Crítica de Bacurau, de Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornaelles

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La nueva película de Kleber Mendonça Filho, codirigida junto a Juliano Dornaelles, no solo confirma a uno de los cineastas más singulares del cine contemporáneo, sino que pone de relieve una certeza del cine brasileño: ninguna coyuntura política o social detendrá el compromiso de sus cineastas de interpretar y establecer un vínculo directo o, como en este caso, alegórico del propio presente de su país. Siempre ha sido así y en la actualidad, aunque existan varios referentes como Adirley Queirós, Affonso Uchoa, Juliana Antunes o André Novais Olivera, el director de Sonidos vecinos (2012) es el principal exponente del cine de su país y uno de los críticos más acérrimos de Bolsonaro, o en su momento, Michel Temer. 

Aunque Aquarius, la obra previa de estos directores, había logrado reunir el beneplácito de la crítica y de los espectadores, con Bacurau se lanzan a un propuesta mucho más compleja, arriesgada, exótica y desenfadada: un western cangaceiro, no exento de fantasía y sucesos paranormales, con altas dosis de acción e intriga, reminiscencias al gran Glauber Rocha para apropiarse de un género y reformularlo con sus propias palabras, y un culto a la resistencia organizada de un pueblo contra enemigos foráneos, lo que en su propio contexto la vuelve deliberadamente política. 

Bacurau es un pueblo remoto y pequeño del sertao brasileño. Tras la muerte de la matriarca local, cuyo funeral moviliza a toda la gente y en donde se ofrece una descripción precisa de sus referentes principales, comienzan a desencadenarse una serie de eventos extraños. Hechos sutiles como la desaparición de su nombre en los mapas o la pérdida de señal en sus teléfonos móviles, se siguen de ataques deliberados como unos tiros al camión que lleva el tanque de agua al pueblo o la masacre a una familia que vivía en un rancho en las afueras.

Lejos de construir un relato basado en el misterio que podría causar el desconocimiento de los perpetradores de estos hechos, no se tardará mucho en poner en escena a estos sujetos. La búsqueda de la película, entonces, pasa por otros afluentes: esbozar la planificación y ejecución de una contrarespuesta por parte de los lugareños hacia los bandidos. Lo que un principio se exhibe como un drama rural, poco a poco parece mudarse a un thriller con ribetes de ciencia ficción para finalmente volverse un western o película de venganza. En 

no hay tanto espacio para las sutilezas, sus directores optan por la desmesura, como si se tratase de un agite panfletario, dentro de su código ficcional y alegórico. En este cóctel de elementos dispersos y de un protagonismo coral de los pobladores también hay lugar para la cínica figura de un funcionario local, que es rechazado por sus coetáneos, drogas con efectos desconocidos, probablemente psicotrópicas, un grupo de marginales o guerrilleros que están guarecidos en un dique cerca de Bacurau, la presencia constante de la tecnología o incluso llega a coquetear con el terror, producido por la incertidumbre de la oscuridad, durante una escena protagonizada por niños. Por supuesto, la película apunta a un enfrentamiento final, cuyo ritmo y suspenso lo vuelven magistral, así como también los espacios simbólicos en donde tiene lugar. La sangre que quedó en las paredes no se limpiará para que quede como huella de resistencia. 

Ambientada en un futuro incierto, que bien podría ser muy pronto en el tiempo,  Bacurau fue filmada previamente a la asunción de Bolsonaro, mucho antes de que exista la oportunidad concreta de que sea presidente. Destacan en su elenco Sonia Braga, que había desplegado toda su magia en Aquarius , y el alemán Udo Kier.