Crítica de “El sol mueve la sombra de las cosas quietas”, de Alejandra Kamiya

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Hay títulos que atrapan por lo que tienen de poético, y porque una intuye que todo el libro va a estar impregnado de esa poesía. El sol mueve la sombra de las cosas quietas es uno de ellos: un volumen de cuentos donde la quietud se hace movimiento, y el movimiento, quietud, como si todo lo que allí se narra fuera un continuo oxímoron que nos quiere decir mucho más de lo que dice en superficie.

Cada una de las historias se instala en la rutina de los personajes -esa que el diccionario define como ‘costumbre o hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica y de manera más o menos automática’-, la quietud de lo que es siempre igual. Sin embargo, en algún momento, hay algo que quiebra el automatismo, y eso es lo que da paso a la poesía. Una hija que va y viene de las casas de sus padres separados, un hombre cuya vida transita siempre por el mismo camino, otro que trabaja en una salina, una mujer que construye su casa, dos amigas que esperan en la vereda son algunos de los protagonistas que de pronto se corren del camino trazado, que salen de la “comodidad hecha de ausencia de preguntas” y encuentran que “la belleza y el error duermen en todas las cosas”; y eso les permite moverse hacia otra dirección.

Estos relatos también están poblados de silencio, no como una simple ausencia de palabras, sino como algo más profundo, algo que pone a los personajes frente a sus propios deseos y que los obliga a elegir, quizás por primera vez en sus vidas. “Nada se parece tanto a pensar como amasar, el pasado o el futuro, el agua o la tierra, da igual, dando vueltas y haciéndose todo uno, porque cuando uno amasa debe volverse parte de la mezcla”, se dice a sí misma Sara, en “La casa”, pero lo mismo podría haberlo dicho cualquier otro personaje del resto de los cuentos. De eso se trata: de amasar, de transformar, y hasta a veces de nacer de nuevo. Entonces, la muerte, la relación con los padres, los vínculos en general, los recuerdos son temas que se repiten en todos los cuentos porque es esa la materia con la que se amasa lo que vendrá.

Más allá de la poesía y la belleza que surge de los temas anteriores, hay otra belleza que proviene de la escritura de Alejandra Kamiya. En sus cuentos, los finales que se ofrecen como apertura a nuevas historias; las descripciones esenciales y necesarias (“Si no sopla el viento, es imposible saber si el tiempo pasa o se ha detenido, si uno está vivo o muerto. Esta tierra quiere estar quieta. Lo único que ocurre es el viento. Y más allá, las olas. Todas iguales, tal vez la misma siempre”); la narración intimista; la fusión entre narrativa y teatro en “Antes de la helada”; los personajes parados ante la inminencia de algo que no es necesario explicar con palabras: todo nos habla de una escritora que sabe de qué se trata escribir un buen cuento.

Alejandra Kamiya, El sol mueve la sombra de las cosas quietas, Bajolaluna, 2019, 160 págs.

Alejandra Kamiya nació en Buenos Aires. Sus cuentos forman parte de las antologías Por favor sea breve, Los que vienen y los que se van, entre otras. Publicó Los restos del secreto, Los árboles caídos también son del bosque, además de El sol mueve la sombra de las cosas quietas. Colaboró con la revista National Geographic. Recibió numerosos premios, entre ellos el Premio Feria del Libro de Buenos Aires (2008), Premio Fondo Nacional de las Artes 50 Aniversario (2009), Premio Horacio Quiroga (Uruguay, 2012), Premio Unicaja (España, 2014).