un miedo absurdo a que se moviera.

Bajé a buscar una bolsa y a comunicar la noticia. Mariana preparaba una ensalada en la cocina.

¿Y ahora?, me dijo, conteniendo el llanto.

¿Y ahora qué?, le pregunté, y ella salió corriendo a encerrarse en la pieza. 

Subí al techo una vez más. Caminé despacio, como dándome tiempo para semejante tarea. Primero le agarré las patas traseras, intenté meterlo de ese modo, pero el vaivén de la bolsa lo volvía imposible. Debería tomar a Apolo del lomo, sujetarlo con fuerza, abrir la bolsa y meterlo de un tirón. Así lo hice, con una sensación rara en la mano, el gato cayó dentro de la bolsa, y golpeó contra el tejado. Cerré la bolsa como pude y bajé las escaleras.

En casa no hay tierra, el patio es reducido y está lleno de macetas. Dejé la bolsa toda la tarde apoyada contra una pared del patio.

Hace apenas media hora, puse la bolsa en el baúl del auto y arranqué, sin avisarle a Mariana. Ella, desde su encierro, salió de la habitación en tres oportunidades: primero, para buscar la ensalada que había dejado a medio hacer sobre la mesada, después para ir al baño, y finalmente, hace un rato, para preguntarme qué íbamos a hacer con Apolo.

La radio del auto devuelve un zumbido desigual mientras me alejo de la ciudad. Muevo distraído el dial y dejo música clásica: violines que me transportan a jardines europeos repletos de flores. El reloj dice que son las once de la noche.

Como tantos hombres, le pusimos a un gato el nombre de un dios, un dios olímpico. Sin embargo, ahora que está muerto, su cuerpo tieso embolsado, el animal no parece ningún dios, sino un simple bicho, que hasta hace unas horas saltaba de la silla a la cama, comía su alimento balanceado, rasgaba la puerta de la cocina cuando quería salir. Se paseaba entre Mariana y yo, un cuerpo vivo que nos conectaba.

Mientras avanzo por la ruta pienso: nosotros, los humanos, decidimos qué hacer con el cuerpo, pensamos cuál es la mejor opción, entre tantas, y esa oportunidad no la tenemos con los verdaderos dioses. Pero, ¿qué se hace con el cuerpo de un animal que quisimos, que acariciamos, le dimos de comer, lo llevamos a vacunar, lo dejamos dormir en nuestra  propia cama?

Detengo el auto en una banquina ancha, llena de matorrales. Pongo las balizas. Cavo con las manos un agujero en la tierra húmeda, en el apuro no traje pala ni nada. Sólo me alumbran con intermitencias las luces naranjas de los faros del auto. Hay olor a lluvia, el aire está cargado. Siento insectos que me caminan por los brazos y piernas, mosquitas, hormigas voladoras. Una lechuza me mira fijo desde un poste de luz. Saco a Apolo del baúl, lo apoyo en el suelo. Dudo si enterrarlo con la bolsa o sin la bolsa. Tapo el cuerpo con la tierra, mientras una brisa se lleva la bolsa siguiendo el curso de la ruta.

Subo al auto y manejo de vuelta con tierra en las manos, en las uñas. Escucho la misma emisora, los mismos violines. Cuando caen las primeras gotas sobre el parabrisas pienso en Apolo, pequeño dios de la distancia.

Pienso en el vacío de la casa al volver, pienso en qué vamos a hacer de nosotros una noche lluviosa de sábado.

Martín Di Lisio es argentino. Es escritor, licenciado en Sistemas y estudió Antropología. Publicó libros de cuentos: Hacerse Agua (Editorial Municipal de Córdoba, 2011), Distancias (Milena Caserola-El 8vo. loco, 2013) y Pictografías (Zona Borde, 2015); y la novela Paraguay (Alto Pogo, 2019). Obtuvo diversos premios en narrativa y dramaturgia, en Argentina, Uruguay y España.