Lecturas para el verano: “Escenarios vacíos”, de Francisca Mauas

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Miércoles, mitad de semana: ideal para leer un cuento de Francisca Mauas.

Escenarios vacíos

A las doce de la noche, se encienden los colores de las luces de la ciudad.

Creo que es viernes. O sábado. A las ocho de la noche, siempre a las ocho de la noche, desde hace dos años le toco la puerta al vecino para ver si está bien. 3B él, 2B yo. Ricardo él. Marina yo. Él es actor. Yo intento ser cantante. A veces hice obras de teatro. Él es un actor grande, ya retirado. Me ayuda en audiciones, a preparar personajes, a aprender parlamentos.  No arruines el texto, me dice, tratalo bien, no lo destruyas como lo hacen los actores novatos. Yo soy cantante, le digo.

Primero le diagnostican neumonía, y sigue actuando profesionalmente mientras puede. Después, una serie de enfermedades mayores.

La soledad. Siempre solo.

Un actor solitario, destinado a un final en penumbras, sin compañía, sin remedios para curarlo.

Y esta noche me olvidé.

Pasan las ocho, las nueve, las diez, las once. Me olvidé. No fue adrede. Me olvidé. Le toco la puerta a las doce y cinco, y no contesta. Quizás duerma, pero algo me dice que no.

Cuando entro, no está postrado en la cama. No mira la televisión ni hace ruidos al tomar la sopa.

Está muerto. Tirado en el piso. Muerto, con un brazo doblado sobre la espalda. Sé que está muerto. Lo miro como congelada en una escena en pausa, sin parlamentos, sin subtítulos, y como si la muerta fuera yo, pasan por mi mente miles de cuadros de mi vida. No miles. Tampoco viví tanto. No soy tan vieja.

Mientras reflexiono, él sigue muerto.

Salgo de la pausa y agarro el celular del bolsillo de mis pantalones. No tiemblo. No tengo miedo. Podría, pero no. ¿Por qué no estoy nerviosa? No alterarse en momentos de tensión debe ser una patología.

Lo llamo. A él. A mi amor. Locura. Fantasma.

No atiende. A esta hora nunca atiende. Nunca atiende ni a mí ni a nadie a ninguna hora. No lo sé, mejor no preguntarse ciertas cosas. Le mando un mensaje corto. Preciso. Sin rodeos. Mi vecino se murió. Estoy sola. Ayuda.

Cada quince segundos chequeo si me contesta o vio el mensaje. Quizás esté muerto él también. Quizás todo el mundo esté muerto y sea yo la única sobreviviente. Miro por la ventana, la ventana de mi vecino. De Ricardo el muerto. El actor muerto. La ciudad está muerta. Nadie en la calle. Un gato blanco sale de debajo de un coche estacionado. Hay vida. La de ese gato blanco. El fantasma del amor me responde Tranquila. Llamá a una ambulancia. Está muerto, le escribo. No importa, escribe él.

No importa que esté muerto.

No importa que esté muerto.

No importa que esté muerto.

Llega la ambulancia y lo que mí me gustaría es que llegara él, que me ayudara con esta calamidad, con esta fatalidad del actor muerto. De Ricardo mi vecino el actor muerto. Pero Lautaro Ruiz, el amor fantasma, no está.

Luego de un tramiterio no muy extenso, los paramédicos y la policía se retiran, y vuelvo a quedarme sola con Ricardo, que ahora está acostado en su cama. A veces se le abre un ojo. Un poquito. Se lo cierro con cuidado y no sé qué hacer. Podría volver a escribirle a Lautaro, decirle que hice lo que me dijo y preguntarle qué hacer ahora. Doy vueltas mientras miro su fotito en el celular, desde la última vez que le escribí no se conecta. Estará ocupado, diciéndole hermosa a otra mujer. Pero no con un mensaje. En persona, en la cara le dice alguna cosa a alguna mujer. Qué dolor. El abandono, la distancia, la muerte.

Decido no escribirle. Interrumpir sería peor. Ya son casi las tres de la madrugada. Pasé tres horas junto a Ricardo mi vecino el muerto. La cara cada vez más verde. La mía. La suya también. No lloro. Me da tristeza, pero no lloro. Quisiera llorar por un montón de cosas, tantas que no lloro. No tengo de qué agarrarme para llorar, porque llorar significa tener mucha tristeza y de alguna alegría hay que agarrarse.

Llamo a la hermana de Ricardo mi vecino el muerto. Perdón la hora. Su hermano murió. La hermana, fría, se queda en silencio, pero no un silencio de lamento o de dolor, sino uno de calculadora que deduce cuánto le costará el funeral, cuánto los trámites de la muerte. Agradece y corta.

Una hora más tarde entra por la puerta sin tocar el timbre. Me ve junto a Ricardo cuando yo justo lo miraba a él y pensaba en otra cosa, en otra cosa llamada Lautaro Ruiz. La hermana no vino sola, sino con un hombre que debe ser el marido. Él sí parece lamentar la muerte. Me presento.

Soy Marina Coloso

Vecina de Ricardo

Lo siento mucho

Intento dormir en mi cama vacía. En unas horas será el funeral. Me gustaría ir con Lautaro. Presentarlo como mi marido, decir a los presentes que al muerto lo encontramos juntos, que estábamos por ir a dormir cuando escuchamos ruidos que venían del piso de arriba, que al bajar lo encontramos así, pero que se lo veía en paz, como dormido, como soñando con los escenarios y las luces de un teatro imponente, en pleno Centro, a sala llena.

El entierro es un escenario sin público. ¿Por qué si Ricardo era tan bueno nadie viene a llorar su muerte? No hay a quién decirle cómo fue que con Lautaro lo encontramos muerto. Nadie sabrá cuánto queríamos a nuestro vecino, cuánto nos reíamos al cruzarlo en el ascensor y cuánto nos gustaba ir a verlo actuar cuando hacía una obra o salía en la televisión.

Lautaro no me manda mensajes. Al imaginarlo con otra, lloro lágrimas invisibles y le pido perdón a Ricardo por llorar por eso y no por él, que está muerto. A su entierro solo vinieron la hermana y el marido, los dos invisibles como la lágrima que no cae.

Después del entierro, con el cuerpo de Ricardo ya bajo tierra, voy a mi casa a llamar a Lautaro. No aguanto más, necesito escuchar su voz, decirle que lo odio, que lo amo, decirle que no entiendo por qué me deja sola después de tanto amor y tanto sufrimiento en nuestra historia.

Pero no corresponde. No es el protocolo llamar a alguien que debería llamarte. Se me ocurre una idea mejor: ir a su trabajo, buscarlo y decirle las cosas de frente. Para eso me baño, me saco el olor a entierro, a Ricardo, a su hermana y al marido. Luego me maquillo, me pongo ropa de salir, de romper corazones, de hacerme desear.

Tardo una hora en llegar a su trabajo porque voy a pie. Trato de ir despacio para no transpirar y que se me manche la ropa o se me corra el maquillaje. Miro mi reflejo en una vidriera que está en la cuadra de su oficina. Estoy bien. Quizás le guste verme tan bella mientras lo insulto. Pienso decirle de todo y luego besarlo, que se arrepienta de no haberme acompañado en el entierro.

Ya es casi la hora en que sale de su trabajo. Ya casi es de noche en este otoño amarillo. Tal vez se retrase un poco, tal vez no deje su trabajo tan puntual. Ojalá no salga acompañado de ninguna mujer. Porque yo sé que trabaja con mujeres. También con hombres. Ojalá no salga acompañado por nadie, así la escena puede ocurrir sin sobresaltos.

No pasa nada. No sale. Salen algunas personas, pero no él. Me pongo a cantar bajito, como siempre que espero, repasando un repertorio imaginario de un recital imaginario que algún día daré frente a miles de personas.

La noche está más oscura, más azul que hace un rato, y de pronto, cuando ya estaba casi rendida, aparece la figura de Lautaro. Me cuesta reconocerlo, está diferente.

Me paro frente a él con una fuerza desconocida. Me mira y me sonríe como si jamás me hubiese visto, como si jamás hubiese visto las miles de fotos que le mandé para que se enamorara de mí. Yo también debo estar distinta. Me pide disculpas para seguir camino y me quedo petrificada. Sí, soy una roca pesada que ya nadie puede mover. Y así me quedo, sola en la noche azul, sin Lautaro, cantando bajito.

Francisca Mauas es una escritora argentina. Además, es actriz y directora teatral. Ha escrito dramaturgia, guiones, novela y poesía. Su libro Una sombra entre nosotros (Halley Ediciones, 2018) es su primera investigación sobre el relato escrito en verso. Dirige la editorial Azul Francia.