El Calafate y un museo que vuelve a habitar al desierto Meditaciones de una visitante

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Cuando se habla de la Patagonia argentina se menciona con admiración su naturaleza y se la compara con otras regiones en las que, junto al maravilloso paisaje se encuentran bellas manifestaciones culturales. La Patagonia nos ofrecería solamente paisajes excepcionales: hielos, lagos, bosques, estepa infinita, desierto.

En la bellísima localidad de El Calafate, muy cerca del Lago Argentino que se extiende como una interminable turquesa, se encuentra el Centro de Interpretación Histórica fundado por el profesor Luis Calleja. Un Centro que, de manera dinámica, didáctica e, inevitablemente emotiva, nos muestra a quienes habitaron y generaron cultura donde, nos hicieron creer que no había más que desierto. Hoy en día, luego del exterminio de la mayoría de los pueblos originarios quizás el relato que la historia oficial nos heredó sea bastante cierto. Pero es importante dar cuenta de la construcción que se hizo para crearlo tal como lo muestra Verónica Tell, con el uso de la fotografía, en su libro El lado visible. Fotografía y progreso en la Argentina de fines del siglo XIX (UNSAM edita, 2017).

En abril de 1879, Julio Argentino Roca al mando del Ministerio de Guerra dio inicio a la denominada Campaña al Desierto, nombre que disimulaba que la campaña era conquista y el desierto, un territorio habitado y que, reunidas estas palabras, implicaban someter al ocupante original. (Tell, V.; 2017:22)

Refiere Tell que Antonio Pozzo, fotógrafo italiano que se incorporó a la expedición al Río Negro realizó tomas a gran distancia del ejército en marcha o de caseríos para generar los espacios abiertos, desérticos, rodeándolos. Si había desierto se justificaba apropiárselo. En primer plano podían aparecer personas de los pueblos originarios para dejar en claro sus diferencias de vestimentas, hogares, utensilios y armas que comprobaran su barbarie ante el inevitable avance de la “civilización”. Civilización era lo que faltaba en ese “vacío” protagónico de las imágenes tomadas.

Es necesario realizar un fuerte trabajo de investigación y difusión para contrarrestar lo que la historia oficial introdujo en nuestras subjetividades. Eso es lo que realiza con excelentes resultados el Centro de Interpretación Histórica de El Calafate, Santa Cruz, que se ocupa, de un modo admirable, de recuperar a quienes fueron perseguidxs, masacradxs, desautorizadxs y/o desempoderadxs, los pueblos originarios de esa extensa zona. Y lo hace a través de fotografías, películas, documentos, telas, utensilios, material presentado del modo más interesante, accesible a todo público y sumamente emotivo.

Como un mínimo acercamiento a esas culturas podemos subrayar parte de la información que nos proporciona el Centro en relación al modo de vida del pueblo tehuelche/mapuche varones y mujeres participaban de la vida pública, las ancianas intervenían en la decisión de proseguir o interrumpir un embarazo, el travestismo masculino y femenino estaba permitido, las solteras y las viudas podían vivir libremente su sexualidad, los bienes pertenecían a cada unx, sin distinción de género, la crianza de lxs niñxs era compartida. Resulta bastante claro que, en la misma época, las mujeres criollas (y las españolas) no tenían esos derechos y, todavía hoy, muchas mujeres no los tienen. A tal punto eran más avanzadas sus costumbres que podría hipotetizarse si, además del enorme rédito económico que se obtuvo del genocidio indígena, no se sumaría a esa nefasta Campaña al Desierto el objetivo cultural de eliminar modos de vida que podían hacer tambalear la sobrevalorada cultura europea y española en particular.

Matar, contagiar, encerrar, quitarles a lxs hijxs, esclavizar…fueron los modos de relación que el ejército conquistador, siguiendo lo que había ocurrido en el continente desde Colón, desplegó con los habitantes de la Patagonia. La apropiación de mujeres y niñxs fue una práctica tanto de particulares como del estado nacional (una experiencia que se repetiría en el siglo XX). Podía leerse en los diarios avisos como este: Hoy reparto de chinas y niños. Esos mismos diarios, cuando no podían evitar dar cuenta de la brutalidad de trato hacia los pueblos originarios los calificaban de “excesos” (otra experiencia que se repetiría en el siglo XX).

El profesor Calleja que es de la Universidad Nacional de La Plata expone documentación que muestra como el Museo de Ciencias Naturales de esa ciudad mantuvo como esclavos a pobladorxs patagónicxs llevados hasta allí para su exhibición del mismo modo que se lo hacía en circos en diversas partes de Europa. Como resultado de esos secuestros y condiciones de vida casi todxs murieron lejos de sus tierras. El cacique Inacayal, esclavizado en el Museo de La Plata vio exhibir a su mujer muerta en la sala de Antropología. Un año después luego de rezar desnudo una oración al sol cayó, o fue tirado, por una escalera muriendo esa misma noche. El supuesto objetivo científico llevaba a generar   conclusiones como las del Dr. Bischoff inspeccionando a una niña: el clítoris era pequeño y no grande como en los monos.

No todos los pueblos de la Patagonia fueron mansos, entre ellos lxs Aonikenk quienes defendieron sus tierras con fuerza, pero el cacique Mulato intentó negociar con los criollos quienes hicieron promesas y luego le negaron todo: se subastaron sus tierras y quedaron en manos de la Sociedad Anónima que hoy continúa su existencia como La Anónima, principal cadena de supermercados de la zona.

Finalmente, este Centro de interpretación histórica también exhibe muy interesantes reconstrucciones de los más antiguos seres vivos de la zona, aquellos dinosaurios de quienes nuestra Patagonia tiene todavía un incalculable tesoro.