Crítica de Los Prohibidos, de Andrea Schellemberg

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Hace poco tuve oportunidad de ver un espectáculo de realidad virtual, muy original por cierto, que presenta a las bibliotecas como esos lugares únicos donde se guardan los archivos de la memoria de los pueblos. Biblioteca de noche en el SESC de Rio de Janeiro se ocupa de la historia de los edificios y plantea un atractivo juego interactivo para conocer algunas selectas bibliotecas de todo el mundo.

Me resulta ineludible la cita porque la película que Andrea Schellemberg estrena en el Gaumont, este jueves 23 de enero, tras un breve paso por el MALBA, trata también sobre una biblioteca, una de las más importantes de la Argentina. Schellember hace algo que aquella Biblioteca de noche no hace y es hablar de la gente que trabaja allí. Quienes hayamos visitado por consultas alguna vez la sección de libros especiales de la Biblioteca del Congreso de la Nación (o la de cualquier otra) sabemos de la pasión de sus trabajadores y especialistas, de su interés por el resguardo, de la ligazón que tienen con aquello que cuidan que es, nada más ni nada menos, el acervo que perdura para sostener esas memorias.

El comienzo es un baldazo: un fragmento del discurso del expresidente Macri (2015-2019) presentando el consenso de políticas públicas. Se remarca allí el exceso de empleados que tiene la Biblioteca del Congreso. Lo que en su momento se presentó como la idea de Estado, a la luz de la política argentina actual, resulta material de archivo. La palabra “estafa” no se deja esperar, marca lo que vendrá en el documental.

Esto es lo que construye Andrea Schellemberg. No un relato sobre la gente que trabaja en la biblioteca sino un registro de las consecuencias de un gobierno que miró con desprecio aquello que debe ser realmente consensuado como política publica. Y tal vez el suyo, más que el recientemente estrenado documental de Tristan Bauer Tierra arrasada, sea el que mejor entienda las entrañas del macrismo, justamente en estos primeros momentos de fin del macrismo.

En el centro de Los prohibidos está el posible regreso de la exposición de los libros prohibidos durante las dictaduras al Salón de los Pasos Perdidos. El modo observacional que elige su directora no se reduce a narrar ese tema, tampoco a las consultas de los investigadores o los diputados que buscan material inédito, sino que cuando la cámara sale a la calle y se encuentra con la gente que distribuye comida en la calle, muy cerca del Congreso o con las marchas y las protestas de los maestros, los jubilados, la represión (poco televisada) o las distintas discusiones dentro de las mesas de trabajo, el documental arma un diálogo entre el afuera y el adentro que resulta luminoso: el Congreso Nacional es un espacio vivo que más que una máquina simbólica es un lugar de fatigoso trabajo.

Como siempre, lo político termina siendo personal y viceversa, y la historia de detención de Silvana Castro o la pintura sobre su vida privada le da una intimidad que contrarresta aquel estar en el mundo.

Los prohibidos es un documental importante, nos pone frente a algo o mucho de lo que pasó en estos últimos años en Argentina. Y lo hace desde un lugar que se supone estanco, una Biblioteca pública. Esa vitalidad y su proyección al futuro resultan, tal vez, su gran mérito.