Crítica de “Confines de la luz”, de Germán Beloso

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En el Ártico los días y las noches duran seis meses. Allí vive el protagonista de Confines de la luz, una novela atípica porque no cuenta nada, sino que propone la escritura como “un ejercicio reducido a dejar asentadas ciertas reflexiones y percepciones acerca de la luz”.

Toda lectura implica siempre una pausa que se instala en nuestra cotidianeidad. Sin embargo, este texto de Beloso nos obliga en mayor medida a salirnos del vértigo que nos pasa por encima y a sumergirnos en un tiempo distinto. Precisamente, es el tiempo uno de los temas centrales del libro: ese que no se mide ni por relojes, ni alarmas, ni radios, ni computadoras, sino por los ciclos biológicos del cuerpo, aunque en medio del hielo y de la soledad no hay individualidad posible, en tanto el adentro y el afuera son parte de un mismo continuo.

La novela también es el relato de un viaje o, mejor dicho, de lo que acontece después de ese viaje que lleva al protagonista al Ártico. Allí llega por elección personal, y esa soledad en la que vive es la que posibilita una escritura “que no tiene nada sobre qué discurrir”, que busca transformarse en “una forma de viaje al pasado, en busca de una memoria primitiva que restituya el silencio”. Entonces, lo que importa es despojarse de esa inclinación natural que tenemos a contar y, en especial, a contar sobre nosotros. El único personaje se propone no caer en la tentación de hablar sobre su pasado, aunque algunos recuerdos afloran en tanto se relacionan con lo que transcurre en el presente. Lo que sí se narran son pequeños episodios que se intercalan a través del sueño, de la leyenda o del relato de expediciones como la de Fredrik Hjalmar Johansen.

El paisaje ártico, además, remite a lo fantástico desde su propia geografía: en las enormes extensiones de hielo, la luz transforma el paisaje dependiendo de cada estación. De ahí la importancia de la mirada, y de la posibilidad o imposibilidad de traducirla por medio del lenguaje: “¿Cuánto se puede despojar el paisaje, de nuestra mirada, de lo nuestro en el lenguaje que la construye; cuánto de nosotros despojamos si silenciamos el lenguaje que nos construye?”. Por eso también se pone en discusión el concepto de verdad, “un reducto, un confín desde el cual pasaremos a ver el mundo, a juzgarlo, al igual que lo haremos con todo lo que habita en él. Toda verdad es un constructo, una trinchera que dará cuenta de nuestra propia estrechez”. La escritura se constituye en un desafío para superar los límites que se nos imponen.

El libro se divide en una introducción y dos partes, “Los meses del día pensados en la noche” y “Los meses de la noche pensados en el día”: día y noche pierden el significado que tienen para los que vivimos al sur del Ártico, aunque obligan al protagonista a agudizar sus sentidos, a extremar el oído, a percibir olores sutiles, a adaptar sus ojos al entorno. De todo esto surgen diferentes aprendizajes, como ocurre en todo viaje. La novela, en este sentido, es un camino hacia la propia interioridad, hacia el autoconocimiento a partir de despojarse de todo o casi todo.

“Nothing’s gonna change my world”, dice uno de los epígrafes de John Lennon: de eso habla la novela, del mundo que construimos a nuestro alrededor en ese deseo muy del ser humano de habitar un espacio con el que nos sintamos identificados.

Germán Beloso, Confines de la luz, Malisia, 2019, 78 págs.

Germán Beloso nació en La Plata y es autor de El llanto de Kiepja (Campo de Niebla Editorial, 2018) y coautor de Materia Oscura, obra ganadora del primer premio Teatro x la identidad 2015. Actualmente colabora en la revista cultural Arcadia, de Colombia. Ha publicado artículos sobre literatura en medios nacionales.