Lecturas para el verano: “Cinco meses”, de Marcelo Rubio

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Este viernes compartimos un cuento de Marcelo Rubio.

Cinco meses

Él dijo esto no es del todo bueno

él dijo en realidad es malo muy malo.

Yo creo que incluso le agradecí

siendo tan poderosa la fuerza de la costumbre.

Raymond Carver , “Lo que me dijo el doctor”.

No creo que haya pensado las palabras que usó. Revisó los análisis, echó un suspiro abriendo exageradamente los ojos. Se quitó las gafas y pasando los dedos índice y pulgar sobre la nariz, dijo que  me quedaban cinco meses de vida. “Tal vez seis”, agregó sin observarme “varias de esas semanas no habrá dolores, luego no puedo garantizar días sencillos…”.

No me abrazó, ni se disculpó con un “lo siento”, después de todo no tenía por qué hacerlo. Siempre sin mirarme, tomó un talonario de recetas y escribió con esa letra tan incomprensible como medicinal. Hemos intentado convencernos sobre la evolución desde los médicos brujos a esta medicina moderna. Sin embargo, las diferencias son nulas, un simple papel garabateado garantiza la sanidad total o mejoras milagrosas.

Hice un par de preguntas, en verdad consultas, para saber algún detalle y, además, para ahogar el incómodo silencio que me permitía escuchar el murmullo de la birome sobre el papel.

Respondió como todo ese tiempo, sin fijar su vista en mí. ¿Era necesario que lo hiciera? Me extendió la receta, los documentos. Se levantó para estrecharme la mano. Dijo que sacara un nuevo turno para dentro de quince días. Respondí que lo haría sin falta. ¿Debí por caso decir otra cosa? Dejé el hospital, abandoné las recetas heridas de tinta en el cesto de basura. No fue una actitud de valiente o rebelde, lo hice sabiendo que en ese puñado de letras no había solución, sino paliativos.

Cruce una calle, luego otra, dejé atrás la avenida. Me perdí entre el gentío. No advertí a nadie con un semblante diferente al mío y, sin embargo, el doctor ya me había patentado como muerto.

Entré a un locutorio, pedí una cabina y llamé a mi exmujer. Ella no fue muy distinta al doctor, a excepción que no extendió ninguna receta. Intentó decir lo lamento, por fortuna nunca fue buena para mentir, así que la frase no maduró. Yo no había llamado para pedir disculpas o buscar una contención. Necesitaba un solo favor.

–Hace veinte años que no le hablás a tu hijo, ¿ahora querés el número de teléfono? ¿Lo vas a llamar para esto? –refunfuñó mi exesposa, y allí recordé por qué nos habíamos separado–. Anotá –ordenó.

Tal como aquellos tiempos de casado cumplí la orden.

–¿No querés que lo llame y le cuente? –ofreció mi exmujer– . No pienses que después de tanta ausencia va a recibir tu llamado con alegría.

Dudé pero dije que no. Colgué el auricular y me permití algunos minutos de silencio en la cabina. Tomé el papel con el número de mi hijo, lo arrugué amasándolo con los dedos y la palma de la mano. Lo abandoné junto al aparato de teléfono, no por cobardía.

El sol que había torturado durante todo el día comenzaba a inclinarse; lo había sospechado imbatible, él y yo nos asemejábamos demasiado. A mí me lo había dicho el doctor; a él, no sé. Fui costeando el mercado de la ciudad. Algunos puestos iban encendiendo las luces. Verduras, frutas, lácteos se mezclaban en aromas. Me prometí que mañana o pasado, tenía aún cinco meses para determinar el día, compraría uno de esos melones, rocío de miel, ofrecidos en la feria. Se veían frescos y sabrosos, acompañados por unas rodajas de jamón servirían como cena refrescante.

Crucé el boulevard, ingresé a un viejo bar. Pedí cerveza, una milanesa con papas fritas.  Debe haber pocos manjares en el mundo capaces de superar ese menú. El sitio se fue llenando con gente más joven que yo. Terminado mi plato, prescindí del café y pedí una ginebra. La noche estaba bien crecida. Comenzaron a llegar mujeres, pintarrajeadas, encaramadas en tacos altos, luciendo vestidos breves, perfumadas. Se acodaban en la barra, mostraban piernas, volvían generosos sus escotes y así esperaban alguna invitación. Me atrajo una morena de ojos rasgados. Ella lo supo enseguida. Se acercó a mi mesa, sin pedir permiso tomó asiento. Dijo:

–¿Puedo?

No alcancé a responder, ella dio un breve sorbo a mi ginebra.

Comenté:

–El doctor dijo que me quedan pocos meses de vida.

Ella tampoco me abrazó, no tenía por qué hacerlo, ni siquiera advirtió mi confesión.

–¿Vamos? –musitó procurando darle sensualidad a sus palabras.

Respondí que no tenía suficiente dinero. Ella perdió su gestó sensual, se levantó.

–¿Te vas?

–Nunca vine –dijo con una sonrisa agria y volvió a la barra. No dejó ni su sombra como compañía. A los muertos les pasa lo mismo, lo primero que el mundo le hurta es la sombra y a cambio le deja, como perfume de futuro, un olor putrefacto que sólo soporta el muerto.

El mozo vino a la mesa, quitó el vaso, acomodó el servilletero. Hizo su trabajo. Preguntó si deseaba algo más, lo que en definitiva era una invitación para dejar libre el lugar. Pedí la cuenta. Afuera no hacía frío. Cinco meses de vida, algún día más, era mejor que nada, me dije. Caminé en silencio, sin mirar mi sombra, por el momento no tenía motivos para hacerlo.

Marcelo Rubio es licenciado en Comunicación social. Es el autor de Fútbol sin tiempo, Nueve relatos atravesados en la garganta, Bajo el signo de Eva y Cuentos de La Strada. En el 2018 publicó su novela Lo que trae la niebla (Indómita Luz), y en el 2019, El Cristo roto (también el caracol). Además, es el conductor del programa radial Kriminal Mambo, en AM530.